Una rata en la mesa
Ettore Santacroce
Mi despacho siempre ha sido un lugar de silencio controlado, incluso cuando mi padre aún vivía. Sin embargo, esta noche, el silencio parece pesado. Un peso que no viene del ambiente, sino de todo aquello con lo que tengo que lidiar.
El olor se me ha quedado impregnado. Sangre, orina, pánico.
Ya me he lavado las manos varias veces, pero puedo frotar hasta arrancarme la piel y, aun así, una parte de mí continuará ahí abajo, en aquel almacén, frente a aquel hombre atado y frente a mi hermano, con el rostro pintado de rojo y los ojos brillando de placer.
No es la tortura lo que me incomoda. Cuando es necesaria, incluso me sienta bien.
Pero no dejo de pensar en él, de imaginar el rostro de mi padre observándome.
El antiguo Don, la postura impecable, la mirada dura de quien nunca fue sorprendido.
Ahora es tarde para pensar en eso, ahora soy el hombre que ocupa el cargo más alto de la mafia.
Alguien de dentro...
Fue la única frase que conseguí arrancarle al hombre, después de horas, antes de que su cuerpo desistiera. No llegamos a matarlo, su cuerpo acabó sucumbiendo a las heridas después de mucho tiempo, pero un hombre común habría muerto mucho antes.
Sin nombres, sin ubicaciones, y aun así, crucial.
Alguien de dentro...
La muerte de mi padre no es solo el preludio de una guerra, como supuse, sino una fractura en nuestra organización.
¿El Diablo habría conseguido más información? Probablemente no. La bestia habría acabado con su víctima mucho antes si yo no hubiera llegado a tiempo, y no tendríamos nada, ni siquiera la trágica revelación de que alguien dentro de la Cosa Nostra participó en la traición.
Oigo un golpe en la puerta y, enseguida, veo entrar a Filippo.
—¿Noticias de Edoardo? —pregunto de inmediato.
—Se ha marchado —responde Filippo, yendo hasta mi bar particular y sirviéndose un vaso de whisky—. Pero se ha marchado… peor de lo que entró. Nunca lo había visto de esa manera.
No respondo. El silencio, en este caso, es lo único que puedo dar sin traicionar mis pensamientos.
Me levanto y camino hasta la ventana. La mansión del Don es casi una fortaleza, en lo alto de una colina, alejada de otras residencias porque toda la extensión que la rodea mantiene todo lejos de nuestros muros y, aun así, dentro de la ciudad, de forma que desde mi despacho, en la segunda planta, alcanzo a ver, allá abajo, las luces de Palermo aún brillando, indiferentes al hecho de que el dominio de la ciudad haya cambiado de manos.
Apoyo la frente en el cristal frío.
—Alguien de dentro —repito, más para mí que para Filippo.
Filippo se queda allí detrás, solo esperando a que concluya el razonamiento. Él siempre supo esperar, y eso es una cualidad rara, porque la mayoría de los hombres siente la necesidad de llenar el aire de ruido para no afrontar lo que dice el silencio.
—Eso puede ser mentira —dice, finalmente, cuando percibe que no tengo nada más que decir—. Necesitamos tener cuidado e investigar, pero puede ser solo un intento de hacer que implosionemos. Ningún enemigo necesitaría matarnos si consiguiera hacer que desconfiáramos los unos de los otros.
Suelto una risa sin humor.
—Puede ser. Pero ¿y si no lo es?
Filippo no responde de inmediato, parece reflexionar sobre la pregunta.
—Si no lo es… entonces el enemigo ya se sienta a nuestra mesa.
Me giro despacio para encararlo.
—Entonces es eso. —Mi voz sale baja, controlada—. O nos están manipulando, o nos estamos pudriendo por dentro.
Filippo me mira, firme, y parece sentir tanta rabia como yo.
—¿Qué vamos a hacer?
Pienso en mi padre.
Pienso en lo que él habría hecho. Mi padre era bueno con nosotros, Edoardo y yo siempre tuvimos una buena relación con él, igual que con mi madre, antes de que se hundiera en una depresión que acabó por segar su vida.
Pero el Don, no mi padre, el jefe de la Cosa Nostra, habría aplastado el problema.
Habría cerrado la mano en torno a su propia sangre si hubiera sido necesario. El antiguo Don no dudaba.
Pero yo no soy él. Y eso puede ser una debilidad o una ventaja, depende de con quién esté tratando y de la forma en que decida actuar.
—Primero —digo—, nadie más que nosotros dos puede tener esta información. Nadie. Ni capos, ni soldados, ni tus hombres de confianza.
Filippo asiente de inmediato.
—Y, en cuanto a Edoardo... —titubeo—. Antes necesito asegurarme de que no saldrá matando a todos por pura practicidad.
Edoardo está descontrolado, siempre ha sido impulsivo, y en el momento actual eso es peligroso, porque antes de una matanza necesitamos encontrar a los verdaderos culpables, pero Edoardo desea sangre y no respuestas.
Una venganza a la altura del asesinato del Don deja claro en manos de quién está el poder. Por otro lado, asesinar inocentes sin una investigación más amplia solo hará que nos teman, y el miedo sin respeto es inútil.
La mandíbula de Filippo se tensa durante un segundo, es casi imperceptible, pero lo noto. Sé que ocultar información a Edoardo no es algo que apruebe, pero no me cuestiona.
—Entendido.
Me enderezo.
—Segundo, quiero que hagas una lista. Todos los hombres que sabían la ruta de mi padre aquella noche, todos: quién habló con él, quién lo vio salir, quién se ocupó del coche, quién autorizó la escolta.
Quiero nombres, horarios, registros, cámaras, todo.
Sin lagunas, sin excusas. Y, en tercer lugar, despide a todo el personal de la casa, sin excepción.
Filippo no titubea ante la orden, ya está organizándolo todo mentalmente, puedo ver la máquina funcionando a pleno rendimiento en su mirada de águila.
—Déjalo en mis manos, lo haré —responde.
—No tienes que hacer nada solo —respondo—. Vamos a ocuparnos de esto juntos, y a partir de ahora, solo confío en ti y en mi hermano aquí dentro.
Él parpadea, pareciendo un poco sorprendido, pero asiente con un gesto.
—Quiero a todos los capos [9]aquí antes del amanecer.
Esta vez Filippo titubea.
—Ettore... ¿vas a anunciar una reunión así, de la nada? Quiero decir, Don...
Miro a Filippo y la sombra de una sonrisa surge en mi rostro, incluso en un momento de tensión.
—Deja de ser idiota. ¿Crees que me importa que sigas llamándome por mi nombre? Sé que me respetas como Don, pero antes que nada somos amigos y familia.
Filippo también parece contener la risa. La verdad es que crecimos juntos, él, Edoardo y yo, sin filtros, jugando y también peleando, y, a pesar de toda la intimidad, Filippo se ha esforzado por tratarme como su superior y demostrar el máximo respeto en todo momento, pero ahora está exagerando.
—Y, en cuanto a tu pregunta, sí. Y voy a mirar a cada uno de esos jodidos a los ojos, pero antes necesito encontrar a Edoardo.
Me levanto.
Y, por primera vez desde la emboscada, siento algo más allá del dolor y la rabia.
Es certeza.
Alguien de dentro puso a mi padre en el punto de mira.
Y ahora voy a cazar al culpable, dentro de mi propia cúpula.
Pero no puedo iniciar la cacería y convocar a los capos sin antes garantizar que Edoardo no transforme a toda la famiglia en ecos y fantasmas.
Suelto el aire despacio y me alejo de la ventana. También me sirvo una dosis de whisky, antes de sentarme en el sillón.
—Y, Filippo —lo llamo, y mi voz sale baja esta vez—. Necesito la lista cuanto antes, y quiero la casa despejada de personal ahora mismo.
Él acepta con un gesto.
—Ya estoy verificando a todos los que trabajaron aquella semana. Y voy a sacar al personal de la casa inmediatamente y a mantener vigilancia sobre todos, por si alguien intenta huir de la ciudad —se adelanta a algo que yo aún estaba a punto de pedir.
Filippo siempre ha sido excelente a la hora de prever las situaciones y crear estrategias de contención.
—Si alguien intenta escapar de Italia tras el despido, firmará su sentencia de muerte —asiento, aprobando la táctica.
—Pero, Ettore, solo hay un problema.
Arqueo las cejas, esperando a que concluya.
—La casa va a quedar vacía, ¿quién va a ocuparse de la limpieza y las comidas? Podríamos contratar una empresa externa que envíe personal algunas veces por semana, pero creo que no es la mejor opción, teniendo en cuenta que...
Sacudo la cabeza, antes incluso de que termine el razonamiento, y lo interrumpo.
—Hay mucha rotación en esas empresas, a un enemigo le resultaría fácil infiltrarse —explico, y me bebo el whisky de un solo trago, antes de proseguir—.
Vamos a contratar gente nueva, quiero que solo haya mujeres dentro de la casa y asegúrate de que sean de confianza.
No quiero a ningún hijo de puta sospechoso dentro de estas paredes.
Me levanto y deposito el vaso vacío sobre la mesa, después cojo la chaqueta.
—La puta reunión sigue en pie, puedes llamar a todo el mundo, pero antes voy a tener una charlita con El Diablo.
Los ojos verdes de Filippo cambian hacia una expresión de claro recelo.
—Cavolo[10]… ¿quieres que vaya contigo?
Pienso durante un segundo. Filippo es mi mano derecha, pero sé que necesito hablar con Edoardo sin público.
—No. Es mejor ir solo.
Él frunce el ceño, listo para argumentar.
—Don, con todo el respeto, yo siempre consigo apaciguar las cosas entre…
Lo corto con un gesto, rechazando la ayuda.
—Lo sé, ma che cazzo... No voy a negociar con un maldito desconocido, voy a hablar con mi hermano. —Doy un paso en dirección a la puerta—. Tú tienes mucho que hacer, así que quédate aquí, organiza la lista y deja la casa despejada. Y trae a los capos antes del amanecer.
Filippo traga saliva, contrariado, pero obediente.
—Vale.
Cuando salgo del despacho, miro la casa de una manera diferente, como si los pasillos estuvieran de repente más estrechos. No porque hayan cambiado de verdad, sino porque la desconfianza lo ocupa todo a mi alrededor.