Una vela en el monasterio #2
Pero no es así como me siento.
Ella no tarda, al fin y al cabo, la campana ya ha sonado. Y yo sigo cocinando, corto pan, separo platos y pongo la pasta en el agua hirviendo. Mientras tanto, preparo la bandeja para Alessia, vierto el caldo en un cuenco y corto la carne en pedacitos muy pequeños.
Cuando la pasta para mi cena y la de las hermanas queda lista, le echo por encima la salsa que ya estaba reservada y compruebo las otras ollas.
Las verduras están cocidas y la sopa, preparada.
La carne para ellas, mucho más condimentada que la de Alessia, reposa sobre la encimera, lista para servir.
Con todo ya preparado, cojo la bandeja y salgo de la cocina.
El camino hasta la habitación que Alessia y yo compartimos es corto, el pasillo está iluminado por muchas velas.
Creo que a la Madre le gustan. Son aromáticas, producidas aquí mismo, y le dan un aspecto romántico y lúgubre al lugar.
Digo esto porque las lámparas de araña tienen bombillas, aunque algo débiles, pero casi nunca están encendidas.
Las voces de la capilla llegan hasta mí. Son susurros, porque al menos con Dios suelen conversar.
Cuando abro la puerta de la pequeña habitación, siento el aire diferente, más caliente. Huele a habitación cerrada, pero el aroma de la vela de bergamota que traje para Alessia disipa un poco el olor a moho.
La pequeña está en la cama, rodeada de almohadas. La hermana Solaine ya ha salido para hacer sus oraciones y ha dejado a Alessia durmiendo, pero ella abre los ojitos en cuanto oye abrirse la puerta. Su pelo es rubio, como el mío, pero antes brillaba como el sol, y ahora está opaco.
Siempre ha tenido las mejillas redondas, pero algunos días parecen más hinchadas, igual que los bracitos. Sus ojos me buscan y mueve la cabeza despacio, como si hasta el movimiento sutil la dejara cansada.
—Hola, mi amor —digo, acercándome a la cama.
Es difícil mantener el tono de voz suave y la sonrisa en el rostro, viendo a mi bebé tan debilitada, pero me esfuerzo por ella.
Coloco la bandeja en una mesita y me acerco, pasando la mano por su carita.
—¿Te sientes mejor?
Alessia mueve los labios, como si fuera a hablar, y entonces solo asiente.
—Solo mi blacito me pica... —dice, con una mueca.
Alessia tiene solo dos años y medio y habla mucho incluso para su edad.
Es lista hasta el punto de que me pregunto si tendrá altas capacidades, porque nunca conocí a una niña de su edad con tanta soltura.
O tal vez sea solo la admiración de una madre por su cría la que habla más fuerte.
Sin embargo, hace algún tiempo descubrimos una enfermedad renal crónica y desde entonces necesita recibir tratamiento dos veces por semana.
Los demás días consigue tener una vida casi normal, jugando y divirtiéndose por todo el monasterio, pero cuando se somete a hemodiálisis por la mañana, pasa el resto del día así, acostada, cansada, y ocasionalmente aparecen otros síntomas, como ese picor irritante.
—Qué cosa tan molesta, mi ángel. ¿Qué tal si mamá te pone una pomada?
Ella asiente, aceptando.
—Pero vamos a comer un poquito antes, ¿vale?
Cojo de la bandeja el cuenco con la sopa y me acerco a ella, con una cuchara llena en la mano, pero gira la cara.
—Alessia, mira a mamá... Tienes que comer para ponerte fuerte, ¿recuerdas?
—Pero soy flojita... —dice, aún negándose a comer.
Y no lo es. Tal vez, en su corta vida, mi hija haya demostrado ser una de las personas más fuertes que he conocido. Aguanta los pinchazos de la aguja con valor, soporta las náuseas sin quejarse y solo cede a la tentación de quedarse acostada los días en que el cansancio es demasiado.
Miro sus manitas y las venas que ya están un poco prominentes en los bracitos delgados.
Según los médicos, la mejor salida para ella es el trasplante, pero resulté incompatible y la lista de espera para conseguir el órgano es larga y lenta.
El tratamiento por sí solo ya me cuesta más de lo que tengo, aunque consigo las consultas sin tener que pagarlas.
Todo sería más fácil si pudiera pagar más pruebas, una nutricionista para cuidar de su menú, o quién sabe, ¡si fuera lo bastante rica como para conseguir un riñón de la noche a la mañana!
—Solo un poquito, y dejo dormir a mi bebé, ¿de acuerdo? —pido con cariño.
Ella obedece, abre la boca y recibe la comida, pero el cansancio que se le ve en el semblante no encaja en absoluto con su edad, y hace que se me revuelva el estómago.
Cuando descubrí la enfermedad, hice la promesa de asistir a los rezos todos los días, y cuatro veces al día allí estaba yo, arrodillada en la iglesia junto a las hermanas, suplicando por la curación de mi niña.
Pero no pasó nada, quiero decir, nada bueno. Ni siquiera la imposición de manos de las monjas sobre su cabeza, haciendo una y otra vez la señal de la cruz como si fuera medicina.
La Madre Abadesa escribió notas de consuelo para mí.
"Ten fe, Amélie. Dios no abandona."
"La Virgen de Palermo curará a nuestra niña."
Leí esas frases repetidamente, y al principio me daban la inyección de ánimo que necesitaba, pero ahora solo me hacen sentir rabia.
Rabia porque no está funcionando, porque cada día que pasa mi hija solo empeora y, aunque trabajo incansablemente aquí, en una labor que debería acercarme más a Dios, Él no parece escucharme ni mirarla.
Apoyo la frente en la suya por un instante, deseando que fuera posible cambiarme de lugar con ella.
—Mamá va a encontrar la manera, hija. Vamos a hacer que te pongas bien pronto y a encontrar un donante.
Lleno la cuchara con un poco más de sopa, ella traga con dificultad y una gota le resbala por la comisura del labio. La limpio con el pulgar y siento que las manos me tiemblan.
—Solo ten paciencia y mantente fuerte, ¿vale? Mamá va a intentar conseguir dinero...
Es entonces cuando un fogonazo invade mi mente sin pedir permiso.
Recuerdo a la perfección cada detalle. Estaba en aquel salón enorme, justo debajo de la gran lámpara de araña, que reflejaba su luz sobre las copas de cristal en la mesa.
El suelo brillaba de lo encerado que estaba y, al fondo, podía oír la música al piano, algo clásico, tocado al volumen perfecto para no molestar.
Me puse un vestido azul.
Como el azul de tus ojos, endereza la postura.
Fue lo que mi padre dijo al verme aparecer con él puesto, y eso antes de volver al teléfono, hablando con algún pez gordo.
Sonreí aun así, porque la prenda se ajustaba a mi cuerpo perfectamente, al fin y al cabo, había sido hecha exclusivamente para mí.
Llevaba una pulsera que, por sí sola, podría costear todo el monasterio, todos los invitados iban vestidos del mismo modo, las mujeres con vestidos maravillosos y los hombres con sus trajes impecables.
Excepto él. El padre de Alessia.
Recuerdo la forma en que me miraba desde un rincón, como si compartiéramos un secreto. Bueno, lo compartíamos...
Sacudo la cabeza para apartar el recuerdo y este se rompe.
Alessia cierra los ojos para dormir y yo me levanto de nuevo, camino algunos pasos por la habitación y vuelvo junto a la cama, como si el hecho de moverme pudiera ayudar a aclarar las cosas.
La verdad es que estamos aquí porque es uno de los pocos lugares en los que me siento segura, pero aquí dentro estamos aisladas del mundo, de la tecnología, de los avances y no recibo dinero para costear el tratamiento de Alessia.
Nadie aquí recibe nada más que lo básico para mantenerse y, para quien eligió esta vida de devoción, es más que suficiente.
Pero ahora no está siendo suficiente para mi hija. Está empeorando.
—Voy a encontrar una solución —prometo, y no sé para quién es la promesa.
Oigo pasos en el pasillo y me giro con un sobresalto, por un instante todo mi cuerpo se paraliza, esperando lo peor. Pero no hay nada allí, solo una hermana que pasa en silencio, y el hecho de que sus pasos consigan desestabilizarme solo muestra lo cerca que estoy de un colapso.
La oración debe de haber terminado, y pronto todas las monjas se reunirán en el refectorio para la cena. Yo también debería ir, comer algo...
Pero en vez de eso me siento en el borde de la cama, al lado de Alessia, y me quedo aquí, escuchando cómo su respiración consuela mi corazón.