Una vela en el monasterio
Amélie
El olor a cera caliente llena toda la estancia. No es un mal olor. En realidad, resulta reconfortante, y cuando se mezcla con los aceites esenciales, se vuelve aún mejor.
Si me hubieran dicho algunos años atrás que pasaría buena parte de mis días produciendo velas aromáticas en un monasterio, jamás lo habría creído. Mi realidad estaba demasiado lejos de eso como para siquiera considerarlo.
Y es en esa disparidad donde reside el refugio.
Me gusta aquello en lo que se han convertido mis días, me gusta estar libre de ataduras y convenciones sociales, despertar sabiendo que las decisiones sobre mi propia vida son única y exclusivamente mías.
Claro que el monasterio tiene sus propias reglas, pero no son tan pesadas, aunque algunos días echo de menos más movimiento, más risas y más ruido.
Pero es aquí, encerrada entre estos muros, donde me siento segura.
No hay mucho que oír aquí dentro, apartada del resto del mundo, así que cada sonido parece más alto, sea el roce de mis faldas grisáceas contra el suelo de piedra o el murmullo bajo que dejo escapar mientras tarareo una canción que solía oír en la infancia.
Machaco la lavanda en un pequeño mortero.
Su aroma se impone al de la piel de naranja y se mezcla con el rastro de vainilla que insiste en quedarse en el aire.
Las velas son lo que mueve este lugar. No es que ellas solas consigan mantener a todas las hermanas y cubrir los costes, pero son nuestra riqueza. Una riqueza discreta, que cabe en tarros de cristal ornamentados, colocados uno al lado del otro dentro de cajas de cartón.
La mayoría de las monjas participa en la producción, pero yo gestiono todo el proceso y, al estar libre de las obligaciones religiosas, acabo quedándome con la mayor parte de ese trabajo.
Mi mesa está a la izquierda, cerca de la ventana alta que da al claustro y deja entrar la luz dorada del sol, aunque filtrada por las hermosas vidrieras y las rejas antiguas.
Ya me he acostumbrado al trabajo y me encanta su resultado, por eso mis manos se mueven casi de modo automático, habituadas a la rutina.
Empujo la olla grande sobre el hornillo, compruebo el termómetro sujeto al borde y remuevo con calma con la cuchara de madera hasta que la cera queda lisa, sin burbujas.
Oigo un ruido en la puerta a mi espalda y me giro para ver quién es. Sonrío al ver a Suora [8]Chiara y ella me devuelve una sonrisa silenciosa.
—¿Ya ha llegado, hermana Chiara? —pregunto, observándola avanzar hasta su mesa, que está en el otro extremo de la sala.
Ella solo se encoge de hombros, como era de esperar.
La Abbazia di Monte Cupo es un monasterio en el que las monjas, o monache, como las llaman aquí en Italia, viven en régimen de clausura, evitando por completo el contacto con el mundo exterior, y han hecho voto de silencio.
Ni la Madre Abadesa es una excepción, lo que complica las cosas, ya que alguien necesita ocuparse de las mercancías que llegan de fuera, las donaciones y los visitantes ocasionales.
Es decir, aparte de mi pequeña Alessia, no tengo con quién conversar aquí y vivo hablando sola o haciendo preguntas que, obviamente, no serán contestadas. A ellas no les importa, ya se han acostumbrado a lo parlanchina que soy, igual que yo me he adaptado al silencio de las hermanas.
Suora Chiara es más joven de lo que el hábito la hace parecer.
No sé exactamente cuántos años tiene, ya que no puedo preguntárselo, pero no debe de tener más de treinta y cinco.
Sus dedos son finos, marcados por pequeñas heridas que nunca cicatrizan del todo por culpa del trabajo, una quemadura aquí, un cortecito allí, e incluso mis manos, que literalmente ya han recibido baños de leche y miel, ya no son las mismas.
Pero la hermana es perseverante, paciente y lo hace todo con mucha calma, cuenta el número de mechas, pesa cada una de las velas y también se encarga del cierre de caja, contando el dinero de la venta de las velas.
—Ya estoy terminando aquí. Alessia está echándose la siesta de la tarde, y la hermana Solaine se ha quedado cuidándola por mí —digo, pero esta vez mi voz sale baja. A veces parece incorrecto hablar, como si las estuviera tentando.
Cojo las mechas ya cortadas que ella me entrega y las alineo una a una, fijándolas en los tarros de cristal, bien centradas. La hermana Chiara me interroga con los ojos y, con el dedo, señala la lavanda machacada.
—¡Ah! ¿De qué vamos a hacerlas hoy? Necesitamos aumentar las existencias de lavanda porque se han acabado, pero también tenemos que preparar la vela de bergamota y romero, porque aquella señora del mercado pidió más —explico, bajo su mirada atenta.
Remuevo la cera y observo el brillo. A veces el taller, la cocina y Alessia parecen ser todo lo que tengo.
Es una vida demasiado apacible, sin grandes emociones e incluso aburrida, pero nos mantiene a salvo, y eso es lo más importante.
El monasterio queda aislado en una zona rural, pero muy cerca de Palermo, una ciudad viva, ruidosa, con sus vendedores gritando en la calle y Vespas cortando el aire, pero si no lo supiera, diría que está a un océano de distancia, teniendo en cuenta el silencio de aquí dentro, el aislamiento.
Es como si yo fuera invisible para el mundo y visible solo para Dios.
Trabajamos así durante un tiempo. Hago las mezclas específicas que necesitamos y las vierto en cada tarro, para que las velas puedan endurecerse y enfriarse.
Cuando termino, veo que Suor Chiara ya está anotando los aromas en la parte exterior de las cajas, para que no se mezclen.
Aprovecha el bolígrafo que tiene en la mano y escribe en un trozo de papel, antes de girarlo hacia mí.
"¿Vas a la oración hoy?"
Apoyo las manos en la cintura, pensando en una respuesta que suene mejor. Podría mentir y decir que sí o que aún no lo sé, pero la tarea de la cocina me da la excusa perfecta.
Al fin y al cabo, yo no soy una monja y no he hecho votos.
Confieso que durante algún tiempo incluso consideré vestir el hábito.
Ellas cuidaron de mí y me acogieron tan bien en un momento de necesidad que vi en sus votos algo realmente inspirador, pero la verdad es que no siento esa paz que ellas parecen tener cuando cierran los ojos y juntan las manos.
Llegué aquí en busca de refugio, y me quedé.
La Madre me dio un techo, una cama cómoda y comida, y a cambio yo tengo tareas y ayudo en lo que necesitan, igual que ellas me ayudan.
Me dieron una habitación prestada en el pasillo del fondo, tengo algo de ropa discreta y dos hábitos que me permiten ir y venir de la ciudad, como si fuera una de ellas, tengo una hija enferma y todo un pasado que no cabe dentro de estos muros. Un apellido que preferí abandonar.
—Me quedaré en la cocina —respondo—. Voy a preparar la cena.
Suor Chiara no insiste, solo asiente y me observa con esa calma que a veces llega a irritar.
—Vamos a dejar que estas se sequen. Y ahora… —Miro hacia la puerta, pensando en Alessia esperándome—. Voy a preparar la cena y a ver a mi hija.
Salimos juntas, pero la hermana Chiara enseguida se despide de mí, dirigiéndose hacia las habitaciones. Probablemente va a cambiarse antes de ir a la iglesia, donde todas las monjas se reúnen cuatro veces al día. Cierro el taller y me recibe el pasillo de piedra, un tanto frío.
Es algo habitual en esa hora suspendida entre el día y la noche.
El sol ya se ha ido y las velas todavía no se han encendido.
Paso por el patio interior y dirijo una breve mirada al limonero del centro, está cargado y pienso en hablar con la Madre para hacer una mousse de postre el domingo. A Alessia le va a encantar.
Sigo hasta la cocina, el lugar al que llamo refugio.
Es el único espacio dentro del monasterio en el que el silencio no es tan ensordecedor.
Aunque no tenga la compañía de otras voces, tengo el ruido de los cuchillos al afilarse, del agua hirviendo, de las ollas al taparse.
Hay movimiento, no necesito actuar con serenidad, solo cocinar.
La cocina es grande, antigua, con azulejos desgastados y una ventana que da al pequeño huerto donde plantamos algunas hierbas usadas en los condimentos.
Está vacía, así que entro y cojo mi delantal colgado detrás de la puerta, me lavo las manos y empiezo a preparar la cena.
Nunca hacemos nada muy elaborado. Siempre es sopa, un poco de pasta, verduras y algo de carne, pero en gran cantidad y hecho con mucho cariño.
Aunque las velas aportan algo de dinero, no es suficiente, así que el monasterio sobrevive de donaciones, y rara vez recibimos ingredientes muy refinados.
Para Alessia, en cambio, separo un poco del mismo caldo, con zanahoria, patata y un hilo de aceite de oliva, pero dejo el suyo casi sin sal. Además de la carne que tanto necesita, cuezo dos huevos en la sopa para alcanzar el aporte diario de proteínas.
La campana suena ahí fuera, y todo el monasterio parece responder en un movimiento casi coreografiado. Oigo las puertas de las habitaciones abriéndose y cerrándose, y después los muchos pasos en el pasillo, todas acudiendo a la llamada para la oración de la noche.
Oigo un sonido en la puerta de la cocina y, a continuación, Madre Rosalia aparece en la entrada. No dice nada, solo me mira con un aire de reprensión que es casi maternal y hace un gesto que indica la iglesia.
—Necesito terminar la cena, Madre —respondo, firme—. Y quedarme con Alessia.
Da un paso al frente, las manos escondidas en las mangas del hábito, igual que los cabellos, que solo puedo imaginar que son muy blancos, dada su edad. Por un momento, pienso que va a decir algo, pero solo se acerca al fogón y echa un vistazo a la olla, curiosa.
Siento que la garganta se me aprieta un poco. En muchos momentos de verdad me gustaría ser una de ellas, creer con la misma facilidad, arrodillarme no solo porque eso se espera de mí, sino porque esa entrega me hace sentir más ligera.