Ettore Santacroce 1. El Diablo #3
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1. El Diablo #3

Frente a él, atado cabeza abajo, está el hombre, el sospechoso.

No puedo saber solo con mirarlo si es realmente culpable o solo desafortunado, pero se nota que está al límite.

Respira como quien se aferra al último hilo de aire.

Intenta decir algo con un esfuerzo débil, y un sonido apagado le sale de la garganta, más instinto que palabra.

Dos de los nuestros están en un rincón, tensos, como perros que han visto enloquecer a su dueño. No osan intervenir.

Edoardo gira el rostro muy despacio al percatarse de mí y sonríe. No es la sonrisa de hermano que me dirige en el día a día, sino esa sonrisa de un depredador al que han interrumpido en mitad de la comida.

—Vaya, vaya… —dice, con la voz baja y peligrosamente calmada—. El Don decidió aparecer.

La palabra Don en su boca no es reverencia, es provocación.

Filippo permanece a mi lado, pálido, pero firme, como si pudiera desatarse una mierda muy grande por contrariar a El Diablo.

—Aléjate de él, Edoardo.

Mi voz no es alta, solo fría.

—¿Alejarme? —repite, como si fuera una broma deliciosa—. Tú sabes lo que esos hombres hicieron, no solo mataron al Don, sino que también nos faltaron al respeto, nos escupieron a la cara.

Da un paso mínimo, casi perezoso, como si el cuerpo obedeciera a una música que solo él oye.

—Y este gusano sabe. —Edoardo señala con la barbilla al hombre atado—. Yo siento esas cosas, sé cuándo alguien sabe más de lo que dice.

Por la forma en que lo dice, queda claro que no se trata de hechos, sino de una creencia, y su fe me sorprende más que la violencia.

Avanzo un paso, solo lo suficiente para dejar claro que la decisión me corresponde a mí.

—No vas a matar a este hombre —digo—. No antes de que nos diga todo lo que sabe.

Los ojos de Edoardo se endurecen. La bombilla se balancea de nuevo, y el movimiento hace que las sombras bailen en sus ojos, la única parte visible del rostro, como si en ellos varias versiones del mismo demonio intentaran mostrarse.

—Esto no va a funcionar, hermano —replica—. Mi manera es la única que funciona cuando la gente miente.

El sospechoso tose, un sonido débil, y eso parece encender a Edoardo por dentro. Inclina el cuerpo hacia el hombre, impulsivo, como si fuera a terminarlo todo de una vez, solo para demostrar que puede.

Antes de que lo toque de nuevo, levanto la mano.

—Déjalo. —Las palabras salen como un disparo seco—. Ahora.

Edoardo se queda quieto durante un segundo demasiado largo. Me mira como si sopesara, con frialdad, si todavía soy su hermano o si me he convertido en un obstáculo.

—Quieres respuestas, ¿verdad? —pregunta, con la voz aún más baja—. Entonces déjame hacer lo que mejor hago. Voy a arrancárselas.

—Quiero respuestas —respondo—. Y precisamente por eso no voy a dejar que conviertas la única pista que tenemos en un cadáver.

Me acerco un paso más y hablo en un tono que no admite réplica.

—Apártate. No te lo estoy pidiendo como tu hermano. Te lo estoy ordenando como tu Don.

Por un instante, Edoardo no se mueve. Está furioso, y puedo entender la rabia que siente. Yo quiero atrapar a los asesinos tanto como él, pero matar nuestra única pista no nos dará respuestas.

Entonces hace un gesto lento, casi teatral. Se da la vuelta y brama, lo bastante alto para que todos lo oigan.

—¡Quédate con ese pezzo di merda[6]! ¡Es todo tuyo, Don Santacroce!

Y sale andando con displicencia hacia la puerta.

Su voz arrastra la palabra Don como quien dice que estoy restregándole mi autoridad recién estrenada en la cara.

Suspiro, un poco estresado con todo esto.

No quiero pelear, no entre nosotros, cuando los enemigos ya se acumulan.

Pero a veces no me deja otra opción que imponerme.

Giro el rostro hacia uno de los hombres en el rincón.

—Traed agua y llamad a alguien que mantenga a este hombre vivo el tiempo suficiente para hablar.

Después, miro a Filippo.

—Dijiste que capturó a un sospechoso. —Mi voz sale baja—. ¿Quién más lo sabe?

—Solo nosotros —responde Filippo—. Francesco y los hombres que responden ante tu hermano.

Asiento con un gesto breve.

Vuelvo la mirada hacia el sospechoso. Intenta enfocar la mirada en mí y fracasa, pero reacciona al tono de autoridad del mismo modo que un animal reacciona al fuego.

Hablo despacio, no por calma, sino por control. Y cada palabra viene cargada de amenaza.

Yo también tengo mi fama dentro de la mafia, me llaman Spietato[7], despiadado. No como mi hermano, no con aquella crueldad exhibida, pero aun así un hombre capaz de destruir a alguien sin levantar la voz.

—Vas a decirme nombres, lugares, quién lo ordenó y quién pagó. —Inclino la cabeza, dejando que la sombra engulla la mitad de mi rostro—. Y, si me das la verdad, le perdonaré la vida a tu familia.

Al terminar la frase, ordeno a mis hombres que lo aten a la silla.

Sin dudarlo, me obedecen. Manos rápidas, rostros duros, ningún comentario. En pocos segundos, sueltan el cuerpo del sospechoso, que deja de pender, y después lo obligan a sentarse, atándolo con firmeza.

Cuando terminan, retroceden uno a uno, evitando mi mirada.

Inclino levemente la cabeza hacia Filippo.

—Tú te quedas, Filippo. El resto, salid y cerrad la puerta. Yo me encargo de este interrogatorio.