Ettore Santacroce 1. El Diablo #2
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1. El Diablo #2

Mientras yo sigo martirizándome por la culpa, Edoardo está enloquecido, Filippo sufre por el duelo, tío Giuseppe llora la muerte de su hermano, y su esposa, tía Malva, intenta no sucumbir.

Primero perdió a mi madre, Serena, que a lo largo de los años se convirtió en su mejor amiga, y ahora a su cuñado, que era casi un hermano para ella.

Son tiempos difíciles para los Santacroce y, en consecuencia, de mayor fragilidad para la Cosa Nostra.

Filippo se detiene a pocos pasos de mi mesa, pero no se sienta. Veo cómo su garganta sube y baja al tragar saliva antes de hablar.

—Don…

El título queda suspendido en el aire, pesado. Todavía es nuevo en su boca, como si probara una realidad que no deberíamos tener que aceptar, no así, no en estas circunstancias.

Mantengo la mirada en él, sin prisa.

—Habla, Filippo. ¿Alguna novedad?

—Tu hermano… —empieza y, solo con pronunciar eso, se endurece—. Ha conseguido capturar a un hombre, un sospechoso. Uno de los que pueden estar vinculados a la emboscada.

Mi cuerpo responde antes que yo. La espalda se endereza, como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible a través de mi columna.

—¿Un sospechoso? —repito, despacio, para no dejar que la ansiedad gobierne mi voz—. ¿Vivo?

Filippo desvía la mirada por un instante. La respuesta llega primero en el gesto, después en las palabras.

—Todavía. Pero… no lo estará por mucho tiempo, si de él depende.

—¿Dónde está? —Me pongo de pie, metiendo los brazos en la chaqueta del traje.

—Está en una de nuestras naves industriales fuera de la ciudad.

—Filippo da un paso corto, como si su cuerpo quisiera adelantarse—.

Está fuera de sí. Desde… desde lo que pasó con el Don, él…

—Se le quiebra la voz—. Edoardo quiere respuestas ahora, y a su manera, pero sabemos que, si lo hace a su manera, podemos perder la única oportunidad de arrancarle información a ese hombre.

—¡Che cazzo[5]! Llévame hasta él ahora. —La orden sale antes incluso de que termine de pensar.

Por un instante, la imagen me viene nítida a la mente.

El Diablo con aquel brillo en los ojos, la máscara cubriéndole el rostro, la calma sádica intacta y la paciencia cruel con la que tortura a sus presas.

También veo el otro lado: un sospechoso muerto demasiado pronto, llevándose con él la esperanza de llegar hasta los responsables.

Necesito venganza. Pero necesito descubrir quién está detrás de todo esto. Venganza sin información es solo incendio.

Y sé que, si llego demasiado tarde, la muerte de mi padre ganará una sombra más. Y las sombras no hablan.

Bajamos juntos y, al llegar al garaje, el aire parece más frío, y el rugido de los motores ya nos espera.

Los faros cortan la penumbra, creando dibujos largos en las columnas de hormigón.

Uno de mis hombres abre la puerta del coche central, como si fuera un ritual, y entro, con Filippo a mi lado.

Fuera, el convoy se organiza con precisión militar, dos coches delante, dos detrás.

El coche se pone en movimiento y la ciudad pasa por la ventanilla como un animal indiferente: luces, esquinas, letreros, gente riendo en bares sin saber que el Don, rey de la puta Sicilia, fue asesinado en una emboscada.

El cristal tintado amortigua el mundo, pero no mis pensamientos.

En cada cruce, siento que el tiempo se estrecha.

Filippo, a mi lado, mantiene la mirada fija al frente, rígido.

—¿Está solo con el sospechoso? —pregunto, sin desviar la mirada.

—No del todo —responde Filippo—. Está con Francesco y dos hombres más. Pero… —titubea, y la pausa dice el resto.

"Pero cuando El Diablo decide algo, nadie puede impedirlo."

El coche entra en una calle más estrecha, lejos del brillo del centro.

Los edificios se vuelven más bajos, los muros más altos.

Un portón metálico aparece delante, y los faros se lo tragan.

Un hombre en la garita reconoce el convoy y abre.

El chirrido del portón suena como un lamento antiguo, como si el hierro también supiera de las atrocidades que ocurren allí dentro.

El lugar es un almacén, de esos que parecen vacíos por fuera y llenos de secretos por dentro. La fachada sin rótulos, las ventanas altas y sucias, el tipo de edificio que la ciudad aprende a ignorar. Por eso funciona.

Nos detenemos, las puertas se abren casi al mismo tiempo. Mis hombres bajan primero, formando un corredor de seguridad sin que yo necesite decir nada.

El interior del almacén es amplio, pero sofocante.

El espacio vacío amplifica cada paso, cada respiración.

Y, en algún lugar, hay un goteo discreto, insistente, irritante.

Bajamos por una escalera de hormigón, cada escalón devuelve un eco seco.

La luz empeora, se vuelve amarilla, enfermiza. Y es entonces cuando el olor me golpea.

No es solo sangre. La sangre tiene un olor metálico directo, casi simple, pero el hedor que flota aquí es una mezcla de sangre, sudor, miedo y el olor agrio del pánico, el tipo de olor que entra en la nariz y permanece.

La puerta está entreabierta. Uno de los guardias de fuera me ve y hace ademán de decir algo. Tal vez una explicación, una disculpa por no haber conseguido contener a Edoardo, pero lo silencio con un gesto. No quiero relatos ahora, solo control.

Empujo la puerta y mis ojos escudriñan el lugar.

El escenario, casi rutinario para hombres como nosotros, sería el de una pesadilla para la mayoría de las personas.

La sala desnuda, iluminada por una bombilla colgante que se balancea levemente, como si el propio techo estuviera temblando de pavor.

En el suelo, marcas oscuras delatan que alguien ha sido arrastrado.

Una silla volcada, un paño tirado en un rincón.

Y sangre, en salpicaduras, en manchas, en un rastro.

En medio de todo eso, como si fuera el protagonista de una obra indecente, está Edoardo.

Tiene el cuello de la camisa abierto, las mangas remangadas y lo que puedo ver del pecho manchado de rojo vivo.

Y las manos... las manos parecen pintadas, barnizadas de sangre, lo que demuestra el gusto que tiene por ejecutar el trabajo y hundirse en él.

Tras la máscara puedo ver que sus ojos brillan de una manera que sé reconocer desde niño. No es rabia pura, es placer.

En el día a día, es mi copia fiel, pero, cuando tenemos que extraer información o pasar a la acción, Edoardo se coloca el pasamontañas pintado con una calavera sobre el rostro.

Y, cuando entra con él en una estancia, hasta el aire a su alrededor cambia.

Sus propios hombres temen a la entidad en la que se transforma.

Ya no es Edoardo Santacroce, sino que encarna al diablo con tanta perfección que los rumores dicen que está poseído por el mismísimo diablo, especialmente cuando se trata de matar.

Una canción de rock resuena en la estancia y sé, sin fijarme en la letra, que ha sido elegida específicamente para este momento.