Ettore Santacroce
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1. El Diablo
El Diablo
Ettore Santacroce
Ante mis ojos, a través de la ventana, la ciudad queda enmarcada como un lienzo antiguo y manchado.
Allí abajo, a lo lejos, las calles estrechas parecen angostarse aún más en la noche.
Las fachadas antiguas, carcomidas por el tiempo, se vuelven más pálidas bajo la luz amarilla de las farolas, como si estuvieran al borde de derrumbarse, como yo, en este momento.
Orazio Santacroce, el Don de la Cosa Nostra, mi padre, muerto en una emboscada, y la culpa recae sobre mis hombros y pesa. ¿Cómo no preví el ataque? ¿Cómo dejé que algo así ocurriera?
La rabia y la culpa me corroen por dentro.
Mi reflejo en el cristal se mezcla con la ciudad.
Palermo es luz, yo soy sombra y, aunque la capital esté apenas a unas manzanas de mí, antigua, ruidosa, viva e indiferente, parece distante, como si estuviera al otro lado de un océano.
O quizá haya sido yo quien se ha retirado de la realidad y ahora estoy viendo cómo todo se desarrolla, como un espectador.
El despacho se vuelve más pequeño en ausencia del Don.
La silla de cuero detrás de la mesa permanece vacía, orientada hacia la ventana oscura.
Y, como una ironía del destino, como si el desaliento no fuera suficiente, ahí fuera la lluvia empieza a deslizarse por el cristal en líneas finas e inclinadas, como si alguien arañara la noche con uñas impacientes.
Dentro de la estancia, el aire aún guarda el olor a puro y madera encerada, un perfume que no es exactamente agradable, pero habla de poder, de dominio y susurra que, desde aquí, alguien dirigía un imperio.
Ahora, quien manda es el silencio.
No me he sentado en su sillón. No me siento con derecho a ocuparlo, todavía no.
No antes de que el último hijo de puta que esté detrás de esto esté muerto, no antes de verlos agonizar, suplicando una muerte rápida.
Y les daré muerte, sí, pero lentamente, porque todos saben que nunca he sido piadoso.
Recibí el puesto de Don, no por mérito ni por ningún logro que pudiera señalar con claridad, sino por una regla antigua, fría y simple: yo nací primero.
Tengo un hermano gemelo. Edoardo Santacroce.
A primera vista, somos un espejo el uno del otro: los rostros tallados por la misma mano, la misma voz, idéntica incluso en el timbre, y ciertos gestos tan iguales que, a veces, me descubro mirándolo y viendo en él una versión de mí que yo no pedí que existiera.
Hay momentos en que lo reconozco incluso antes de verlo, como si el aire a su alrededor cambiara con su llegada.
Pero nuestras semejanzas son puramente físicas.
Donde en mí hay cálculo, estrategia y una buena dosis de mal humor, en él vive una tendencia a la crueldad.
Mi hermano no es solo violento. Al fin y al cabo, todos los hombres de la mafia lo son, en cierta medida.
Como Edoardo Santacroce, sabe divertirse, tiene un humor ácido y consigue tratar a los demás con un nivel razonable de humanidad, pero cuando un enemigo cae en sus garras o alguien lo provoca más allá del límite, se convierte en una presencia hecha de amenaza, un maldito psicópata frío y sádico, del tipo que hace que el silencio se vuelva pesado y que los hombres más fuertes traguen saliva.
Todos temen a la leyenda, al demonio enmascarado.
No por rumores, no por historias de terror inventadas en la oscuridad de la noche, sino por experiencia y porque es verdad.
No fue por casualidad que en España se ganó el apodo que lo acompaña como una sombra: El Diablo.
Así lo llaman, con respeto, con pavor, dentro y fuera de la mafia, y, en el fondo, es ese tipo de pavor el que el ejecutor de la Cosa Nostra debe transmitir.
Siempre hemos sido amigos, a pesar de las diferencias. Hay algo más allá de la afinidad que nos mantiene unidos incluso cuando nos odiamos. Pero, en este momento, Edoardo no está muy dispuesto a mantener una relación fraterna.
La razón es obvia. Lo que se esperaba de mí era simple, casi una certeza. Yo asumiría el cargo de Don y lo nombraría mi consigliere[1]. Al fin y al cabo, Edoardo fue criado para ser mi mano derecha. Ese siempre fue el plan de nuestro padre, pero mi hermano se moldeó a sí mismo para la guerra.
Incluso antes de la muerte del Don, yo sabía que la sangre no bastaría para garantizar lucidez.
Por ser un Santacroce, sé que merece un alto puesto en la jerarquía, pero ¿de qué forma un lunático sanguinario podría aconsejarme?
¿Qué ofrecería además de soluciones bañadas en sangre y una paz construida sobre cadáveres?
Si dependiera de El Diablo, ante la falta de un culpable del asesinato, yo convertiría Italia en una carnicería sin fin.
Tenerlo como consejero antes de la muerte del Don era, como mínimo, cuestionable, pero desde que nuestro padre murió y asumí su lugar, se volvió imposible, porque lo ocurrido lo apartó por completo de la lucidez y de la sensatez.
Entonces, en lugar de eso, elegí a mi primo Filippo para el puesto. Edoardo y yo crecimos a su lado, como si fuéramos tres hermanos, pero Filippo tiene algo que mi hermano nunca supo usar: prudencia. Además, es un estratega nato.
A mi tío Giuseppe lo mantuve en el cargo de Sottocapo[2], subjefe de la mafia.
Durante años ocupó ese puesto junto a mi padre, conoce a cada hombre por su nombre y sabe dar peso a cada silencio.
La famiglia [3]lo respeta como se respeta un pilar, sin palabras, con actos.
La verdad es que el respeto no se decreta, no se puede exigir, debe conquistarse y mantenerse.
La continuidad compra lealtad, evita vacíos y mantiene el tablero estable, y ciertas piezas, cuando están bien encajadas, sostienen un imperio entero.
A mi hermano le correspondió el puesto que él mismo asumió casi sin darse cuenta desde que era un bambino[4]: el de ejecutor de la mafia.
El tipo de función que no se aprende, sino que nace con el hombre.
Lleva la máscara del asesino con una naturalidad aterradora, tratando la violencia como una lengua que solo él habla sin acento.
Cuando la orden necesita convertirse en ejemplo, cuando el mensaje debe entenderse sin explicaciones, es él quien entra en escena.
Aun así, no era lo que Edoardo, la famiglia ni mis padres esperaban.
Me quedó claro que esa decisión no le gustó.
Lo vi en el brillo duro de la mirada, en la rigidez del cuerpo.
Yo me valí de la estrategia y coloqué a cada uno en el puesto ya definido por sus propias personalidades, pero Edoardo se lo tomó como una afrenta, como si yo lo estuviera degradando, cuando la verdad es que nadie más haría el papel del asesino frío y sin corazón que necesito tan bien como él.
En su mirada veo un rencor contenido, madurando despacio, como veneno guardado.
Y aprendí pronto que el rencor cultivado en la oscuridad no desaparece, solo espera.
Por eso necesito poner fin a este conflicto recién surgido.
La verdad que Edoardo desconoce es que tengo planes de sustituir a nuestro tío por él en el futuro, para que se convierta en mi subjefe y quede así solo por debajo de mí.
No es algo que se pueda hacer nada más asumir el trono del Don, pero poco a poco voy a implantar mis reglas e ideas, alterando un sistema un tanto arcaico.
También espero que, cuando llegue el momento, el dolor del duelo se haya transformado en algo más suave y él haya recuperado su frágil sensatez.
Dejo atrás el despacho de mi padre, decidido a no pisarlo de nuevo hasta que pueda vengar su muerte. Por eso, temporalmente, he montado un lugar para mí, mi propio despacho, que también está en la segunda planta de la casa, pero al final del pasillo.
En la estancia que ahora me sirve de refugio, me hundo en el sillón y dejo que el silencio me trague de nuevo. Mi mirada queda atrapada en la botella de Macallan 18, ya medio vacía, y en el vaso vacío sobre la madera fría de la mesa.
Entre los dedos, un cigarrillo arde lento, y con la otra mano rozo el borde de la mesa, en un gesto automático, como si la fricción pudiera mantenerme aquí mientras la mente me arrastra lejos.
La culpa viene en oleadas, pesada e insistente, porque no preví el ataque al Don.
No vi al enemigo llegar. Y eso, más que cualquier otra cosa, me araña por dentro.
Ahí fuera, la lluvia arrecia contra el cristal, martilleando la noche. La ciudad sigue viviendo, respirando, indiferente, como si nada hubiera ocurrido.
Y esa indiferencia me irrita más que cualquier insulto.
Ya voy por el tercer vaso de whisky cuando suena un golpe en la puerta.
Durante unos segundos, me quedo mirando la manilla, como si aquel metal fuera un ancla capaz de traerme de vuelta de mis devaneos. Entonces enderezo la postura, asumiendo una expresión de calma aparente, y respondo.
—Entra.
La puerta se abre despacio y Filippo aparece en el hueco.
Entra y la cierra tras de sí con cuidado, como si el menor ruido pudiera hacer añicos algo que ya está agrietado.
Está abatido. El traje, impecable como siempre, parece pesar más de lo que debería sobre los hombros.
La corbata está un poco floja, el nudo menos perfecto que de costumbre, y es ese detalle minúsculo lo que demuestra un fallo de disciplina que solo puede haber sido causado por el agotamiento.
Pero son los ojos los que lo delatan todo.
Están rojos, irritados de una forma que apaga su verde natural, y hundidos, dejando traslucir una noche sin dormir y un dolor incómodo.
Parece haber envejecido diez años en dos semanas.
La muerte del Don no golpeó solo a la familia, sino que abrió una grieta en toda la estructura.