Capítulo Dos
No vino nadie.
Era posible que los minutos parecieran horas, y las horas, días.
Maura había perdido el sentido del tiempo; solo sabía que fuera persistían la noche y la nieve.
Una mujer solo podía esperar un tiempo limitado antes de que el miedo empezara a rondar sus pensamientos.
Había golpeado las paredes, pateado el suelo, intentado abrir la ventana sellada y se había quedado mirando el espejo deslucido hasta que su propio rostro pareció burlarse de ella.
Entonces se le ocurrió que tal vez estaba en una habitación en el ático y que la puerta podría estar en el suelo.
Cogió el farol y lo dejó sobre los tablones de madera.
Gateando a cuatro patas, buscó alguna bisagra.
Tras explorar toda la extensión del suelo, presionando y tirando de todas y cada una de las tablas, finalmente vislumbró un rayo de esperanza.
Una puerta pequeña, apenas lo bastante grande como para pasar a gatas, estaba parcialmente oculta por el poste de la cama.
El diminuto pomo parecía fabricado para una muñeca, pero la cerradura de latón empañado era lo bastante grande para la llave antigua de la pared.
Alguien había tallado en la madera: «Everlastingly».
Maura apartó la cama y cogió la llave. La cerradura no giró fácilmente y tuvo que usar ambas manos para reunir la fuerza necesaria para abrirla.
La puertecita se abrió de golpe. Una brisa fresca entró en la habitación caldeada desde la oscuridad del otro lado.
Se puso de pie y fue a por el farol. Cuando volvió a mirar hacia la puerta, se había encendido una luz en el interior y no necesitó el farol para ver.
Una voz susurró desde dentro, aguda y ligera como la de un niño emocionado: — ¿Crees que esta vez vendrá o saldrá corriendo?
—No lo sé —respondió otra voz más calmada.
—No tiene mucho tiempo. No puede seguir haciendo esto. La casa no aguantará para siempre. Quizá debería entrar yo y guiarla desde la puerta. Seguro que puedo encontrar lo que Jack quiere.
—Silencio o te oirá. Interferir no ayuda. Ya lo intentamos.
—¿Jack? —susurró Maura, con el cuerpo alerta al instante por el nombre.
No era el momento para el deseo y, sin embargo, eso era lo que sentía.
Un cosquilleo brotó en su piel, un recordatorio de manos cálidas y besos profundos.
Pero no conocía a nadie llamado Jack. ¿Cómo podía excitarla un nombre?
¿Cómo podía sentirse segura y reconfortada estando atrapada en una casa vieja durante una tormenta de nieve?
Sin otra salida, se adentró en la abertura.
—Alguien debería decirle a Jack que se está escapando —decidió el niño—. Yo iré. Tú vigila.
Nada.
Era posible que los minutos parecieran horas, y las horas, días. Maura había perdido el sentido del tiempo; solo sabía que fuera persistían la noche y la nieve. ¿Cómo había llegado a esta habitación sin puertas? ¿Por qué no había salida?
Frenética, había destrozado aquella prisión decadente, arrancando las cortinas de la ventana, descolgando el espejo de la pared y tirando al suelo el estúpido adorno de la llave. ¿Cómo podía estar en una habitación sin salida?
¿Y si sus secuestradores la encontraban?
¿Y si la tenían allí encerrada y había algún tipo de cámara de tortura en el sótano?
Con nieve o sin ella, no podía quedarse.
Tenía que huir, luchar para sobrevivir. Recordaba vagamente haber visto una vieja camioneta agrícola fuera antes de perder el conocimiento.
Si pegaba la cara al cristal, podía ver su silueta ahí abajo.
Quizá no comprendiera del todo lo que estaba ocurriendo, pero una sensación de urgencia crecía en su interior. Tenía que pedir ayuda.
Agarrando el espejo, lo lanzó contra la ventana.
El cristal estalló. Cogió la colcha de la cama y se envolvió el puño con una esquina para golpear los trozos de cristal que quedaban en el alféizar.
Luego se echó el grueso material sobre los hombros para abrigarse y protegerse de los fragmentos rotos.
Fuera de la ventana había una celosía de hiedra muerta, convenientemente colocada, que hacía las veces de escalera y la ayudó a bajar.
Intentó llevarse el farol, pero se le cayó al suelo nevado y se apagó.
Ahora, ayudada únicamente por la luz de la luna, descendió temblorosa por el lateral de la casa.
Saltó al suelo, lejos de los cristales rotos en la nieve.
El frío le escocía en los pies a través de las medias mientras corría hacia la vieja camioneta.
Las letras rojas desvaídas en el lateral del vehículo azul decían: «Jack Everla».
El vehículo era de principios de los años cincuenta, con un parabrisas macizo y plano, faros integrados en la parrilla y un chasis redondeado.
Era exactamente el modelo que había deseado de niña.
Maura abrió la chirriante puerta de metal de un tirón antes de meterse dentro.
Había llaves en el contacto, pero el motor muerto no emitió ni un mísero sollozo de vida.
Ya tenía mucho frío y no quería volver a correr.
Quizá no hubiera otra casa en kilómetros a la redonda.
Sopesando sus opciones, la granja parecía la apuesta más segura.
No tenía pruebas de que la gente de dentro fuera peligrosa; quizá se molestaran porque había roto la ventana, pero podría ofrecerse a pagarla.
Sin apenas elección, se dirigió al destartalado porche.
Las ventanas oscuras solo revelaban indicios sombríos de lo que había en el interior.
Pegó la cara al cristal, intentando ver algo.
No tardó mucho en probar con la puerta. Al abrirla, la luz cortó la oscuridad del porche.
El resplandor de un árbol de Navidad iluminaba la sala delantera, con las diminutas bombillas blancas parpadeando lentamente.
No había podido verlo a través de la ventana exterior, lo cual no tenía lógica.
Al igual que la habitación sin puertas de arriba, la casa estaba cubierta de polvo.
Maura se mantuvo en silencio. Sus pies descalzos dejaban huellas en el suelo mientras cerraba la puerta tras de sí.
Había cuadros colgados en la pared y pasó la yema de los dedos por el polvo de uno para revelar unos ojos oscuros en un rostro apuesto.
El hombre no sonreía, como parecía ser costumbre en las antiguas fotografías en sepia.
Una fina cicatriz le recorría la sien izquierda.
Algo en él le resultaba familiar, provocándole una sensación de calidez, pero probablemente habría muerto hacía años.
Aun así, se quedó allí plantada mucho tiempo, observando su rostro, intentando recordar por qué podría resultarle familiar.
¿Quizá conocía a su nieto? ¿Había salido con su nieto?
Pasó el dedo por la barbilla hasta descubrir la boca.
Los labios le hormiguearon con una punzada de conciencia, como si ya hubiera besado esa boca antes y quisiera volver a hacerlo, desesperadamente.
—¿Eres Jack Everla? —susurró. El nombre Jack le sonaba familiar, como si lo hubiera pronunciado cien veces, pero aquello no tenía sentido lógico. Nada allí lo tenía.
El suave sonido de un disco llamó su atención y la alejó del hermoso retrato.
Se acercó de puntillas hacia él. La colcha resbaló de sus hombros.
Los instrumentos de viento, madera y metal, tocaban música de big band; el sonido nítido quedaba interrumpido por el ocasional golpe y siseo de la aguja del tocadiscos.
Ese tipo de música estaba hecha para escucharse alta, no suave.
Las escaleras de madera crujían a su paso mientras subía, por mucho que intentara andar de puntillas.
Una tenue luz salía por debajo de una puerta, atrayéndola hacia ella.
La música se hizo más fuerte. Giró el pomo ovalado y entró en la habitación para enfrentarse a quienquiera que estuviese allí.
En cuanto cruzó el umbral, la música se detuvo abruptamente como si nunca hubiera existido.
La habitación sin puertas.
La ventana rota había sido reparada y la zona estaba ordenada, como si nunca hubiera estado allí. Se dio la vuelta para salir, pero la puerta había desaparecido y, en su prisa, chocó contra la pared.
—¡Ay! —exclamó Maura, llevándose la mano a la nariz lastimada.
—Deberíamos decirle a Jack que está perdida —dijo la voz de un niño—. Nunca tarda tanto.
—Le he abierto la puerta —respondió otra voz joven.
—No deberías haberlo hecho. Los demás se enfadarán si descubren que has interferido.
—¿Qué otra cosa podía hacer? Jack quiere que venga. Esta vez le está resultando demasiado difícil encontrarlo.
Temblando, Maura miró a su alrededor para ver quién hablaba.
En su lugar, encontró algo que no había visto antes: una puertecita en la pared, lo bastante grande como para pasar a gatas.
Habían puesto una llave antigua en la cerradura.
Aunque escuchó con atención, las voces no regresaron.
¿Qué otra opción tenía? No podía quedarse encerrada.
La vieja camioneta no funcionaba. La granja estaba abandonada.
Esas eran las primeras voces que oía desde su carrera por la nieve.
Pasó mucho tiempo antes de que reuniera el valor suficiente para acercarse a la abertura.
No hay salida.
¿Cómo había llegado a esta habitación sin puertas? ¿Dónde estaba la persona que la había sacado de la nieve? No recordaba haber subido, así que alguien tenía que haberla traído. ¿Por qué no la dejaban salir de la habitación? ¿O al menos ver cómo estaba?
Era posible que los minutos parecieran horas, y las horas, días. Maura había perdido el sentido del tiempo; solo sabía que fuera persistían la noche y la nieve. Se frotó los ojos y caminó de un lado a otro por el suelo de tablones de madera. La llave tenía que significar algo.
Donde había una llave, había una cerradura.
Sujetando la llave antigua, buscó un agujero donde encajarla.
Levantó el papel pintado que se desconchaba, pasó las manos por el suelo.
El calor radiante evitaba que intentara salir por la ventana.
Los pies aún le escocían por su carrera bajo la nieve y ni hablar de volver a enfrentarse a los elementos.
Sería mejor encontrar una forma de bajar.
Quizá tuvieran teléfono. O botas y un abrigo.
O las llaves de la camioneta. Recordaba vagamente haber visto una vieja camioneta agrícola antes de desmayarse.
Al menos, la planta baja debería estar menos polvorienta y podría haber algo de comida.
No recordaba cuándo había sido la última vez que comió.
Aunque, en realidad, no sentía hambre, así que eso no era una prioridad inmediata.
Si había una forma de entrar en esta habitación, tenía que haber una forma de salir.
Golpeó los postes de la cama y comprobó que eran macizos.
Levantando un lado de la colcha, buscó bajo el colchón.
Sus manos chocaron con un libro viejo y lo sacó.
La portada del diario estaba llena de pegatinas de mariposas.
Con una caligrafía muy curvada que a Maura le recordó a su época de secundaria, una niña había escrito una y otra vez en las páginas: «Sra.
Taylor, Sra. Jack Taylor, Sr. y Sra. Jack Taylor», junto con dibujos de un hombre y una mujer juntos haciendo diversas cosas cotidianas: conducir un coche, comer en un restaurante, ver la televisión.
Fuera quien fuese la niña, sus dibujos eran mucho menos explícitos de lo que habrían sido los de Maura a esa edad.
A continuación, Maura miró debajo de la cama y encontró una puertecita con un pomo diminuto.
La palabra «Everlastingly» había sido tallada en la madera.
Qué extraño que no la hubiera notado antes.
Estaba segura de que nunca había visto nada parecido.
El ojo de la cerradura tenía el tamaño perfecto para la llave.
Se apresuró hacia allí y la introdujo en la cerradura.
Estaba que se subía por las paredes. Tenía que salir de la habitación. Cualquier lugar era mejor que este.
Al abrir la puerta, Maura se encontró con una iluminación suave. Asomó la cabeza por la abertura para mirar. Una pared de madera le bloqueaba la vista, pero vio la luz que venía de la vuelta de la esquina.
—Chist —creyó oír que alguien susurraba.
—Eso ha sido demasiado rápido —respondió una segunda voz—. No ha podido encontrar nada útil.
—Quizá se dé la vuelta. A veces se da la vuelta.
—¿Quién hay ahí? —gritó Maura mientras pasaba los brazos por la abertura y se apoyaba en la pared para cruzar el cuerpo—. ¿Eres tú la niña que escribió el diario? ¿Es esta tu habitación?
—Demasiado pronto, demasiado pronto —dijo la voz—. Avisad a Jack.