Eternamente
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Capítulo Uno
La nieve era bonita hasta que te veías obligada a correr por ella entre ventisqueros, en tacones y pantis.
Maura no sentía los bloques congelados en los que se habían convertido sus pies, pero los obligó a seguir avanzando.
El raso morado y húmedo ofrecía poca protección.
Cuando se había puesto el vestido esa noche, jamás habría soñado que la decisión de ir sin mangas se convertiría en una de las peores de su vida.
El vestido de fiesta estaba pensado para ser divertido y festivo, no para protegerla de las inclemencias del tiempo.
Aunque la falda por la rodilla permitía que sus piernas se movieran bajo un montón de raso, gasa y cintas, ofrecía muy poca protección.
El rastro que dejaba a través del blanco inmaculado era fácil de seguir, pero no había ninguna forma de evitarlo. Por esa razón tenía que seguir adelante. Si se detenía, la encontrarían. Si se detenía, moriría congelada.
—Sigue moviéndote, sigue moviéndote —repetía su cerebro—, un mantra interminable que impulsaba sus piernas.
Un gemido escapó de sus labios en forma de vaho. Esto no podía estar pasando. Esto no. Ella no. Esto no.
Maura suplicó a una fuerza invisible del universo que la dejara despertar, que hiciera que aquello fuera un sueño.
Anhelaba a sus padres, a la policía, a un guardabosques...
a cualquiera que pudiera sacarla del frío.
Al principio solo había corrido, tan fuerte y rápido como pudo.
La luna llena revelaba la desolación del paisaje de Kansas, el campo nevado y llano solo interrumpido por hileras de árboles plantados durante la Gran Depresión para actuar como cortavientos que impidieran que otro «Dust Bowl» asfixiara la tierra.
Su padre se lo había contado. Por eso tantos campos estaban flanqueados por árboles. Este tipo de campos significaba granjeros. Eso significaba casas de campo. Ayuda.
Siguió caminando con un propósito mecánico.
La salvación de su infierno gélido llegó en forma de una pequeña luz a lo lejos.
Se dirigió hacia ella, echando la vista atrás para ver si la seguían.
Tenía los ojos tan fríos que no podía estar segura de si eran figuras en la oscuridad o salientes en el paisaje.
La luz le dio esperanza y apretó el paso tanto como pudo, corriendo a base de adrenalina y miedo.
Pronto la forma de una sola ventana se perfiló en la noche y, después, la silueta iluminada por la luna de una casa antigua.
Maura tropezó y cayó contra una valla de madera que delimitaba la propiedad.
Empleó todas sus fuerzas para levantar el pie y lanzar su cuerpo al otro lado.
Cayó al suelo helado y miró hacia su salvación.
La puerta principal chirrió al abrirse, dejando escapar un rayo de luz interior parpadeante.
—Ayuda —susurró, intentando gatear antes de desplomarse en el suelo.
El toque de una trompeta saludó a Maura cuando abrió los ojos.
Jadeando, se revolvió en una cama con olor a humedad, luchando antes de poder ver bien que nadie la estaba atacando.
Respiró hondo y luego otra vez, esperando a que su corazón dejara de palpitar.
Un farol proyectaba luz sobre la habitación polvorienta.
El papel de la pared se curvaba por el borde inferior, dejando al descubierto el viejo listón y el yeso que había debajo.
Espejos deslustrados y cortinas raídas decoraban la estancia, como si hubieran sido olvidados y abandonados a su suerte.
Una vieja llave de paletón colgaba de un clavo por una cinta verde descolorida, aunque no parecía haber cerraduras en las que encajar.
Gruesos copos de nieve revoloteaban ante la ventana, iluminados únicamente por la luz del farol.
Al retirar las mantas de su cuerpo, Maura notó que su vestido morado palabra de honor se había secado.
Sus pantis tenían carreras y le faltaban los zapatos.
Un radiador eléctrico calentaba los gruesos tablones de madera del suelo.
Se acercó al cristal, incapaz de ver más allá de la densa nevada en la oscuridad del exterior.
La gente de la casa debía de haberla metido dentro. ¿Estaba a salvo aquí? Hacía calor y estaba viva. La habían metido en una cama. Por ahora eso tendría que bastar.
Maura se alejó de la ventana a trompicones, sintiéndose desorientada.
Su reflejo empañado la miraba desde el espejo.
Los mechones castaños enmarcaban su rostro en una maraña de grandes rizos.
La palidez de su piel le recordaba lo cerca que había estado de la muerte a la intemperie.
Sus ojos marrones estaban enrojecidos y recordó el frío cortante contra su cara.
Sin duda enfermaría más tarde y le sorprendía un poco que la fiebre no hubiera aparecido ya.
Aunque ahora que lo pensaba, se sentía rara.
Un dolor sordo se instaló en ella; no era necesariamente doloroso, solo una sensación constante de malestar.
Fue hacia la puerta, pero se dio cuenta de que no había ninguna.
Presa del pánico, corrió hacia la pared y pasó las manos por el papel viejo.
Presionó los dibujos de rombos para sentir lo que había debajo.
Apartó el espejo de la pared, golpeó con la cadera el radiador y apretó el clavo que sostenía la llave antigua.
Había habido una forma de entrar, así que tenía que haber una forma de salir.
¡La ventana! Podía salir gateando por la ventana.
¿Pero adónde iría? ¿Afuera, adonde la esperaban sus atacantes?
¿Salir descalza a la nieve para morir de hipotermia?
O quedarse dentro, donde estaba atrapada pero, al menos, caliente.
Alguien la dejó entrar, la salvó; seguramente vendrían pronto a ver cómo estaba.
No la dejarían morir aquí. La solución era probablemente de lo más sencilla y ella estaba demasiado cansada por lo ocurrido para darse cuenta.
Maura volvió a la cama a gatas y se cubrió con las mantas. Puede que olieran a rancio, pero estaba caliente y a salvo. Todo lo que tenía que hacer era esperar.