ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 35 #4
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—Marco... ¿Podemos irnos a casa? Necesito estar contigo —suplico mientras él me mira extrañado. Sus ojos fruncidos notan que mis palabras salen trabadas por el subidón de alcohol al que acabo de someter mi cuerpo.

—¿Pero por qué coño estás bebida, Liv? Joder, vámonos ahora mismo.

Marco me sostiene para evitar que me desplome, ya sea por el efecto del alcohol o porque mis pulmones se han rendido.

Al salir, el aire fresco me da un respiro frente al mareo, pero la sensación de muerte persiste.

Y no es solo la embriaguez; es la culpa de haberle destrozado el corazón a Apolo justo cuando, tras declararme su amor, se creía el hombre más afortunado del mundo al pensar que, por fin, estaríamos juntos.

—¿Me vas a decir lo que ha pasado? —pregunta Marco, poniendo el coche a la máxima velocidad que le permite el velocímetro. Su rostro mezcla cabreo y preocupación al mismo tiempo—. ¿Por qué cojones apestas a alcohol, Liv?

—Necesito que me ayudes. Estoy completamente destrozada. Todo mi ser ha desaparecido, Marco.

—Vale, Liv. Pero dime por qué.

—He hablado con Apolo en casa, hace un rato —un suspiro sale de su boca como si supiera que lo que le voy a decir le va a molestar. Pero creo que esta vez no se hace una idea de cuánto.

—¿Y bien?

—Me ha confesado que está enamorado de mí. Me ha dicho que no puede vivir sin mí, que si pudiera, se casaría conmigo hoy mismo.

El puño que agarra el volante comienza a cerrarse tan, pero tan fuerte, que parece que va a romper la goma que lo cubre. Me mira a mí, después a la carretera. Se vuelve a colocar nervioso en el asiento, conteniendo todo lo que desearía soltar en este momento.

—Y tú le has dicho que decidiste estar conmigo, ¿verdad? Que ya llevamos días juntos.

—Sí... O sea, le dije que habíamos tenido relaciones... Que nos habíamos liado, que estábamos juntos desde hace varios días.

—Entonces le habrá quedado claro que tú ya has tomado tu decisión, ¿no? Él decidió escuchar a su orgullo y perderte con el tiempo, ¿o te ha vuelto a hacer elegir?

Estamos entrando a la zona de la parcela de la mansión, así que le digo que pare unos metros más atrás, donde no nos puedan ver.

Acepta mi petición y para el coche. Estamos solos, en la oscuridad de la noche, en su Audi, atento a la respuesta que le tengo que dar y que no estoy preparada para hacer.

—El caso... Marco, yo...

Empieza a ladear la cabeza sonriendo amargamente. Niega de un lado a otro.

—¿Cuál es el caso, Liv? —pregunta clavando su mirada penetrante en mis ojos.

—No le he podido decir que te elijo a ti, Marco —contesto rompiéndome otro cachito de corazón dentro de mí. Cada vez, cada palabra duele más que la anterior.

Su cuerpo acaba de paralizar todo movimiento, toda acción. Su cara está impasible. Sus manos muertas. No habla, no pestañea. Tan solo respira, y porque si no lo hiciera, rompería todo lo que tiene a su paso ahora mismo.

—Estás enamorada de él, ¿verdad?

Las lágrimas empiezan a empañar su mirada frente a mí, pero él no se mueve. Yo me quedo ahí con la boca bloqueada por un sollozo interno que no me deja hablar. Mientras tanto, Marco asiente con una mueca en los labios, dando por sentado que mi silencio confirma lo que piensa.

—Cuando lo hicimos en el baño, ¿pensabas en él? —vuelve a hacerme otra pregunta que no voy a poder responder más que con lágrimas—. Genial.

En un abrir y cerrar de ojos, el motor del coche empieza a rugir.

A toda velocidad, a la más alta que jamás me haya hecho experimentar, se adentra a la mansión.

Grito su nombre para que pare. Mi ansiedad se dispara por cada cifra que sube en el acelerómetro.

Sigo gritando su nombre, pero no responde a nada.

Sus nudillos están totalmente blancos de la fuerza con la que agarra el volante.

Sus lágrimas se desploman sobre el salpicadero del coche.

La mansión aparece como si fuera un flash.

Su cara está completamente poseída por la ira y la decepción.

Si pudiera, me partiría la cara ahí mismo.

De repente, pega un frenazo que hace derrapar el coche hasta dejarlo justo en la puerta de la mansión.

—¡Marco, por favor! —exclamo agarrándole la mano, pero solo recibo un rechazo marcado por la repulsión. Como si de un acto de defensa se tratara.

—Baja de mi coche, Olivia —su voz suena demasiado baja.

Mientras me lo pide, las lágrimas de unos ojos perdidos en la oscuridad de los jardines de la mansión desbordan de él, al mismo tiempo que noto cómo su pecho empieza a hundirse demasiado.

El relieve de sus costillas comienza a hacerse visible en el torso de Marco.

—¡Marco, por favor, te está dando algo! ¡Mira tu pecho! ¡No te voy a dejar ahora! —exclamo ante la imagen tan lastimosa de su estado.

—¡Que bajes de mi puto coche, Olivia! —exclama con un grito desgarrador, abriéndome la puerta del asiento del copiloto.

Intento tocarle una vez más el brazo. Pero la negativa vuelve a hacer acto de presencia.