ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 35 #3
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35 #3

Como suele pasar, lo bueno suele tener un final abrupto.

El fantasma de Marco irrumpió en mi pensamiento y mi euforia se desplomó contra el suelo.

Me urge que esto sea real, que esta unión no vuelva a romperse, pero el precio de esa estabilidad es la confesión.

Tengo que decirle lo que viví con Marco mientras él era incapaz de elegirme.

El riesgo de perderlo todo es real, pero prefiero la crudeza de la verdad a una mentira que acabe por destruirnos.

—Apolo... Te amo —digo entre lágrimas y besos—. Estoy enamorada de ti hasta lo más profundo de mis huesos.

Apolo sonríe como si fuera un niño pequeño recién enamorado.

—Creo que yo también —comparte él, riendo con la típica carcajada nerviosa de estar impregnado por el amor.

—Es todo lo que te he estado pidiendo todo este tiempo. No te costaba tanto, joder —mis palabras salen rabiosas mientras me fundo en un abrazo con todas mis fuerzas.

—Lo sé, pequeña.

—Pero... ¿Por qué no me lo has confesado antes? —pregunto, dispuesta a decirle todo lo de Marco.

—No estaba preparado, supongo. No quería hacer daño a Marco, a mí, a ti... Luego el pacto, todo junto me hizo bloquearme, Liv. Siempre he tenido que valorar las consecuencias de todos mis actos.

—Joder, Apolo... —la sensación de tener que soltar una verdad que, al hacerlo, podría terminar por demoler los cimientos del único refugio que acabamos de encontrar.

—Ey, ¿qué pasa? —pregunta al verme derrumbarme frente a él.

La verdad me alcanza al fin. Siento cómo mi interior se desgarra al evocar las sombras de Marco y todas las veces que usé el rencor como excusa para perderme en él. Ya no hay escapatoria: mi sentencia acaba de dictarse.

—Todo este tiempo... —mis pulmones comienzan a avisarme de que esto no va a acabar muy bien—. Apolo, todo este tiempo he estado con Marco.

Todo rastro de ternura desaparece de su rostro.

La mandíbula de Apolo se marca bajo la piel en una tensión insoportable; su mano, ahora un puño cerrado con fuerza, delata que está a punto de romperse.

Me hundo de nuevo en el abismo, pero ahora el frío es real: no hay dedos que acudan a rescatar mi rostro, ni ojos que busquen los míos.

—¿A qué te refieres, Liv? —pregunta, pero no me sale la respuesta. Mi silencio habla por mí—. Liv... Liv, contesta. ¿Dime a qué te refieres?

—Me he... Me he estado liando con Marco, Apolo. Mientras tú no conseguías decidir entre tu orgullo y yo, mientras preferías olvidarme, estuve con Marco. Quise aprender a quererle a él. Curarme de ti, pero quiero que sepas que ninguna de esas veces pude hacerlo.

De pronto, Apolo se despega por completo de mí.

Su mirada desprende incredulidad ante mis palabras.

Se aleja unos pasos mientras comienza a llorar con más intensidad de espaldas a mí.

Las palabras han desaparecido. Los besos se han esfumado.

Solo quedamos nosotros dos entre las gotas de lágrimas que tan solo una verdad desgarradora y del peso de esta podría ser capaz de generar.

—Dime que no habéis llegado a más, Olivia —pide de espaldas aún. Con sus manos sobre su cintura.

Al dejar de llamarme Liv, Apolo ha marcado la distancia del abismo.

Mi pecho estalla en un llanto que mi boca no sabe nombrar.

Persigo su espalda, mis dedos buscan su brazo en un ruego desesperado, pero me aparta como si mi contacto quemara.

Se vuelve hacia mí y su expresión de repugnancia me atraviesa; en un segundo, su desprecio aniquila cada pedazo de mi corazón que sus besos habían logrado sanar, que habían logrado recuperar de la muerte.

—Mientras me mirabas a la cara, mientras has estado a punto de besarme en todas esas ocasiones. Mientras intentabas darme celos, estabas follándote a mi hermano delante de mi puta cara. Riéndote de mí. ¡De la persona de la que dices estar enamorada, Olivia!

Me hundo de rodillas, rota por un dolor sin nombre. Soy el eco de un alma que se extingue en la soledad de este silencio, sintiendo cómo cada gesto de Apolo se convierte en una daga afilada que desmantela, uno a uno, los latidos que me quedaban.

—Tenía razón aquel día en tu habitación...

—empieza la frase dirigiéndose a la puerta de la sala—.

Da igual lo que hiciera, da igual lo que intentara.

En tu cabeza siempre ha estado Marco. Creí que esto podía cambiar.

Pero ya veo que no has perdido el tiempo mientras yo estaba rompiéndome por dentro.

Mi llanto me desgarra el alma mientras mis ojos perciben, borrosos, las manos de Apolo a punto de cerrar una puerta que no solo cierra la sala, sino lo que creía que iba a crearse en ella.

—Tienes el camino absolutamente libre, Olivia. Puedes correr con él. Espero, al menos, que no seas tan cruel y no destruyas su corazón también.

Acto seguido, desaparece por completo de mi vista.

El impulso de huir nace en mi pecho como una necesidad de supervivencia, pero mis movimientos son torpes, lastrados por la agonía.

El rugido de mis pulmones me avisa de que están cerrándose cada vez más.

Agarro el ventolín que guardo en la bolsa de baile y, lo más rápido que puedo, insuflo su contenido dos veces.

Sigo en el suelo, sobre el mismo frío que hace apenas unos instantes prometía ser el escenario del mayor triunfo de mi vida.

Me obligo a ponerme en pie y deambulo por los pasillos como si fuera un alma en pena, un tipo de zombi, recorriendo la casa como un espectro que busca algo que ya no existe.

Entro en cada estancia, pero el silencio es lo único que me responde.

Al llegar a su habitación, me detengo: la puerta, siempre blindada por su intimidad, está abierta de par en par, revelando una soledad que parece reinar sobre los muebles y el aire.

Es como si la vida me hubiera hecho una analogía de lo que es el corazón de Apolo.

Siempre hermético, como la puerta de su habitación.

Pero cuando por primera vez se abre, en su interior nada más se percibe vacío, al igual que el interior de su habitación.

No puedo soportar este vacío; el peso de estas paredes me asfixia tras su partida.

Con las manos temblorosas, busco el móvil para pedir un Uber que me saque de aquí.

Solo hay un nombre en mi mente. Necesito que Marco me encuentre entre estas ruinas; necesito que sea él quien me rescate de mí misma, de lo que acaba de pasar.

Que me haga sentir que todo estará bien.

El Uber apareció apenas unos segundos después de pedirlo.

Durante el trayecto, vi las luces de la ciudad pasar a toda velocidad en un viaje que se me antojó tan corto como la felicidad que acababa de perder.

Todo fue fugaz: el camino, la noche y esa promesa de ser suya que se deshizo entre mis dedos.

Mi cara, bañada de lágrimas, se ilumina por las luces y la música a todo trapo de una fiesta que para mí estaba siendo el funeral de mi alma.

El sonido me resultaba atronador. Mi ansiedad comenzaba a tornarse en un monstruo gigante que cargaba en mi espalda, pesando unas cuantas toneladas.

Mi objetivo es encontrar a Marco antes de que sea demasiado tarde y mi cuerpo no responda a mis movimientos, ni mis pulmones a mi respiración.

En el trayecto, las copas aparecen delante de mí como una vía de escape urgente.

Agarro una entre mis manos. La primera no me dura demasiado.

Mientras bebo, miro a los lados desesperada, pero no encuentro absolutamente ni rastro del hombre que reclama mi pena.

Sigo recorriendo el lugar. Cuando termino la primera copa, ya tengo en la mano la siguiente.

Empiezo a sentir los primeros síntomas de que está empezando a alterarme.

Hace años que no bebo nada de alcohol. A más rato que paso sin él, mi ansiedad sigue creciendo exponencialmente.

Necesito encontrarle. Media copa ha desaparecido de mi vaso mientras subo las escaleras hasta el segundo piso.

Todo empieza a darme vueltas. Mi desesperación es la que me lleva de la mano por las salas enormes, llenas de jóvenes disfrutando de la fiesta, disfrutando de la persona a la que aman y adoran.

Las personas con las que planean su futuro sin ambigüedades.

La rapidez con la que he bebido me está afectando de la peor manera.

Cuando llego arriba, entre empujones, creo atisbar al fondo al salvador de mi alma rota.

Marco aparece como un ángel en medio de mi camino.

Está hablando con Taylor. Está feliz, agarrando un refresco en su mano.

Decido ir hacia él, pero la cantidad de gente que se cruza en mi camino se me hace un impedimento exponencial a la sensación de embriaguez que recorre mis venas.

Intento llamarle, pero mi voz se pierde entre la música y las voces cantando.

Sigo atravesando el tumulto de personas, intentando no caer al suelo. La distancia se me hace enorme.

—¡Marco! —grito llamando su atención.

Esta vez mi voz sí llega a sus oídos. Frunce el ceño e intenta escudriñar la voz que le reclama por encima de todas las cabezas que nos separan. No logra verme aún. Voy atravesando cuerpos hasta que, al fin, consigo entrar a donde está él.

Mi imagen, bebida y con la cara como un mar de lágrimas, ha de ser un libro completamente abierto.

Automáticamente al verme, se desprende del refresco que portaba en su mano y, como a la velocidad de la luz, se dirige hacia mí.

El encuentro con él desató en mi pecho un nuevo grito, ahogado por la desesperación y las lágrimas.

—¿Pero qué cojones ha pasado, Liv? —pregunta alterado, sosteniendo mi cuerpo ya débil—. ¿Qué te han hecho, Liv? ¿Te ha tocado alguien?

Me envolvió con una fuerza que jamás había experimentado. En esa unión de nuestros cuerpos encontré todo lo que me faltaba. En su silencio no hay reproches, solo amparo. Tengo la seguridad de que será mi escudo y que me empujará hasta encontrar la salida.