35 #2
—Ya que estás aquí, quiero decirte algo, Liv —Rebeca abraza mis manos entre las suyas.
Se aclara los ojos con un par de pestañeos—.
Desde que pisaste esta casa, te convertiste en la hija que siempre he querido tener.
Nos brindaste tu generosidad, tu buena fe, tu bondad.
Fuiste permisiva con los chicos, a pesar de tu pasado; dejaste que siempre estuvieran contigo, hasta convertiros en tres personas inseparables.
No sabes cuánto, Rebeca.
—Lo que quiero decirte es que gracias. Gracias por hacer esta historia posible. Y por traerme a tu padre, claro —acaba la frase riendo, acariciando la cara del hombre que más feliz me hace con solo verle contento.
—Creo que el vino ya os está afectando demasiado —digo levantándome del sillón dedicándoles una sonrisa—. Mejor os vuelvo a dejar solos, tortolitos. Pero gracias por tus palabras, Rebeca. Tú también has sido la madre que siempre me hubiese gustado tener desde lo que pasó.
Al acabar de agradecer sus palabras, algo pasadas por vino tinto, salgo de la sala.
Miro hacia las escaleras y empiezo a subir.
Lo primero que hago es pasar por mi habitación a dejar mis cosas.
Tiro el bolso sobre mi cama, harta de toda la semana de universidad agotadora.
Incluso estoy deseando que llegue la fiesta.
He de decir que no es algo que sea de mi santa devoción, siempre suele haber mucha gente estúpida.
Pero saber que estará Marco cerca, Enzo, Marta; todos ellos siempre me dan seguridad.
Antes de ir a la habitación de Apolo para saber qué quiere decirme, dejo preparada la ropa de la fiesta.
No elegiré nada especial, tan solo vestiré un jersey marrón en la parte de arriba junto a unos vaqueros de pata ancha de color negro.
Un bolso de Prada, detalle de Apolo por mis diecinueve años, es el elegido para llevarlo después.
Aprovechando que estoy maquillada, me vestiré con el tiempo exacto para no ser la última en llegar.
Ahora sí, sin más que hacer aquí, me dirijo a la habitación de Apolo. Antes de llamar a la puerta, veo un post-it pegado cerca del manillar.
"Espérame en tu sala de baile"
Como este papel ordena, me dirijo entonces a la sala de baile.
Como parece que voy a tener que esperar, pienso en por qué no bailar mientras.
Total, siempre es bienvenido desahogarme.
Por la mañana ya pensé en hacerlo antes de ir a la fiesta.
Empiezo a calentar con algo de reguetón; nunca viene mal ni para levantar el ánimo ni para hacer apetito para la fiesta.
Ha pasado ya una hora y media. Empiezo a pensar que ya no vendrá.
Dentro de poco tendré que ir a la fiesta.
Si tarda más en venir, le escribiré para decirle que me encuentre allí y me diga lo que tenga que decirme.
Tras el último baile, me mantengo haciendo aspavientos mientras pienso en cuál será la siguiente.
A veces me gustan tantas que tengo un bloqueo enorme con ellas.
Mientras pienso, el móvil reproduce automáticamente la canción: Haz lo que quieras conmigo de Walls.
De repente, una corriente fuerte de electricidad, como si me hubieran dado una descarga enorme en todo mi cuerpo, recorre cada arteria y vena de mi cuerpo.
La voz de Apolo parece retumbar en toda la sala.
Siempre grave, dura, pero con la suavidad que siempre le ha representado.
—¿Sabes cuántas veces te he pillado así?
—pregunta adentrándose despacito, aunque cada paso suyo pese como si fuera el de un gigante.
Aunque estoy de espaldas a él, puedo notar cómo su cara esboza una sonrisa preciosa, perfecta.
Sin quererlo, sin control, cierro mis ojos mientras sonrío de oreja a oreja.
—Creo que más de las que reconoces, tipo duro.
Doy la vuelta. Su camisa está ligeramente desabrochada, dejando ver sus pechos tonificados por fuera de ella. Las mangas de su camisa están recogidas, haciendo notar las venas de sus brazos descendiendo hacia sus manos, guardadas en el bolsillo de sus pantalones de traje.
—Aprovechas cualquier momento para bailar, ¿no? —pregunta señalando al equipo de música. Pequeños pasos de todo su cuerpo se dirigen al mío como por inercia.
—Es la manera que tengo de gritar sin que me oigan...
—¿Sabes? —dice disminuyendo aún más la distancia entre nuestras almas—. Nunca me ha extrañado que bailaras tan bien. Tu corazón siempre ha bailado en contra de la coreografía de tu cerebro. Y eso es algo que siempre me ha gustado de ti, Liv.
Está tan cerca que mis piernas empiezan a reaccionar a su presencia. Él comienza a sonrojarse por el calor que le está entrando. Apuesto a que sus manos están sudando, por eso las quiere tener guardadas.
—Hoy estás siendo el rey de las metáforas, ¿eh? —contesto analizando su frase—. Podrías utilizar menos y ser algo más directo.
—¿Y si te dijera que estoy aquí para algo parecido? —tengo que empezar a elevar mi cabeza para llegar a sus ojos. Nuestra diferencia de estatura hace que me resulte difícil mirarlo de frente.
Dentro de mí siento que algo me quiere avisar de que va a pasar. Lo que tanto tiempo llevo pidiéndole. O no. No lo sé, no puedo pensar con claridad. No teniéndole a la distancia de la que están mis pies del suelo.
—Espero que merezca la pena haberme tenido hora y media esperando.
Sus manos se colocan en mi cintura. Ese primer contacto.
Sus dedos rozando la tela de mi ropa. El calor de sus manos calentando mi piel está ocasionando que mi pulso se eleve como si fuera a escapar de la órbita de la Tierra.
Mi frente comienza a sudar. Mis piernas comienzan a sentir como si un ejército de hormigas estuviera buscando casa en ellas.
Sus manos recorren en sentido ascendente la silueta de mi cuerpo, mientras que la mirada tan impresionantemente penetrante de Apolo inquiere en cada poro de mi piel, como si estuviera tatuándome el cuerpo con sus ojos.
Finalmente, se posan a ambos lados de mi cara, recogiendo mis mejillas entre ellas.
—Precisamente de eso quería hablarte. De esperar.
Siempre he sido el hermano prudente. El hijo bueno, recto; el hijo que tenía que mantener la imagen del apellido Montenegro en el sitio que le pertenece.
Mi madre me enseñó a ser paciente, a conseguir lo que yo quiera a fuego lento, viendo todas las variables y todas las soluciones viables —explica inicialmente, pero, de momento, no sé bien qué es lo que me quiere decir—.
Pero hay veces que esperar demasiado te hace caer derrotado.
Sus ojos descienden por un momento hacia mi boca, analizando cómo comienza a abrirse. No puedo seguir controlando las respiraciones fuertes que me provoca solo por rozarme.
—Llevamos peleando semanas. Meses. Y ahora, después de este tiempo, logro ver que lo único que he conseguido es asumir el riesgo de perderte.
Y no quiero hacerlo. Por más veces que te diga que no te quiero, después no puedo dejar de temblar por dentro cuando te das la vuelta.
Porque hay personas que no eliges amar, sino que llegan capaces de armarte y desarmarte en una sola mirada.
Y, aunque dicen que el amor no debería de doler, si amarte supone hacerme daño, estoy dispuesto a sufrir.
Porque no hay muerte más dolorosa que la de vivir sin ti, Liv.
Sin tus labios —uno de sus dedos recorre mi labio inferior—, sin esos ojos en los que se refleja la otra mitad de mi alma.
Y sé que amarte puede ser igual a destruirme, pero créeme que intento hacerlo sin que eso pase.
Mis ojos se empañan. Mi corazón por fin sale a flote, rescatado de la profundidad por la confesión que tanto esperaba.
—El problema no estaba en que no sintiera nada por ti, o en que no supiera decírtelo.
El problema era que no sabía dejar de hacerlo por más que lo intentaba.
Y si esto funciona y quieres ser mía, te confesaré que no te puedo prometer un final feliz, pero sí te puedo prometer que te protegeré toda mi vida, que siempre me tendrás a tu lado.
No soy el mejor... Posiblemente no sea tampoco lo que mereces, pero sí sé que te amaré eternamente, Liv.
No puedo contener el llanto ni el temblor de mi cuerpo al escucharlo decir que soy el amor de su vida. Es el hombre que he deseado con cada rincón de mi alma desde que habito estas paredes. Una fuerza de la que no puedo escapar, condenada a enamorarme de él una y otra vez.
—Una vez hablamos en esta sala sobre si fueras mi novia en nuestra boda —explica soltando una risa entre medias—. Pensándolo bien, creo que me casaría contigo y me marcharía al fin del mundo contigo.
Entre nosotros solo queda el silencio y el rastro de nuestras lágrimas.
Sus manos tiemblan sobre mi cara, reconociéndome en cada caricia, mientras el entorno se desvanece ante el roce de su mano en mi cintura.
Es un clímax de pasión recuperada; es volver a sentirme suya, deseada bajo su mirada después de una eternidad desde aquel chalé.
No hay impedimentos, solo un suspiro de separación que rompo al enredar mis dedos en su pelo y buscar su boca.
Sus palabras resuenan en cada beso cálido y voraz.
El peso de la incertidumbre se esfuma: mi alma es libre.
Mi cuerpo solo conoce un nombre: Apolo. Nuestras lágrimas se vuelven una sola y nuestras manos recuperan el tiempo perdido.
Por fin la unión es total. Dentro de mí, la ambigüedad de mis pensamientos se esfuma.
Todo apunta, por fin, en una sola dirección: Apolo.