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Olivia
Me encuentro al lado del coche de Marco.
Espero a que llegue para irnos a casa juntos.
Si quiero ir a la fiesta tengo que prepararme pronto.
Además, creo que hoy necesito bailar. Un baile antes de ir.
Bailar me aparta de la realidad por un momento y me ayuda a pensar.
Me ayuda a colocar ideas y a gestionar un poco todo lo que está pasando a mi alrededor.
Lo de Marco del baño, pensar después en Apolo.
Verle a él y que todo mi mundo se paralizase.
Ese gesto enorme y precioso que ha hecho con Enzo.
Apolo está cambiando. Ya ha dejado ese papel de hombre duro al que le daba igual todo si con ello tiene el control de todos los que se encuentran a su alrededor.
Ahora, hace por ayudar a la gente que me importa, aunque sean hombres.
Pero, de todo lo que ha pasado hoy, lo que más habita en mi cabeza es la frase que me dijo antes Apolo.
¿Me dijo sin decirlo directamente que está enamorado de mí?
La verdad, estoy ansiosa por saber qué me quiere decir.
Qué querrá hablar conmigo. Que quiera hacerlo solo en casa y no aquí, significa que es algo serio.
Mientras miro la hora de mi iPhone, me fijo en una foto que me aparece en la pantalla de inicio: es de Apolo y yo.
Fue hace unos meses, casi a principios de año.
Recuerdo que lo estábamos pasando genial.
Yo estaba bailando en la sala de baile de la mansión, la que Rebeca hizo construir por y para mí.
Él me observaba bailar, yo le invité a entrar y empezamos a bailar juntos, descontrolados, con la euforia que solemos tener.
Fue una de las mejores tardes que recuerdo con él.
APOLO Y OLIVIA (FLASHBACK)
Sigo girando, sin parar. Mirando a ese punto fijo en la pared para no marearme.
Es de lo más esencial que te enseñan cuando te apuntas a ballet.
De esta forma puedes girar y girar y no te vas a marear nunca.
Este último baile me ha salido genial. Creo que estoy preparada para hacerlo delante del público en la obra de la academia.
Cuando voy a apagar la música, escucho una voz grave, aunque suave.
Indiscutible es su procedencia. Mi hermano, Apolo, observándome como no es raro en él.
—Yo puliría algo más el giro —opina desde la puerta, apoyado en el marco, de brazos cruzados.
—¿Ahora eres profesor de baile o qué? —pregunto sonriendo al verle.
—No es que sepa mucho de baile... —aclara mientras se acerca a mí, poco a poco—. Pero sí sé qué movimiento es el que mejor haces y el que no. Y el último paso necesitas afinar.
—Si quieres, puedo enseñarte a hacerlo. A ver si tú eres mejor.
—¿Me ves pinta de bailar ballet? —pregunta riendo.
—Todo es aprender, hermanito.
Respondo mientras le obligo a quitarse la ropa de traje.
Bailar ballet en esas condiciones no es muy adecuado si quiere seguir conservándolo en buen estado.
Se desnuda completamente. Deja su camisa puesta, aunque desabrochada.
No sé por qué, pero algo me impide no mirar su calzoncillo.
Sé que no debería, pero es que cuando está así, se marca más de lo que debería ver.
Apolo nunca ha sido vergonzoso, y ese ha sido un problema para mí.
Sobre todo desde hace algún tiempo atrás, en el que no puedo evitar fijarme de más en algunas partes suyas.
Se pone en posición y empezamos a hacer el baile.
No duró ni un solo segundo de pie cuando, al primer paso de la coreografía, cae al suelo.
Le ayudo a levantarse mientras intento no dejarme el alma en el suelo riéndome a más no poder.
Él también se mea de risa, se ríe de sí mismo, pero sigue intentándolo.
A pesar de tener dos pies izquierdos para el baile.
Si me dieran un dólar por cada vez que me pisaba los pies, tendría más dinero que todos los Montenegro y mi padre juntos.
Aunque el baile no iba muy bien, lo mejor de todo son las risas que estamos echando.
Bailar con Apolo es realmente tronchante.
Es tan malo que hace que me duela el estómago de tanto reír.
En uno de los pasos más difíciles, tenemos que dar un giro fuerte.
Él se coloca detrás de mí, se pega a mi espalda.
Noto algo debajo de su cintura más duro de lo normal, pero no le pongo mucha atención, porque si la quitaba del paso nos íbamos a encontrar de bruces con el suelo.
Aun así, pasó. Apolo me pisó el pie y, mientras yo agarraba su cintura por detrás, caí al suelo, quedando justo encima de él.
Empezamos a reírnos como si no hubiera un mañana.
Apoyo mi cabeza sobre su pecho, notando de la mejor manera posible el olor precioso y relajante de su perfume.
Cuando alzo la cabeza, me mira con esa sonrisa tan perfecta para ser la de mi hermano.
Nos miramos sonriendo. La mirada se mantiene en el tiempo, como si estuviera conectada por un hilo muy fino que apenas se ve.
—Si fueras mi novio y nos fuéramos a casar, lo tendría muy complicado para el baile de bodas —bromeo aún encima de él. No sé por qué, pero se está muy bien aquí, mientras me agarra el cuerpo a la altura de la cintura.
—Si fueras mi novia no te permitiría bailar delante de todos los invitados —confiesa sonrojándome. Esa declaración me deja con los ojos abiertos de par en par.
—¿And qué problema habría? —pregunto sonriendo, evitando que mis ojos se dirijan a sus labios sonrientes.
—Que lo mío solo lo disfruto yo... Y si encima se mueve así de bien...
No sé qué será, pero dentro de mí, prefiero pensar que esas palabras son como si estuvieran dedicadas a mí. Si no fuera mi hermano, no me cabría ninguna duda de que sería muy afortunada si llegara a hacerme novia suya.
OLIVIA (ACTUALIDAD)
¿Quién me iba a decir a mí a principios de año que no iba a estar muy lejos de casi serlo?
Ahí está la prueba de que todo puede cambiar en menos de segundos.
También ha cambiado gran parte de toda la relación que teníamos en ese momento.
Ahora, todo lo que en el momento de esa foto se retenía en nuestro interior, está completamente desbordado.
Y lo que es peor, ya no se puede ocultar tan bien ante la gente.
Hace tan solo una hora, casi me beso con Apolo en medio del pasillo de la universidad.
Dios mío, no puedo ser así y después estar con Marco.
Precisamente, hablando de Marco, aparece por la puerta de la universidad.
Su chaqueta de cuero cuelga por su espalda, sostenida tan solo por el dedo índice de su brazo flexionado hacia el hombro.
Viene con una sonrisa en la cara enorme al verme.
¿Cómo puedo estar haciéndole tanto daño por la espalda a alguien que me quiere con su alma?
—Mi hermanito ha ido de salvavidas, ¿no? —pregunta al llegar a mi posición.
—¿Cómo lo sabes? —pregunto extrañada. No he vuelto a ver a Marco desde lo del baño y nadie le ha podido contar lo de Apolo.
—Sé demasiadas cosas, Liv —contesta guardando su mochila en el maletero—. El dinero que tiene Apolo, los calzoncillos que lleva hoy, cuánto perfume le queda guardado debajo de la cama en una caja de zapatos para que no vaya a robárselo. En fin, es mi hermano. Siempre sé lo que hace.
—Ha sido un gesto precioso —comparto mi orgullo con Marco.
—El chico lo necesita... Lo que le ha pasado le puede pasar a cualquiera.
Nos subimos al coche. Nos ponemos el cinturón y, apoyando una mano sobre mi pierna, empieza a hacer rugir el motor de su Audi para llevarnos a casa.
—Por cierto, después hay una fiesta con los de la uni... —dejo caer para ver cuál es su reacción.
—Sí, lo sé... —afirma mirándome de reojo.
—Voy a asistir. Creo que necesito evadirme un poco del ambiente de casa.
—¿Estás segura? Habrá muchísimos chicos que no conoces —avisa mirando de la carretera a mí, y viceversa.
—Lo sé, Marco. Pero si soy así todo el rato, jamás voy a encajar entre la gente joven.
—Lo tuyo no se trata de no encajar, Liv. Sino de cuándo estés preparada. Además, no tienes que encajar en nada, solo ser tú misma.
—Tú siempre tan encantador, ¿eh, hermanito? —contesto acariciándole la mano que tiene apoyada en mi pierna.
—Soy honesto con la realidad, Liv. Pero sí, ve.
Iré contigo. Estaré en la fiesta y te haré compañía cuando quieras.
Por lo que pueda pasar. Después te llevaré a casa, no te preocupes.
Además —añade acortando la distancia entre nosotros—, si hay alguna habitación libre podremos estar un ratito solos.
Con una sonrisa, seguimos el camino a casa de la misma manera de siempre.
A medida que estamos más cerca, la "cita" para hablar con Apolo me persigue en mi cabeza.
De hecho, creo sentir hasta un poco de nervios.
Al llegar, Marco me deja en la entrada de la mansión para, acto seguido, ir a guardar su coche en el garaje.
Me advirtió que él irá directo a la fiesta porque tiene que hacer no sé qué cosa antes.
Al entrar a la mansión, veo a Rebeca y a mi padre en la sala de estar, riendo a carcajada limpia.
Tanto buen humor tan pronto me parece curioso, así que decido ir a ver de qué hablan.
Antes de entrar, veo cómo están sentados en el sillón.
Mi padre la rodea con el brazo, abrazándola.
Con una copa de vino sobre la mesita, recuerdan fotos de los hermanos y mías.
—Yo también quiero reírme —digo en alto, haciendo notar que estoy aquí.
—¡Olivia, cariño! Ven aquí, hija —mi padre me indica con un gesto que me una a ellos.
—¡Ay, Olivia, hija! Tu padre es demasiado para mí —me confiesa Rebeca, secándose las lágrimas de risa de su rostro.
—Más bien al revés... Ya sabes cómo le huelen los pies —contesto riéndome en la cara de mi padre, dedicándole un gesto de asco.