ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 34 #3
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—¿Crees que puedo entrar en el proceso? —Enzo se dirige a Apolo, que aún sigue mirándome a mí sin quitarme ojo.

Se desplaza ligeramente a mi izquierda para llegar a Enzo. Una mano de Apolo se posa sobre el hombro de Enzo. Su acción me sorprende demasiado. Que Apolo sea tan cercano con Enzo ahora es como si dos personas que se aborrecen se besaran.

—Escúchame —pide a Enzo que, hasta que no le mira a los ojos, no sigue hablando—. Vas a pagar lo que te queda de mensualidad, y vas a pagar el curso entero, ¿lo entiendes?

—Pero ¿cómo voy a pagarlo? Están en quiebra.

—Porque los gastos corren de mi cuenta.

Marta, Enzo e incluso yo nos quedamos con la boca completamente abierta y con una alegría indescriptible en los ojos.

—No... No. No puedo aceptar eso.

—No solo vas a aceptar eso —pronuncia Apolo.

Saca un talonario de su maletín. Arranca una de las hojas y comienza a rellenar datos sobre el mismo maletín.

Todos estamos observando lo que hace, sin palabras posibles para poder hablar nada.

Enzo se encuentra en una nube en la que no sabe si llorar o reír.

Pero me da a mí que van a ser risas—. Esto es un talón, quiero que en cuanto salgas de la universidad vayas a un banco y lo cobres.

No es para tu familia, es para ti. Este dinero va a ser tuyo.

Manéjalo tú para ayudarles, pero no se lo des a nadie.

Cuando Enzo mira la cantidad que Apolo ha puesto en el talón, se abalanza a Apolo como si le quisiera comer a besos.

—¡Estás loquísimo, tío! —exclama Enzo, con la mayor de las alegrías que no cabía ya en su cuerpo.

—Tranquilo. No ibas a entrar en un proceso que lo único que iba a hacer era perder tiempo.

—Gracias, de verdad, Apolo. Gracias.

Cuando Marta y Enzo empiezan a retirarse alegres a llamar a la familia de Enzo, yo me quedo con él.

—Eres una buena organización contra los más débiles, eh —digo bromeando, alzando mi cabeza para alcanzar sus ojos.

—Si es alguien importante para ti, también lo es para mí.

Un gesto de extrañeza es adoptado por mi cara. Apolo está súper raro. No me creo que hable así de Enzo. De alguien que está cerca de mí.

—¿Estás bien? —pregunto poniéndole la mano sobre la frente. Al contactar con su piel, aunque fuera por una fracción ínfima de segundo, recordé de nuevo que fue él el que estaba en mi cabeza en aquel baño.

—¿Por qué no iba a estarlo? —pregunta riendo, provocando que acompañe su risa con la mía.

—Es muy extraño que hayas cambiado así de repente.

—Dicen que se hacen muchas cosas estúpidas cuando estás enamorado.

Esa última frase ha calado hondo, muy hondo dentro de mí. ¿Está hablando de estar enamorado... de mí?

—¿Estás queriendo decir algo, Apolo? —pregunto mientras, por inercia, nuestros cuerpos se van juntando.

—Ahora que lo dices... sí quiero decir algo —me informa mientras coloca una mano en mi cintura—. Pero tiene que ser cuando estemos en casa.

—¿Me vas a dejar con la intriga todo este tiempo? —pregunta mientras nos miramos fijamente a los ojos. Aprieta sus dedos un poco más contra mi cintura.

—Lo bueno se hace esperar, pequeña.

Esa palabra... ese mote. Te juro que me convierte en un trapo mojado a su lado.

Uno con el que podría hacer lo que le diera la gana.

Nuestros cuerpos se encuentran más juntos de lo que ya sería normal.

A diferencia de antes, ahora, a escasas gotas de aire de diferencia entre mi boca y la de Apolo, la imagen de Marco no se me viene a la cabeza.

Siento un hormiguero enorme por todo mi estómago, como si tuviera un concierto de rock por mis venas.

Una de sus manos me acaricia la cara. Mis pulsaciones ascienden enormemente.

Mi corazón se estremece con el aumento de presión sanguínea de todo mi cuerpo.

La sensación de que está todo bien hace posesión de todo mi cuerpo.

Me siento bien, aliviada. Con él, así, mirándonos sin más; sin discusiones, sin reproches; sin nada malo que decirnos.

Solo con mirarnos nuestras cabezas se están volviendo locas.

Sin quererlo, se le dibuja una sonrisa preciosa en sus labios carnosos.

Yo, embobada como quien está en el altar de su boda junto a su futuro esposo, memorizo ese gesto para no perderlo de vista jamás.

Íbamos a juntar, casi sin dejar espacio, nuestros cuerpos.

Creo que si no fuera porque Enzo y Marta volvieron esto podría haber acabado de la manera en la que estaban gritando nuestros cuerpos.

Mientras Marta y Enzo nos comparten su alegría por haber informado que no se quedarán sin fondos, Apolo y yo nos seguimos mirando.

Como si estuviéramos hablando con la mirada.

Como si, sin decir ni una sola palabra, estuviera diciéndome que jamás le sacaré de la cabeza.

¿La razón?... Creo que porque, aunque yo quiera alejarlo con todas mis fuerzas, la vida, cuando me junta con él, aunque sea por esta fracción de tiempo del día, me quiere mandar un mensaje clarísimo: Apolo Montenegro está condenado a ser eternamente mío.