ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 34 #2
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Después de decir eso, siento como un halo de aliento desciende por mi oído, haciendo que se me erice toda la piel de mi cuerpo.

Un espasmo automático hace temblar mi cuello de repente.

Marco ríe de lado, sabiendo que ha obtenido el efecto que buscaba.

Suponía que hacer esto con Marco no iba a ser fácil... ni seco.

—Me parece genial, pero hay que hacer el trabajo. A ver, qué fantasías utilizas tú para evadir la realidad —pregunto, sabiendo que acabo de cometer un error muy grave para el bienestar de mis piernas.

—¿De verdad quieres saberlo? —pregunta acercándose a mí.

Pero muy cerca. Le tengo en el lateral de mi cara, pegado a mi oído.

Una vez allí, comienza a hacerme ver el cielo del placer abierto—.

¿Por dónde empiezo? Tenerte encima de una cama, completamente desnuda, con todo lo que me gusta ver al descubierto.

Toda la ropa que sobra, arrancada de tu cuerpo por mis manos.

Te ataría de pies y manos para que no puedas interferir en lo que me dé la gana hacerte.

Me pondría encima de ti, empezaría a tocarte lo más rápido que jamás hayas experimentado en tu corta vida.

Haría que cada parte de tu cuerpo temblara con cada movimiento de mis dedos.

Seguiría por besarte todo tu cuerpo, mientras tapo tu boca para que no puedas soltar ni un solo suspiro.

No acabaría de moverme hasta que no sienta como mis dedos se arrugan por la cantidad de corrida que has echado.

Vuelve a su posición natural, dejándome con toda mi parte inferior de la cintura temblando, reclamando su nombre y los ojos cerrados, intentando sentir sus palabras como si fueran reales.

—¿He sido suficientemente claro?

No puedo controlar mi impulso. Agarro a Marco del brazo y lo levanto del banco.

Lo llevo corriendo al baño más cercano. Cierro la puerta de golpe a nuestras espaldas.

Marco me coge por debajo de las piernas y me levanta, colocándome contra su pecho mientras comienzo a besarle como si la vida me dependiera de ello.

Noto cómo echa el pestillo de la puerta del baño para, acto seguido, empujarme contra uno de los lavabos.

La falda que llevaba está siendo casi arrancada de mi cintura por él.

La sube hasta arriba, mientras con la otra mano se desabrocha el pantalón.

Yo le arranco la camisa con la brutalidad de una auténtica fiera.

Cuando al fin lo consigue, me agarra fuerte del cuello y me empuja contra su polla.

Está dura a más no poder, como si fuera a reventar.

Sin pensarlo ni un solo segundo le suplico una sola cosa: hazlo.

Cada golpe suyo es un orgasmo más en mi cuerpo.

No puedo parar de sentirlo. No puedo parar de sentirme suya.

Por primera vez estoy haciendo esto con Marco.

Y joder, no puedo aguantar mi cuerpo. Estoy a punto de llegar al clímax cuando algo pasa en mi cabeza.

Como si fuera un flashback, automáticamente se me viene la cara de Apolo a la cabeza, aquel día en su chalé, donde estaba haciendo que viera las estrellas con cada movimiento de sus manos.

Algo rarísimo pasó: no lo sentí mal. Imaginarme que es él ha provocado que mi placer fuera mil veces mayor.

Joder, no puedo creerlo, pero voy a hacerlo con él en la cabeza.

—¿En el baño de una puta universidad? —pregunta Marco, tras acabar, riendo conmigo.

—En la teoría me ponía que para lo prohibido el placer asciende desorbitadamente —intento parecer que pienso normal, mientras Apolo sigue en mi cabeza.

—No sabes cómo deseo, entonces, que siempre seas prohibida para mí.

Aunque creo que eso ya no va a pasar más.

Hacerte mía es lo mejor que me ha pasado, Liv.

Haces que me sienta jodidamente afortunado.

Tenerte conmigo, enamorarnos los dos. Aunque todo sea una puta locura...

Joder, me encantaría gritar que eres el amor de mi vida.

—Lo sé. Pero no estamos en condiciones de hacerlo —contesto con gesto serio.

Aunque me ha gustado y no me arrepiento de lo que hemos hecho, me come el alma por dentro que, al final de todo, quien estaba en mi cabeza volvía a ser Apolo. Marco no se merece esto, pero supongo que es hasta que mi adicción por él desaparezca totalmente de mi cuerpo.

—Eh —dice Marco, rodeando mi cara con sus manos—. ¿Va todo bien?

—Sí... Sí, tranquilo. No es nada, solo que ahora temo que nos pille alguien.

—Sigues con Apolo en la cabeza, ¿verdad? —Es imposible ocultarle algo a Marco. Imposible tapar algo que él es experto en destapar y sanar. Aunque con esta herida le está costando más de lo que ambos pensamos.

No puedo hacer nada. Ni siquiera contestarle. Me da vergüenza. Me avergüenza decirle que me he imaginado su cara cuando me estaba corriendo. Dios mío, soy una auténtica puta.

—Tranquila, ¿vale? Entiendo que no es fácil deshacerse de un Montenegro.

Joder, es tan sumamente como un pañuelo.

Me estoy sintiendo fatal por hacerle esto.

A pesar de que sabe que pienso en él, sigue conmigo para sacármelo de mis pensamientos.

Por mucho que tenga que esperar. Pero así es Marco Montenegro.

Persiste y resiste... si de verdad te ama.

Me dice que tiene que volver a clases antes de que le echen de menos y le pongan falta.

Yo hago lo mismo. Nos despedimos con un beso que me sabe a tranquilidad.

A pesar del cacao que tengo en la cabeza, él no se aleja de mí.

Lo abraza, lo entiende y lo respeta. Está luchando por mí, por nosotros.

El resto del día transcurre con normalidad.

Aunque no está siendo un mal día, me siento mal.

Es como que, después de la noche de ayer, también necesito ver a Apolo.

No me he cruzado con él en todo el día y me resulta muy raro.

Cuando estoy llegando a clase, una imagen demasiado dura se me atraviesa por el camino.

Veo a Enzo llorando desesperadamente junto a Marta, que también está llorando.

Sin pensarlo ni un segundo, corro hacia ellos para ver qué es lo que está pasando.

—¡Chicos! —exclamo para avisarles de mi llegada—. ¿Qué pasa?

—Dile, porfa... —pide Enzo a Marta—. Yo no puedo.

—Es sobre su familia. Han caído en bancarrota y no tienen dinero —me informa de su situación mientras le caen lágrimas a millares de sus ojos—. Y lo peor de todo es que no va a poder pagar ni la mensualidad ni la matrícula.

—¿Todavía no pagaste la matrícula? —le pregunto preocupada.

—Aún me quedan 35.000 dólares por abonar —indica llorando desconsolado—. Y lo peor es que ahora mis padres no tienen ni para comer, Liv.

—¿No os puede ayudar nadie? —vuelvo a preguntar mientras le abrazo.

—Mis padres no tienen a nadie más... Solo se tienen a ellos.

La situación de Enzo me apena tanto como si fuera mía. Puedo sentir su dolor, su tristeza. Puedo sentir cada una de sus lágrimas como si fueran las mías. Tengo que ayudarle de alguna forma. Tras unos pocos segundos pensando, caigo en algo de lo que, sin lugar a dudas, sé que podrá disponer.

—Ya lo tengo —digo con una sonrisa empezando a dibujarse en mi cara.

—¿Qué tienes? —pregunta Marta perpleja.

—Las becas Montenegro... —aclaro recordando que Apolo tiene esto abierto para toda la universidad.

—¿De verdad crees que Apolo me dará una de sus becas? —pregunta Enzo con cabreo en su expresión—. Al puto mierda de recogepelotas de su equipo, ¿de verdad crees que me dará algo a mí?

—Venid conmigo, vamos a hablar con él.

Al principio Enzo no quería venir. Y no iba a venir.

Pero Marta le obligó agarrándole de la mano.

Aunque va como un alma en pena, sé que lo hace por el bien de su familia.

Subo hacia el campus de Apolo; allí encuentro el pasillo que va hacia su clase.

Por el camino, antes de llegar, miro hacia mi derecha, a una sala en la que hay máquinas de café y comida.

Allí estaba él. La imagen que mi cabeza no sabe quitarse de encima.

La persona con la que vivo obsesionada; que por más que quiera calmar su dolor con más dolor, no desaparece.

Nuestros ojos se chocan. Su mirada y la mía conectan, aunque no por mucho tiempo. Al ver a Enzo y Marta en estas condiciones, acelera su ritmo y viene a toda prisa hacia nosotros.

—¿Qué os pasa, chicos? —pregunta Apolo, acercándose a Marta.

—Se trata de la familia de Enzo —empiezo a aclarar su situación—.

Han entrado en bancarrota y la familia no tiene dinero.

Y él... le queda por abonar la mitad de la matrícula y no va a tener para pagar las mensualidades.

Por eso hemos pensado que quizás pueda entrar en tu programa de becas, si cumpliera los requisitos.

Mientras le explicaba la situación, parecía como si realmente no me estuviera prestando atención.

Su mirada es de devoción. Está poseyendo mi cuerpo y mente con sus ojos rasgados.

Vuelvo a sentirlas. Con su mirada fija en la mía, vuelvo a sentir ese cosquilleo en el estómago.

No puedo hacer como que no pasa nada. La realidad es que cada día que pasa mi cuerpo necesita más a Apolo.

Pero debo olvidarlo, centrarme en mí y en Marco.