34
Olivia
La mañana comienza como cualquier otra. Día nuevo en mi vida de dudas y culpabilidad constante.
Hoy me cuesta levantarme de la cama. La semana está siendo muy larga, necesito que acabe ya.
Necesito relajarme, alejarme un poco de todo y de todos.
Lo primero que hago nada más despertar es mirar el móvil.
Sin embargo, sigo sin tener contestación de ninguno de los dos.
Estoy muy harta de que desaparezcan siempre sin dar señales de vida ni explicaciones.
—¿Vas un poco intensita, no crees? —pregunta nada más verme.
—¿Por qué coño no contestas los mensajes? Creí que te había pasado algo —contesto dándole un puñetazo en el pecho.
—Tranquila, fiera. Todavía te queda mucho hasta verme en el otro barrio —dice agarrándome de la cintura, metiéndome en su habitación, cerrando la puerta detrás.
—¿Qué haces? —pregunto, como las fuertes respiraciones de mi boca me dejan hacer, al empujarme contra la puerta.
—Ayer me di cuenta de una cosa —empieza diciendo mientras se acerca poco a poco a mi boca.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es eso de lo que te diste cuenta? —pregunto con sus labios rozando los míos.
—De que te quiero más de lo que yo quisiera.
Besa mis labios como si sintiera que es la última vez que lo va a hacer.
Su beso suena a felicidad en mi interior, alegría y alivio de saber que sigue aquí, entero, después de estar tan preocupada.
Mi pulso empieza a acelerarse cada vez más, según va besándome con la pasión que solo él sabe ponerle a sus besos.
—Madre mía, ¿pero qué te pasa? —pregunto cuando tomamos un respiro para coger aire.
—Nada —dice mirándome a los ojos, sonriendo como un niño en Navidad—. Solo me alegro de saber que estás bien y aquí conmigo.
—¿Y dónde iba a estar? —pregunto abriendo los ojos—. Es mi casa.
—Ya... Da igual, déjalo. Es una tontería. Solo quiero decirte que me encantas y me alegro de que podamos tener esto juntos.
—¿Y qué es lo que supuestamente tenemos? —pregunto rodeándole la cara con mis manos, mientras sonrío.
—Poder decirte abiertamente que estoy locamente enamorado de ti, importándome una buena mierda el resto.
Sus palabras cavan más hondo cada vez dentro de mi corazón. Mi alma, poco a poco, va adquiriendo algo de color. Color que anhelaba a otro tipo de hermano, pero que ya voy asumiendo que no va a ser posible. Sin embargo, sé que con Marco esto será completamente diferente.
—Yo también, Marco. Pero, por favor, que nadie más sepa nada de esto aún —le ruego agarrándole fuerte las manos.
—Tranquila, enana. Soy la tumba más silenciosa de esta mierda de cementerio.
—Tengo que prepararme para irnos, es muy tarde —digo mientras me encamino hacia la puerta.
—Vale, pero ponte bragas.
—¿Cómo sabes que no llevo bragas? —pregunto sonriendo ante la sorpresa.
—Porque si las llevaras no me estarías mirando así esperando a que conteste. Y porque tu cintura estaba demasiado vacía.
Nos miramos sonriendo, mi piel se enrojece sin quererlo.
Salgo de su habitación y paso por la puerta de Apolo.
Llamo una vez, pero nadie me responde desde el otro lado.
Abro su puerta y, como es normal en él, todo está en un orden perfecto.
Apolo ya había salido de camino a la universidad.
Como es costumbre ya, él siempre se va antes que todos.
Ya en mi habitación, repito la rutina de todos los días.
Ducha, maquillaje para eliminar la cara de muerta que llevo, y después, en el coche de la persona que me hace sentir más viva que nunca, iré a la universidad para acabar el último día de la semana.
Por fin será fin de semana. Dos días libres de universidad, de socializar con la gente.
Dos días para relajarme, estar tranquila.
Dos días de calma después de una semana tremendamente movidita.
Cuando estoy preparada, me dirijo a la cocina para, como todos los días, coger mi desayuno.
Una pregunta fugaz pasa por mi cabeza. ¿Estará Apolo sentado en la silla, con su café en la mano?
¿Se habrá ido ya? Estoy a punto de descubrirlo.
Antes de entrar a la cocina, tomo aire con los ojos cerrados para, si está aquí, aguantar el primer disparo rotundamente matador hacia mí.
Sin embargo, mi pensamiento se va igual que vino.
Apolo tampoco estaba en la cocina. Lo que me hace asegurarme de que ya no está en casa.
Meto mi desayuno en mi bolso y me dirijo hacia el coche de Marco.
Salgo de la mansión con la mirada de Marco clavada automáticamente en mí.
Sus ojos persiguen cada paso de mis pies hacia su coche.
Según me voy acercando más, sus labios dibujan una sonrisa que entiendo de devoción absoluta.
No me cabe duda de que es lo que siente.
Entro al coche y mantenemos la mirada. Su sonrisa provoca que yo también sonría, aunque no sé muy bien por qué aún.
—¿Qué pasa? —termino preguntando, riendo.
—¿Nunca te han dicho lo preciosa que eres? —pregunta sonriendo.
—No seas tonto, anda. Vamos que al final llegaremos tarde.
Nos ponemos camino de la universidad con las mismas vibras de siempre.
La velocidad incalculable de Marco, junto con la música a toda hostia.
Esta vez, la elegida es Todo cambia de Dani Fernández.
Los dos cantando, bailando en el asiento del coche, echando al aire la locura que a ambos nos caracteriza.
La que ambos compartimos. Llegamos a la uni y aparcamos justo al lado del Mercedes de Apolo.
Como suele pasar, me deja con Marta que me espera justo en la puerta de entrada, junto a Enzo.
Me despido de Marco con un beso en la mejilla.
Recibo un guiño por su parte; después, desaparece en el interior del edificio.
—¡Bueno, bueno! —exclama Marta, riendo junto a Enzo—. Besitos y todo, eh.
—Callaos, estúpidos —contesto sonriendo—. No pasa nada del otro mundo.
—Claro que no —contradice Enzo—, y nosotros somos gais.
—No metáis el hocico más de lo necesario, o se enterará media universidad de que estáis juntos.
Amenazo a los dos finalmente, obteniendo seriedad, al fin.
—Tranquila, hija —dice Marta chistando—. Solo es humor. Por cierto, hoy por la noche hay una fiesta en el campus de principio de curso. Vamos a ir todos, ¿os apuntáis?
La palabra «fiesta» y yo nunca han ido acompañadas.
Siempre ha habido algún tercero en ellas.
Marco, Apolo... uno de los dos siempre ha estado a mi lado en todas las fiestas.
Nunca me han dejado ir sola o, al menos, no quedarme a solas en ellas.
Apolo acostumbra a acompañarme, pero quedarse en el coche hasta que la fiesta acabara.
Tipo comodín por si algo sale mal. En cambio, Marco es el típico que te acompaña, se roba el protagonismo de toda la fiesta, la lía parda y, ya después, te lleva a casa.
La cosa es que yo nunca he podido decir que sí de primeras.
Pero ahora es diferente; creo que tengo una edad y, además, vista la mierda que tengo encima con ambos hermanos, considero que una buena fiesta, bailar lo que me dé la gana y beber es justo la distracción que necesito para que mi cabeza se amueble un poco más.
—Después se lo digo a los chicos, pero por mí, sí —digo accediendo a ir a la fiesta.
—Pues esta noche nos veremos allí. Tiene pinta de ser un pedazo de fiesta, así que ven cañón... —contesta Marta, guardándose el final de la frase para decírmelo cuando no pueda alcanzarla para darle una torta—: Si te deja tu hermanito, claro.
Una vez más, ambos ríen, pero esta vez comienzan a correr hacia el interior de la universidad para que no pueda alcanzarlos. Voy detrás de ellos para comenzar la primera clase del día. Que Dios me ampare, porque no tengo ganas para nada más hoy.
Ha pasado ya media mañana. Me encuentro en un espacio sin clases hasta que comience la siguiente.
Voy apuntando en mi agenda un nuevo trabajo de clase.
Psicología en la sexualidad. Anda que, menudo tema.
Mientras apunto lo que debo tener preparado en la agenda, algo en mi camino frena mis pasos.
Choco de frente, sin darme cuenta, con alguien que hace que todo se me caiga al suelo.
—Ya van dos veces hoy... —la voz de Marco vuelve a aparecer. Con más de dos botones desabrochados del cuello de su camisa, me estampé contra él. Sin duda alguna, era él.
—Podrías avisarme antes de dejarme en ridículo —respondo agachándome a coger las cosas.
—¿Psicología... Sexual? —lee despacio lo que escribí en la agenda antes de chocar contra él, abriendo los ojos curiosamente.
—Ah, sí. Es un trabajo de clase.
—¿Un trabajo de clase? —dice apartándose a un espacio con bancos y mesas. Sigo sus pasos para intentar coger mi agenda—. Sobre sexo.
—¿Puedes darme la agenda, por favor? —pregunta sonriendo tímidamente.
—Pero, a ver, a ver. ¿De qué va esto concretamente? —pregunta cuando me pego a él, intentando que mi brazo alcance su altura, de manera muy fracasada.
—Vamos, Marco. ¿Quieres ayudarme a hacerlo y lo ves? —pregunto retóricamente.
—Pues mira, sí... Me parece muy interesante. Ven, siéntate aquí.
Me lleva a una mesa apartada del resto de estudiantes.
Me siento justo a su lado, cara a cara. La cercanía a él hace que mi piel se erice lentamente.
Sus mangas remangadas dejan ver algunos de sus tatuajes.
Verle vestido así, con sus tatuajes casi visibles, en modo «me la suda todo», me encanta.
Cuando salgo del trance, explico de qué va el trabajo.
—A ver, la cosa va de explicar cómo las fantasías pueden hacerte evadir de los traumas o realidades aburridas —explico mientras él pone apariencia de estar muy concentrado.
—En eso soy todo un experto —confiesa acercándose un poco más para llegar a mi oído—. De hecho, en todas mis fantasías apareces tú de protagonista.