ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 33 #2
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Desde entonces, la protección hacia Marco se elevó desmesuradamente.

Él me protegió mucho cuando mi padre abusaba de nosotros, nos violentaba y pegaba a mi madre.

Qué menos que, cuando yo podía, le devolvía todo lo que hacía por mí.

A día de hoy, nos encontramos en el jardín de una casa clandestina esperando a que el FBI nos ayude. Los abusones no se acaban, evolucionan.

Las horas pasan y nosotros acompañamos el paso del tiempo con cigarros y anécdotas.

Anécdotas en las cuales Marco siempre tenía que acabar por encima.

Entre nuestras conversaciones, mi teléfono sonó desde el salón de la casa.

Marco y yo nos miramos con el gesto cambiado; ahora, totalmente serio de nuevo.

Nuestros corazones pegaron un vuelco de 180°.

Voy corriendo a por el móvil. Cuando lo descuelgo, el agente Miller se encuentra al otro lado.

—¿Señor Montenegro? —pregunta nada más descolgar la llamada.

—Sí, soy yo.

—Le llamo para informarle que se ha localizado a uno de los integrantes de la familia en el sitio que nos ha facilitado.

—Marco y yo nos miramos aliviados, casi empezando a sonreír, pensando que esto está casi finiquitado—.

Estamos esperando a que la agencia nos dé luz verde para entrar y detener al integrante.

—¿Saben de quién se trata? —pregunto para saber quién es el hijo de puta que está investigando a mi madre.

—Quiénes, señor. Se trata de Jake y William Langford.

Padre e hijo habitan ese local que nos ha facilitado.

Lo hacen con apariencia de personas normales, de baja economía, casi vagabundos.

Estos hombres utilizan métodos callejeros para obtener información y acercarse a la gente a la que quieren realizar el fraude.

Cuando tengamos la orden y hayamos actuado, recibirá mi aviso.

Hasta entonces, vayan a descansar. Tenemos todo controlado.

Cuelgo la llamada. Los ojos de Marco se vuelven brillantes.

Nos miramos y, como si se tratara de niños, empezamos a saltar juntos, uno frente al otro.

Gritamos de rabia, gritamos de alegría, gritamos con el entusiasmo de que, en cuestión de horas, hemos conseguido que encuentren a una familia de delincuentes.

Marco está como loco, gritando «¡Montenegros! » por toda la sala.

—Debemos mantener la calma, Marco. Aunque la noticia es buena, todavía no lo han hecho. Y sabes que son muy rápidos huyendo.

—Tienes razón, pero la diferencia es que, ahora, no esperan que vayan a por ellos.

—Deberíamos volver ya a casa para evitar que se preocupen más por nosotros. Seguramente por la mañana estaremos viendo en las noticias algo de esto —apunto, con mi hermano aun saltando de alegría.

—Sí, creo que es lo mejor. Sobre todo por Liv; está desesperada mandando mensajes.

Ambos cogemos nuestras cosas y vamos saliendo del chalé. Llegamos a nuestros coches.

—Oye, Apolo —Marco llama mi atención una última vez.

—Dime.

—A pesar de todo... —dice dando una vuelta alrededor de nosotros con los ojos. Como si le costara un mundo lo que va a decir—. Siempre haces que me sienta seguro... así que... en fin, gracias. Recuérdalo bien porque hasta que no nos vuelvan a enfilar con un rifle no voy a volver a decírtelo.

Acto seguido, sube a su Audi y me alumbra con las luces para que arranque el coche. Una sonrisa se dibuja en mi cara como si acabara de ganar la batalla más importante de mi vida. Quizás lo haya hecho. O mejor dicho, quizás lo HAYAMOS hecho. Juntos.

Empezamos el viaje a casa solo como nosotros sabemos hacerlo.

Rueda a rueda. Puerta con puerta. Marco y yo mirándonos por nuestras ventanillas.

Sin perder la armonía que habíamos generado entre nosotros en este día.

Sin duda, el peor día de mi vida hasta ahora.

Solo espero que los agentes del FBI hagan bien el trabajo y todo sea mejor.

Son las tres de la mañana. La ventana de la habitación de Liv ya está apagada.

Seguramente se habrá dormido con la preocupación horrible de no saber dónde estamos.

Marco subió a la mansión antes que yo. Ni siquiera guardó el coche en el garaje.

Me quedo mirando a esa ventana. La ventana donde se encuentra la persona más especial de mi vida.

La que hace que mi sangre pase de hielo a calor ardiente en minutos.

Todo lo que ha pasado durante el día de hoy me ha hecho cambiar mi perspectiva de una manera abismal.

Algo dentro de mí cambia por completo. Lo tengo decidido.

Voy a decirle a Olivia la verdad. Voy a confesarle que todo este tiempo he estado enamorándome perdidamente de ella, que no puedo estar sin ella, que no soporto el hecho de que esté en peligro y no esté bajo la protección de mis brazos.

En cuanto la vea, voy a decirle toda la verdad.

Solo así conseguiré que, al fin, sus dudas desaparezcan.

Ella misma lo dijo: «Si me dijeras lo que sientes todo sería diferente».

Pues es la hora, pequeña. La hora de que sepas que quiero hacerte mía. Eternamente mía