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Apolo
Marco el número directo de la oficina del FBI en San Diego, división de crímenes de cuello blanco. Tras pasar por dos filtros de operadoras, consigo hablar con el agente especial a cargo.
—Agente Miller, sección de enlace judicial. ¿En qué puedo ayudarle?
—Soy Apolo Montenegro. Quiero hablar sobre el expediente de la familia Langford. El caso de fraude mayor y evasión de capitales de hace siete años.
—¿Montenegro? ¿Hijo de Rebeca Montenegro? —Creo que, una vez más, nuestro apellido nos va a abrir una puerta enorme.
—Sí, soy hijo de Rebeca Montenegro.
—Señor Montenegro, ese caso sigue abierto, pero está clasificado como «frío». Los sujetos están en paradero desconocido desde que violaron su libertad bajo fianza. ¿Tiene alguna relación con ellos?
—La relación es que tienen fotos de cada una de las empresas que tiene mi madre en este estado; que tienen intenciones de hacer con nosotros lo que acostumbran hacer con las familias que ya han destruido.
Pero no le llamo para darle teorías. Le llamo para darle su ubicación exacta, sus alias actuales y el rastro de su contabilidad B.
En este momento, le estoy enviando un mensaje encriptado a la dirección IP de esta llamada.
—Un momento, lo que está haciendo es sumamente improcedente, está hablando con el FBI.
—Tengo a una familia que llevan buscando durante más de siete años servida en bandeja de plata para ustedes. ¿Me van a ayudar o a ponerme pegas?
Se oye el tecleo rápido de su ordenador tras un silencio de segundos.
—Recibido. Estamos abriendo el paquete... Veo una orden de detención interestatal... y registros de transferencias a una cuenta en las Islas Vírgenes. Señor Montenegro, ¿está usted seguro de que el patriarca de los Langford está en esa dirección?
—Mi hermano y yo acabamos de estar en esta localización y hemos visto pertenencias y rastros de que hacen vida clandestina allí.
Si ustedes no envían una unidad de intervención interestatal ahora, estos tipos volverán a desaparecer.
Tienen un historial de fuga de tres estados diferentes, agente Miller.
No voy a permitir que vuelvan a hacerlo, menos si mi familia y hermanos se ven en peligro.
—Entiendo. El riesgo de fuga es extremadamente alto según estos documentos. Si el rastro de dinero que ha enviado es verídico, esto es una violación federal de la ley RICO (asociación ilícita). ¿Qué pide a cambio de esta información?
—No quiero nada. Quiero que el arresto se realice con la máxima discreción mediática hasta que estén bajo custodia federal, pero con la máxima contundencia física.
Han hecho mucho daño a gente que me importa.
Y, por favor, sean lo más rápido posible.
Saben que somos una familia de mucho renombre en el país y no tardarán en ponernos en peligro.
—Si los datos de geolocalización son correctos, informaré a la oficina de su estado para coordinar una detención inmediata. Necesitaremos que usted preste declaración oficial y entregue los originales de esos informes de «empresa espejo».
—Tendrán todo lo que necesiten en cuanto vea las esposas puestas en sus manos. No pierdan el tiempo. San Diego lleva siete años buscándolos; yo se los he servido en bandeja. No los dejen escapar otra vez.
—No lo haremos, señor Montenegro. Manténgase alejado de la propiedad. Nosotros nos encargamos a partir de aquí. Pónganse a salvo mientras tanto. Y no salgan de su casa.
Cuelgo el teléfono. De mis labios secos escapa un suspiro que, por primera vez hoy, no sabe a miedo, sino a alivio.
Al menos tenemos una estrategia y, sobre todo, tenemos la ayuda del FBI.
Espero que todo salga bien. Si todo sale como espero, es posible que antes de que amanezca el clan Langford esté entre rejas.
Parece mentira, pero he perdido a Marco.
Con todo este lío de llamadas, no sé dónde está.
De un momento a otro, un olor al humo del tabaco proviene de mi jardín.
Me acerco a la puerta. Marco permanece sentado en el jardín, con las rodillas dobladas hacia el mentón y los codos apoyados sobre ellas.
Sostiene el cigarro con una mano que cuelga entre sus piernas, dejando que el humo suba por delante de sus ojos mientras mira al vacío.
El vacío lleno de la realidad que acabamos de desenterrar.
Una realidad que no sabíamos y que, seguramente, Liv tampoco.
Salgo al jardín con él; me acerco despacio mientras él sigue fumando.
Adopto la misma posición. Veo el paquete de tabaco junto al mechero sobre el suelo.
Cojo un cigarrillo y me lo pongo entre los labios.
—¿Un perrito faldero de nuestro apellido se encendería un cigarro? —pregunto con el mechero apuntando al cigarrillo. Marco sonríe como si le pesara el cansancio, pero lo hace igual.
—No lo haría solo en el patio de su batcueva —opina girándose para mirarme—, pero es un buen comienzo.
Nos hundimos de nuevo en un silencio absoluto, aunque extrañamente limpio de odio.
Ya no hay rabia ni facturas pendientes entre nosotros.
Miro a Marco y sé que compartimos el mismo miedo: que el tiempo se agote.
Hemos firmado una tregua silenciosa; nuestras guerras personales han quedado en pausa mientras intentamos sobrevivir a esta.
—Han dicho que hablarán con la oficina de aquí para ordenar la detención. Que nos pongamos a salvo —le aclaro, buscando su tranquilidad.
—Tranquilo, si has puesto a Rambo en la mansión, estarán todos bien —contesta intentando bromear, como siempre.
En muchas ocasiones envidio a mi hermano.
Su capacidad para tomárselo todo con humor.
Para siempre intentar sacarte una sonrisa en medio del caos.
Por muy mal que estés, por mucho que te odie...
si te ve jodido, él siempre hará que tu alma no caiga.
A pesar de todas las diferencias y discusiones, miradas y hachas clavadas en el escudo de cada uno, sigue aquí, a mi lado.
Podría haberse ido. Podría estar con Liv.
Sin embargo, está aquí, a mi lado, luchando conmigo en una guerra en la que no conocemos nada de nuestro rival, pero, aun así, estamos peleando de pie.
—Y yo estoy seguro contigo —digo mirando al frente—. Si veo algo raro, solo tengo que ponerte en la puerta para que salgan huyendo.
—¿Estás insinuando que doy miedo? —pregunta con una expresión retórica en su cara, pero con gracia.
—Para nada... Solo digo que, con tu carácter, cualquiera huiría de ti.
—Si alguien viniera a por nosotros, no tendrías que pedírmelo —contesta apagando el cigarrillo y mirándome de reojo—. En lo que tardas en abrir el pico ya le he arrancado la yugular al primero.
Nos reímos juntos. Por primera vez en meses, mi hermano y yo compartimos risas. Algo inédito desde que todo esto explotó. Se siente bien. Se siente precioso. La relación con mi hermano siempre ha sido demasiado buena para ser verdad. Hay muchas ocasiones en las que echo de menos a este Marco.
—Siento demasiadas cosas por Liv... —Empieza a hablar de repente de Olivia—. Locura, pasión, alegría, atracción. No sé cuál de ellas decirte primero, hermano. Solo sé que, al igual que tú, estoy metido en algo de lo que me cuesta mucho intentar escapar.
Por primera vez, al fin, Marco se sincera conmigo. Sus sentimientos pesan en mi alma, en mi corazón. Nos encontramos, sin quererlo, luchando por el mismo objetivo. Con la única realidad de que, en este tipo de lucha, siempre saldrá uno peor.
—Tranquilo, no te voy a decir nada. Ahora mismo lo único que importa es esto, ¿vale? —contesto desviando el tema completamente.
No quiero romper este momento de nuevo. Estamos en el mejor momento de todo el día. No quiero que esto se estropee.
—Tengo veinte mensajes de ella en el móvil —le digo cuando él mira la pantalla del suyo.
—Yo quince —contesta riendo—. Menos mal que no resulta nunca raro que no estemos, ¿eh?
—Pero por primera vez en mucho tiempo, estamos juntos.
La conversación torna en una serie de muchos recuerdos de cuando éramos niños. Entre todos, recuerdo con mucho cariño uno de los momentos en los que más miedo pasé por él. Teníamos tan solo catorce y doce años, respectivamente. Un grupo de niñatos querían meterse con él.
APOLO Y MARCO (FLASHBACK)
—¿Quiénes son, Marco? —pregunto a mi hermano. Noto su miedo.
—Da igual, Apolo. Son varios para ti solo.
—Sabes que me da igual, hermanito.
—Son esos de ahí —me señala a un grupo de tres niños, más o menos de mi edad. Aunque creo que son algo mayores.
Dejo a Marco detrás de mí para andar hacia dónde están esos niños pesados.
—Vosotros —digo intentando llamar la atención de ellos. Dejan los porros sobre la mesa y se dirigen a mí. Los tres chicos se ponen en fila, pero uno se adelanta un poco más para plantarme cara—. ¿Os estáis metiendo con mi hermano?
—¿El melenas ese es tu hermano? —pregunta el que está más adelantado.
—Ese melenas se llama Marco. Como vuelva a ver que os acercáis a él, no vais a querer volver a verme el pelo.
Se echan los tres a reír. Me toman como algo inferior a ellos. Como si yo fuera caca.
—¿Eres el guardaespaldas de tu hermanito? —vuelve a preguntar el del medio.
—¡Apolo, por favor, déjales! —exclama Marco detrás de mí, acercándose corriendo hacia donde me encuentro.
—Pero mira a quién tenemos aquí... —vuelve a hablar el de siempre—. Es el niño mimado de la perra de su madre.
Algo en mi interior enciende una parte de mí que no conocía a mi corta edad.
—¿Qué es lo que has dicho? —pregunto acercándome más a su cara.
—Apolo, por favor, vámonos.
—Más vale que hagas caso a la mierda de tu hermano.
No hizo falta ni una sola palabra más. Desde mi interior salió un puñetazo que me produjo un dolor tremendo en la muñeca, como si se me fuera a caer del cuerpo.
Directo a su barbilla, el puñetazo hizo que el niñato cayera al suelo.
Los otros dos dieron algunos pasos atrás hasta que salieron corriendo.
—Si te vuelvo a ver cerca de mi hermano, o de nosotros, el siguiente no va a ser tan flojo.
APOLO Y MARCO (ACTUALIDAD)