ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 32 #3
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Mis labios tiemblan al igual que todo mi cuerpo, gracias a los nervios que supone todo lo que está pasando en el día de hoy.

—Vamos, dime qué sientes. Porque ni siquiera la mujer que supuestamente quieres tiene puta idea —vuelve a replicar.

—Marco, esto no es tan sencillo como decir lo que se siente.

—Quizás por eso puedes perder más de lo que puedes ganar.

Un primer estacazo a su nombre aterrizó directo en mi escudo partido.

—Parece que se te olvida que los tres somos hermanastros, que tenemos una reputación y una imagen que mantener.

—Por esa puta imagen que siempre mantienes de niño bueno, guapo, fuerte, de casi dos metros que es el futuro puto amo del imperio Montenegro, dejas atrás la esencia de lo que eres. Mírame a los putos ojos, Apolo, y dime si eres feliz siendo el perrito de la reputación de nuestro puto apellido.

Las palabras de mi hermano me dejan helado.

Más de lo que pensaba que jamás pudiera llegar a hacer él.

Lejos de atacarme, de defenderse con su ironía, acaba de abrirme los ojos en algo tan triste como esto.

La cuestión aquí es que alguien tenía que asumir ese rol.

Y ese alguien no podía ser nadie más que yo.

Soy el mayor de la familia, el que siempre ayudó a mi madre.

Esta imagen no me la he creado yo, se me ha impuesto desde hace muchísimos años.

Y, a día de hoy, ya no sé desprenderme de ella.

Nuestras miradas siguen compitiendo por ver quién gana cuando vuelve a sonar mi móvil.

Los dos cambiamos el gesto a la vez. Descuelgo el teléfono lo más rápido que puedo.

—Apolo, tengo algo fuerte, ¿me escuchas? —pregunta Michael al otro lado.

—Dime ya —contesto mientras Marco se acerca para escuchar el manos libres.

—Apolo, son prófugos de la justicia. San Diego los declaró en riesgo de fuga hace años.

Desaparecieron de la noche a la mañana antes de que el Gran Jurado pudiera procesarlos.

Cambiaron de nombre corporativo y se mudaron a varios estados, aprovechando un vacío legal en los tratados de extradición para delitos financieros.

Tienen una orden de detención desde entonces.

Pero hay algo más, Apolo... algo que encontré en los archivos sellados del padre de Olivia.

Marco y yo nos miramos como si nos acabaran de clavar una estaca en el corazón.

Jhon es, para nosotros, la figura paterna más importante que hemos tenido.

Básicamente, lleva siendo nuestro padre y actuando como tal desde que teníamos quince años; en mi caso, Marco tenía tan solo trece.

Por todo esto, que Jhon esté en el punto de mira de estos hijos de puta de los Langford nos duele y machaca igual que si fuera solo Rebeca.

—El padre de Olivia los descubrió primero —explicó Michael—.

Él fue el único que tuvo la inteligencia para ver el fraude antes de que ocurriera.

No solo los expulsó de su empresa, sino que usó su influencia para bloquearles todas las cuentas y dejarlos en la ruina absoluta antes de que huyeran.

Lo que pasó después... lo que le intentaron hacer a Olivia cuando tenía diez años...

no fue un accidente. No fue un impulso enfermo de un hombre al azar.

—Fue una venganza —aclaró Marco mientras me miraba con rabia en los ojos.

—Exacto —afirmó Michael.

El silencio se hace entre nosotros dos, más Michael en el teléfono.

Aprovecho ese silencio para pensar. Maquinar un plan fugaz con la información que tenemos.

Disponemos de una orden de detención por parte del estado de San Diego y, además, conocemos una de las ubicaciones donde residen estos mierdas.

—Y esa orden de detención, con todo lo que tenemos, ¿sería suficiente para que las autoridades de San Diego vengan a por ellos? —pregunto dispuesto a actuar lo más rápido posible.

—No lo es todo... pero sí es lo suficiente para que pasen un buen tiempo en la cárcel con estas pruebas si lo hacemos bien.

Un segundo de pausa se cierne en el momento. Marco espera mi próxima orden.

—Mándamelo todo ahora mismo. Me pondré en contacto con las autoridades federales de San Diego —ordeno en el momento.

—Perfecto. Yo puedo filtrar las pruebas de fraude a los bancos centrales para que bloqueen todas las cuentas de los Langford por sospecha de lavado de activos.

Sin dinero, los Langford no pueden pagar a sus abogados ni a sus matones, por si se les ocurre mandar a alguien a por vosotros cuando se enteren de todo esto —añade Michael.

—Todo lo que hagas es poco, Michael. Haz lo que puedas y ve informándome. Necesitamos la máxima rapidez, por favor —digo terminando la llamada.

Marco se agiliza. Mientras habla con sus contactos para actualizarles la información, me pongo en contacto con las autoridades de San Diego.

Dispongo de todos los documentos necesarios para incriminarlos en todo.

La orden de detención interestatal me respalda.

Es el jaque mate genial para esta puta familia de mierda.

Si vienen a por ellos, si los detienen, el peligro desaparecerá.

Para Liv, para mi madre, Jhon. Para la familia Montenegro.