ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 31 #3
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—Tranquila, son muchos años aguantándole.

Sigo andando hacia Marco, dejando a Liv atrás. Llego hasta él.

—¡Ey! —exclamo, intentando llamarle la atención.

—Tienes lo que querías, ¿no? —pregunta, mirándome aún de espaldas—. Pues ya te puedes ir.

—No quería meter el gol, ¿vale?

—Se ha notado. Pero tranquilo... —dice cogiendo su mochila y dirigiéndose hacia mí antes de salir del campo—. Está claro que aquí ya no es nada como antes. Dijimos que esto no nos iba a afectar, que no nos haríamos daño. Ya veo que todo ciega, que todo cambia.

Un silencio se apodera del momento entre nosotros. Nos seguimos mirando. El niño de diez años es el Marco que me está mirando ahora mismo.

—Adiós, Apolo.

Su adiós hace que algo dentro de mí se rompa.

Puede ser esa estructura de hermanos que hay dentro de mi cabeza.

Un pilar fundamental de mí, de nosotros, de los Montenegro, comienza, ahora sí y de manera inevitable, a resquebrajarse poco a poco.

Liv se encontraba a pocos pasos detrás de mí.

Lo sé porque aún siento el aroma de su perfume de Prada.

Yo me encuentro aún parado, en el mismo sitio donde hablaba con Marco.

Ella se acerca a mí, se coloca frente a mi mirar.

Sus ojos, algo vidriosos, contactan con los míos.

Una sensación repentina de paz y tranquilidad recorre mis venas.

Como cuando vas inseguro por la calle y llegas a casa.

Como cuando tienes un problema y acudes a quien sabes que te lo va a resolver.

La única persona que podía poner una tirita en el sitio exacto donde la necesitaba era ella.

La mujer que, por mucho que quiera negarlo o rechazarlo, tiene mi corazón latiendo en sus manos.

—Yo sé que no querías... —Sus manos acarician mi cara.

Nos miramos sin miedo, sin reproches. No existe espacio para el rencor, para el enfado, para ese tira y afloja entre los dos.

Tan solo existe la mirada cómplice y calmada de una persona que, aunque quiera alejarlo de su ser, siente más de lo que le gustaría sentir.

Casi sin querer, como por la fuerza de la tierra o del universo, nuestros cuerpos se acercan poco a poco.

Ella me mira los labios; después, las gotas de sudor que caen sobre mi pecho.

Yo atisbo el brillo de su pelo cayendo por sus hombros.

Dirijo mi mirada hacia sus labios, suaves, perfectos para ser verdad.

Nuestras almas se están tocando, se están encontrando.

Después de unos segundos en los que nuestros cuerpos estaban fuera de este universo, Liv se da cuenta de que estamos en público.

Sale del trance, mira a su alrededor y, alejándose unos milímetros, me besa en la mejilla.

No es el sitio donde yo quería ese beso, pero me conformo con él y con la sensación de que, si no hubiera habido más gente a nuestro alrededor, nuestros labios hubieran hecho lo que llevan gritando en silencio desde que la vi bailando a través del cristal.

Volvemos a mirarnos y, efectivamente, sus ojos, su mirada y sus lágrimas —aún a punto de salir— me confirman que ese momento ínfimamente pequeño y, desde fuera, nada importante, para nosotros ha sido uno de los más significativos entre toda esta mierda que nos está pasando.

Me sonríe, sabiendo perfectamente lo que estoy pensando y sintiendo.

Acto seguido, se va detrás de mí, hacia los vestuarios.

De nuevo, ese pensamiento vuelve a mi cabeza: «Como espere más, la pierdo, y lo haré con la persona que más me puede doler de este mundo».

He de luchar por ella, si es que aún queda terreno de batalla por ganar.

Me dirijo a los vestuarios, siguiendo el mismo camino que ella.

Intento buscarla para hablar con ella, para aclarar esa mirada, para aclarar esto.

Necesito, ahora sí, decirle todo lo que siento. Sin más rodeos.

Sin embargo, la vida vuelve a detener mis pasos.

Uno de mis compañeros me para en el camino con mi móvil en la mano.

Me dice que me están llamando y, cuando miro la pantalla, un golpe de aire helado congela mi sangre en su totalidad.

Michael, mi hombre de confianza que investigaba a la familia Langford, contacta conmigo.

Un tremendo mal presentimiento recorre mi cuerpo de principio a fin.

Miro hacia dónde había dirigido sus pasos Liv.

Después, al móvil. ¿Y si es algo importante?

Sin más espera, decido contestar la llamada.

—Apolo —digo contestando a Michael.

—Hola... —Noto su voz cortada, preocupada—. Te soy directo.

—Por favor —respondo.

—Creo que los Langford os siguen la pista.

Mis dientes chocan unos con otros. Mi mandíbula se tensa con la misma rabia de un padre al que asesinaron a su hija.

Aprieto el móvil con tanta fuerza que siento que se rompería.

Ahora mismo, todo en mí se resume a una palabra.

Una que muy pocas veces en mi vida he sentido.

Una que hace muchísimo tiempo no siento.

Miedo.