ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 31 #2
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Le sonrío y vuelvo a mi posición. El árbitro pita el final del primer tiempo.

Mientras estoy con los míos, veo a Olivia bajando hacia el banquillo de Marco.

Busca a mi hermano y lo encuentra. Los veo hablar.

Al comienzo, Marco sonríe. Se abrazan. Mis ojos se rasgan a medida que mi ceño se frunce con cabreo.

Instantes después, la expresión de Marco se vuelve seria.

Es como si Olivia le estuviera echando en cara algo.

Posiblemente, la fuerza de la última entrada.

Hablan con el gesto un poco aireado. Como si estuvieran discutiendo.

Me acerco un poco más a su banquillo, sin salir de la zona permitida.

Al acabar la conversación, mientras hago que miro a mis chicos, escucho una última frase de Liv antes de volver a la grada: «Haz lo que te dé la gana, Marco».

Vuelve a la grada con aires de enfado. Me giro a mirarla y, cuando devuelvo la vista a Marco, me está mirando.

Le hago un saludo con la mano y, al igual que él antes, repito su gesto de mi primera ocasión del partido.

El segundo tiempo va a empezar. Esta vez es Marco el que empieza el partido.

Todo el segundo tiempo está transcurriendo sin oportunidades claras de ningún equipo.

Los roces, empujes y entradas se siguen sucediendo entre Marco y yo, pero, esta vez, sin llegar a nada más que eso.

Olivia, en la grada, parece aumentar su estado de ansiedad cada vez que estamos juntos o cerca.

Me mira de reojo, como si no quisiera. A Marco lo mira como siempre.

¿Estará intentando darme celos con mi hermano?

Llega el final del partido, quedando empate.

Las normas de la competición reclaman que siempre ha de haber un ganador.

Por lo tanto, este se va a decidir por una tanda de penaltis.

Mi sudor empieza a caerme por la cara, como si me estuviera quedando sin agua en el cuerpo.

Mientras esperamos a lanzarlos, veo cómo Olivia sigue hablando con Marco.

Durante el tiempo que los veo hablar, en mi cabeza me estoy dando cuenta de algo.

Con Olivia intentando olvidarse de mí, estoy replanteándome si estoy poniendo todo lo que siento en peligro.

Debería dejar toda esta mierda atrás, dejar estas niñeces fuera y, como debí haber hecho todas esas veces que ella me lo pedía, declarar mis sentimientos sin rodeos.

La frase de mi hermano antes de salir del túnel hace que mi cabeza siga dándole vueltas más que a otra cosa del partido.

Por esperar tanto, por mi gilipollez, puedo estar perdiendo lo que más deseo.

En fin, creo que no es algo que deba pensar ahora.

Aparto la mirada de ellos para beber algo de agua; hidratarme antes de la fase decisiva del encuentro es lo que mejor me va a ayudar.

La tensión ha de ser como la concentración: máxima.

Sin embargo, noto unos pasos acercándose a mí.

Unos pasos que jamás podría confundir. Los de Olivia se acercan a mí con rapidez antes de empezar la tanda.

Dirijo mi mirada hacia ella; al verla, me pongo de pie, dándole la espalda para coger mi toalla.

—Si vienes a desearme que pierda para que gane tu querido Marco, puedes irte.

—No seas estúpido —contesta tocándome el brazo—. ¿Estás bien por la entrada de antes?

—No es la primera vez que me intentan parar a golpes.

Además, eso es algo típico de Marco, ¿no?

—contesto mirándole a los ojos. Su mirada desprende nervios, preocupación.

Obviamente, no tiene ni idea de a quién animar.

Este partido, para ella, encarna todo lo que habita en su cabeza.

La rivalidad entre los dos hermanos sin los que no puede vivir, pero tampoco puede decidir si amar a uno o al otro. Aunque siempre diga que me quiere a mí.

—No quiero que os hagáis daño por mí, por nosotros.

Parad, por favor —suplica mientras me recoge la cara con sus manos.

Por encima de su hombro, veo cómo Marco echa chispas sobre su cabeza al ver esto.

Algo dentro de mí está removiéndose. Obviamente, no me gusta ver a mi hermano así.

Pero también es verdad que no estoy haciendo nada malo.

Yo también deseo a Olivia, y estoy empezando a cambiar mi modo de actuar.

Necesito luchar por lo que quiero, aunque sea por una vez en la vida.

—Tranquila, hermanita. Es algo entre él y yo. Es deporte, no tienes nada que ver.

Miento totalmente, pero no puedo seguir la conversación. La tanda final nos espera.

Los tres primeros penaltis de cada equipo han acabado en gol.

Marco y yo estamos en el quinto puesto de cada equipo para tirar el penalti decisivo.

El puesto de las estrellas. En el que todo se decide, en el que tantos futbolistas han arreglado un pésimo partido.

El turno, ahora, es de Marco. Si él marca, estoy obligado a marcar el mío para poder seguir.

De lo contrario, si lo fallara, con meter mi gol, mi equipo saldría ganador.

Y de esta manera, le demostraría a mi hermano que no siempre va a ganar él.

Coge la pelota, la coloca en el punto de penalti.

Gira su cuello para encontrar a Olivia. Olivia responde a su mirada con otra; después la dirige hacia mí, justo al lado de Marco, al final de la línea, para ser el siguiente en chutar.

Marco dirige sus ojos hacia mí. Veo duda en ellos, algo que es tremendamente extraño ver en él.

Decidido, corre hacia el balón tras el pitido del árbitro para marcar su gol.

Sin embargo, la suerte no le sonríe esta vez, fallando el tiro.

En el sitio, mira hacia mi dirección. Para mi sorpresa, su expresión no era mala, no era de inmadurez, no era de cabreo.

Sus ojos me estaban transmitiendo que sabían que iban a perder el partido.

Sinceramente, esto no me acaba de gustar.

Siempre que sabía que Marco iba a perder, dejaba que ganara él, aposta.

El amor por él siempre me ha jugado muchísimas malas pasadas.

Su mirada me transmite que sabe perfectamente que, en esta situación, no va a pasar igual.

Un lado de mí me dice que tengo que tirar a ganar.

Que no me importe lo que pase. Él te va a quitar a Olivia sin remordimientos.

Mi voz interior me ordena chutar a ganar.

Mi otro lado, ese mismo hombre que me mira, adopta la forma de aquel niño de diez años que perdió el partido por hacerle esperar, por dudar si pasársela o no.

Esa fue la realidad de por qué perdió aquel torneo. Por mi culpa.

Sin mostrar nada más, cojo un nuevo balón y me dirijo hacia el punto de penalti.

Marco se aparta, colocándose tras de mí.

El grupo del resto de jugadores se encuentra en el círculo del campo.

Marco, más adelantado, justo en medio del círculo y mi posición.

Olivia, mirándonos a ambos. Yo, pese a todo, el amor por Marco me gana, como suele pasar casi siempre.

Decido tirar el penalti para que sea fácil pararlo.

Me dispongo a tirar y, para mi sorpresa, desgraciadamente, su portero resbala y la pelota acaba entrando.

Acabamos de ganar el partido... sin querer.

No celebro el gol, pero mi equipo corre hacia mí.

Sin embargo, yo no veo nada más que oscuridad y, al fondo del todo, a mi hermano mirándome.

Ahora su mirada me informaba de decepción.

De que no esperaba que este tiro fuera a ser gol.

Parado en la misma posición de antes, y yo rodeado de mis compañeros abrazándome, veo a ese niño de diez años que me pedía en silencio que no le hiciera perder.

Olivia bajaba al campo, dirigiéndose primero a Marco.

Él la vio, se giró hacia ella, fundiéndose en un abrazo.

Cuando al fin puedo desprenderme de mis compañeros, me dirijo hacia el banquillo de mis rivales. Les doy la mano, indicando que han jugado un gran partido. Al final de todos ellos se encontraba Marco. Olivia me ve llegar y avisa a mi hermano. Ella se aleja de él, dirigiéndose hacia mí.

—Te ha salido mal, ¿eh? —dice acariciándome la cara. Mi expresión es de extrañeza. No sé por qué dice eso.

—¿Mal? Pero si he ganado... —contesto mientras veo una sonrisa dibujándose en su cara.

—Apolo... Todos sabemos que no querías marcar ese gol —contesta, haciendo que me sonroje—. Pero a ese de ahí... lo vas a tener difícil.