31
Apolo
Solo me queda atarme los cordones de las botas, echarle la charla al equipo y salir al campo a dominar.
Que el primer partido sea contra Marco es demasiada coincidencia, pero no podría haber sido un rival mejor.
Puede que nos estemos jugando algo más que una simple victoria.
La sesión de fotos fue su momento, fue su venganza.
Ahora me toca a mí. Tenerle enfrente va a ser algo delicioso.
Toda mi ira, mi rabia, las ganas de destrozar todo lo que pueda con tal de que Olivia fuera mía, van a salir despedidas de mi cuerpo en este partido.
Sé perfectamente que Olivia va a estar nerviosa por ambos.
No va a saber dónde mirar y, por su bien espero, que no lo haga demasiado a Marco.
Hace tiempo que no jugaba al fútbol, pero este partido va a ser la hostia.
Visto mis pantalones rojos, junto a la camiseta roja.
Detrás, en mi espalda, el dorsal número trece, el número favorito de Olivia, reza junto a mi apellido: A.
Montenegro. Salgo a la parte del vestuario donde se encuentra el resto de mi equipo.
Como capitán, debo ser el que dé la charla previa al partido, aunque si no lo fuera, seguro que lo haría igual.
Todos siguen hablando. Algunos me miran y, automáticamente, se callan.
A los que siguen hablando, los miro fijamente.
Uno de mis compañeros les avisa de que los estoy mirando como si quisiera matarlos.
Me miran y, con la rapidez de un pelotón de guerra, se ponen frente a mí.
Todos quedan en silencio, ahora sí. Voy mirando de uno en uno mientras paso al medio de la sala.
Mis compañeros me miran andar despacio mientras observo sus caras y vigilo que tengan todas las equipaciones en condiciones.
—Levantaos todos —ordeno de primeras. Todos obedecen al mismo tiempo—. Hoy empieza la liga, chicos. Hoy jugamos contra uno de los mejores equipos a los que nos vamos a enfrentar... y contra mi hermano.
Todos me miran concentrados, esperando más indicaciones.
—Quiero que demostréis a todos los que nos ven, y a todos nuestros rivales, que no vamos a tomarnos esto como un amistoso entre compis de uni. Aquí vamos todos a por el premio.
Paro para volver a mirarlos a todos. Levanto las cejas mientras ellos esperan a que diga cuál es el premio.
—El equipo que gane se llevará cinco mil dólares... por cada futbolista.
El vestuario entero se revoluciona. Esa cantidad de dinero les da a todos de sobra para pagar muchísimos de los gastos de la universidad.
No todos pueden permitirse llevarlos al día, así que me pareció una cantidad más que razonable.
Dejo por unos segundos que el entusiasmo general siga, hasta que vuelven a ver mi expresión y van bajando el volumen.
—Bien, vamos a por todas. El rival tiene de capitán a mi hermano. Sabe jugar muy bien a esto, así que lo quiero bien enfilado. Vamos todos a una, ¿vale?
Pongo mi mano en el centro del vestuario, esperando a que vengan todos para hacer nuestro canto de guerra.
—Solo nos vale ganar, ¿vale? Así que vamos todos... ¡GANAR! ¡GANAR! Y ¡GANAR!
Salimos todos al túnel. En él encuentro a los árbitros del partido.
El equipo de Marco irá todo de azul, haciendo contraste con nosotros, que iremos de rojo completo.
A la cabeza de la fila, Marco se encuentra con el brazalete de capitán.
Como no podía ser de otra manera, él también lleva el número trece a su espalda.
Me sitúo al lado de él. No lo miro. Él tampoco lo hace.
—¿Nervioso? —pregunto sin dirigirle la mirada.
—¿Por jugar contra ti? —responde sonriendo—. Los dos sabemos que el bueno en esto soy yo.
—¿Por eso perdiste aquel torneo tan importante para ti, verdad? —intento provocarle, algo molesto por lo que está pasando con Olivia. Un poco de rencor asoma en mis palabras.
—No, hermanito, no te equivoques —contesta mirándome, por fin—. Perdí porque esperé demasiado... Desde entonces aprendí que, si esperas demasiado, puedes perder lo que más quieres.
Acaba el mensaje con un guiño y una sonrisa retadora.
Odio a este Marco; es estúpido, un completo niñato.
No puedo evitar que mi mandíbula se tense.
Sé perfectamente lo que intenta decir, lo que intenta hacer.
Su psicología inversa no va a valer ahora.
En este partido nos estamos jugando, aparte de todo lo demás, el orgullo.
Él mismo está demostrando hacerlo. No me voy a cortar ni un solo pelo porque sea mi hermano.
Le voy a demostrar quién es el más fuerte aquí. Espero que pille la indirecta.
Nos situamos en el medio del campo. La suerte ha decidido que el partido comience sacando nosotros.
Mientras estoy en el centro del círculo, esperando a que el árbitro dé la señal, atisbo a las gradas buscando al foco central de todos nuestros males.
Olivia estaba allí. La primera vez que la veo, noto cómo su mirada se dirige completamente a Marco.
Sin embargo, de reojo, está mirándome a mí.
Marta, en cambio, mira a Enzo, situado detrás de la portería.
Sé que Olivia me quiere mirar, pero la intimidación de antes se lo impide.
Quiere aparentar que puede pasar de mí. Lo que ella no sabe es que no puedes rechazar lo que hace bombear tu corazón...
y no solo eso. Enfrente de mí, al otro lado del círculo, encuentro a Marco.
De brazos cruzados me mira con el rostro serio, con ganas de empezar.
El árbitro señala el comienzo del partido.
Le tiro un beso a mi hermano y pego el primer pase.
Mis compañeros juegan el balón mientras voy subiendo hacia el área.
Marco no debería apoyar al equipo tan arriba; sin embargo, noto su presencia a escasos metros de mí.
La primera ocasión está a punto de llegar.
Gracias a mi altura, puedo situarme en el centro del campo para intentar chutar de cabeza.
Veo que mi compañero tiene la posesión en la banda y no dudo en pedirle el pase.
Me ve. Se coloca el balón y el pie de apoyo para efectuar el pase.
El balón sube por el aire y baja hacia mi cabeza.
Veo que el defensa viene a intentar disputarme el balón, pero con un contacto justo para que no sea falta, molesto su avance y salto hacia la pelota.
Remato con la fuerza con la que agarraría del pelo a Olivia hasta que deje a todos los hombres del mundo atrás y solo venga conmigo.
Pero el tiro sale desviado por arriba. Lo primero que hago es mirar hacia Marco.
Una sonrisa se muestra en su cara. Abre los brazos; leo en sus labios: «otra vez será».
El encuentro sigue avanzando sin oportunidades, de momento.
Va el minuto quince de partido y, con un pase al hueco del equipo contrario, veo que Marco se va a quedar solo.
Adelanto a mi defensa mientras Marco comienza a aumentar su velocidad para llegar al balón.
Veo en las gradas cómo Olivia se emociona al ver a Marco solo con la pelota.
Me devuelve la mirada y, acto seguido, le pongo una mueca que intenta hacerla sentir intimidada.
Después, aprieto el acelerador de mis piernas y llego a ponerme casi cuerpo a cuerpo con mi hermano.
Marco corre, yo lo persigo. Nota mi presencia, pero me conoce muy bien; sabe justo el momento en el que voy a hacerle una entrada metiendo el cuerpo.
Lo lee bien, se mueve ligeramente a la derecha para sacar más espacio y, desde ese punto, dispara a portería.
Acaba marcando lo que sería el primer gol del partido.
Lo celebra con sus compañeros en la esquina.
Cuando se queda solo, me devuelve el beso que le tiré al principio del partido.
En torno al minuto veinticinco, pongo el turbo para llegar a un pase preciso que me hizo un compañero desde la banda.
Estoy prácticamente solo. Uno de los defensas me ve e intenta alcanzarme.
Meto el cuerpo ganándole la posición y, con toda la fuerza que puedo, pego un disparo directo a la escuadra, marcando el gol del empate.
Desde la grada, Olivia me mira ahora a mí.
Le mando una sonrisa, me giro para mostrarle mi espalda.
Mi camiseta, pegada a ella por el sudor, marca el número trece.
Lo señalo con mis dedos, me vuelvo a girar y, sabiendo que Marco me sigue mirando, le dedico el gol a ella.
Los ojos de Marco se vuelven color negro.
La ira y la rabia lo están poseyendo al ver eso.
Esto indica que se lo está tomando muy en serio. Marco no muestra nunca lo que siente.
El partido sigue. Se acerca el final y el balón vuelve a estar del lado del equipo de Marco.
Sin embargo, uno de nuestros defensas alcanza el balón, despeja y la pelota se dirige a mí de nuevo.
Como si fuera a la velocidad de la luz, Marco se dirige a mí, como si su equipo no tuviera más defensas.
Intento correr, pero Marco viene con tanta fuerza que no logra controlar dónde pone el pie.
Me realiza una entrada fuerte a la altura del talón, tirándome al suelo.
El dolor asciende por mi pie. No puedo parar de girar por centrarme en el dolor.
Desde el césped, veo cómo Olivia está de pie mirándonos.
Marco está a unos metros de mí, parado, mirándome.
Al caer en la cuenta de la fuerza desmedida con la que ha entrado al balón, se acerca a mí, ofreciéndome su mano para levantarme.
Un gesto muy deportivo por su parte para camuflar que lo estoy sacando de sus casillas.
—Cuidado, hermanito —digo aceptando su gesto y levantándome—. No te voy a hacer perder nada si ganamos.