ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 30 #3
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Dios mío, un partido entre ellos dos. El destino, a veces, parece que hace las cosas aposta.

Ellos dos enfrentados en contra, con la rivalidad enorme que siempre han tenido cuando se han enfrentado por algo.

Ahora todo es peor. Sé que esta vez no se van a jugar un partido normal.

Dentro del partido va a haber un pequeño resquicio para pensar en todo lo que nos está pasando.

Están en el peor momento para sentirse rivales en otro ámbito.

Imagino que presenciar ese partido va a ser algo intenso.

Me va a costar muchísimo concentrarme en las clases.

Algo me dice que no será algo divertido.

Las clases han transcurrido tan mal como pensaba.

Mi ansiedad ha seguido en aumento durante cada hora de asignatura.

No me he enterado de absolutamente nada.

Tengo todo puesto en el partido, imaginando la pelea que van a tener esos dos.

Marta y Enzo se han ido un momento, solos, a no sé dónde.

Me han dicho que vaya yendo yo a la pista de fútbol, ellos llegarán en breves.

Me dirijo hacia allí, pasando por todo el tumulto de personas que se dirigen a ver el primer partido de la liga de Apolo.

Partido en el que hará debut Enzo, claro, como recogepelotas.

Espero que, ahora que sabe que no siente nada por mí, le dé una posición mejor a Enzo.

Entro a la zona de los vestuarios. Para llegar a las pistas hay que pasar sí o sí por aquí.

Debe ser que soy la primera en llegar. Todo está en silencio.

Voy caminando en dirección a la pista, pero algo parecido a una fuerte brisa de aire enorme me azotó el cuerpo entero.

A través de una pequeña apertura de la puerta del vestuario de hombres, veo algo que no podría no distinguir, aunque estuviera a kilómetros de distancia.

La espalda de Apolo, desnuda, dibujada por la forma de su abdomen, el ancho de ella y la potente tonificación de ese cuerpo de 1,95.

Mi bloqueo se apodera cada vez más de mí.

Aún está mojado, acaba de salir de la ducha.

La ropa de fútbol descansa sobre el banco que tiene enfrente.

Justo arriba, su nombre aparece: Apolo Montenegro.

Cuando se va a poner la camiseta, noto cómo su cabeza gira hacia un espejo justo enfrente de él.

Al darme cuenta de que, si me mantengo ahí, me va a ver, decido desbloquear mi cuerpo y salir rápido de ahí.

Me dirijo rápido, sacudiendo mi mente para intentar borrar esa imagen que me tiene vibrando cada milímetro de mi pequeño cuerpo hacia donde debería estar.

Sin embargo, una voz grave, fuerte, con la potencia única del dueño de ese sonido tan cortante, detiene mis pasos como si me estuviera agarrando de forma invisible.

—Veo que no soy el único que cotillea a la gente —la voz de Apolo entra por mis oídos dándome un latigazo de electricidad, y a la vez de sensualidad—. Gírate.

—¿Ahora me das órdenes? —pregunto sin obedecer, aún con rostro serio. En realidad, no sé bien qué hacer.

—Sigo siendo tu hermano mayor. O te giras o voy a por ti —amenaza mientras yo sigo en mi posición. Justo después noto cómo acelera sus pasos y se acerca a mí. Sonrío ligeramente al escucharlo.

Sus manos, cuyas venas se marcan más de lo que a mí me gustaría, toman mi brazo con fuerza y me voltean hacia él bruscamente.

—¿Qué cojones haces mirando lo que no debes?

—pregunta agarrándome fuerte del brazo. Su mandíbula tensada y su ceño fruncido, con sus ojos más rasgados de lo normal, provocan en mí una fuerte sensación de que, si sigue así, no voy a poder resistir mis ganas de besarlo.

Y Marco no se merece que sienta eso—. Podrías haber visto a cualquiera sin ropa.

—Tú también estabas mirándome anoche. ¿Soy algo que debes mirar, acaso? —pregunto con el rostro serio, plantándole cara.

Me mira con fuerte intensidad. Sus manos se ponen detrás de mi cuello. Aprieta fuerte y se acerca un poco más a mí. Sus labios dejan un espacio entre ellos para que su respiración salga de él.

—Desde la primera vez que puse mis manos en ti, empezaste a ser mía.

Esa frase provoca dentro de mí un suspiro que no he podido controlar. Salió de mí como si fuera algo automático sobre lo que no tengo control. Básicamente, todo lo que me hace sentir Apolo: no tener el control de mí.

—Para ser así... lo demuestras poco... —provoco sus acciones. Sé que con eso siempre puedo contraatacar. Aunque ahora mismo me siento atrapada en su trampa.

—Tranquila, hermanita —dice mientras me mira de abajo arriba, recorriendo mi cuerpo con la mirada. Yo vuelvo a fijarme en su abdomen marcado y en sus pechos tonificados—. No pongo mis cosas mucho rato en manos de otro. Ahora vete, tengo que prepararme para fundir a Marco.

Al fin me deja libre. Aunque mi cuerpo sigue anhelando que ese momento no hubiese acabado nunca.

Sin embargo, no debo dejarme llevar, de nuevo.

Se supone que estoy con Marco porque él decidió no hacer nada por mí.

Y, a pesar de lo que me dice, sigue sin confesarme que siente algo por mí.

Eso es lo que más necesito. Estoy peor que nunca, y con las dos personas que creo amar a punto de enfrentarse en el caos.