30 #2
Sin embargo, cuando estamos cerca de entrar a la uni, baja el volumen de la música de golpe y sube todas las ventanillas.
Lo hace confesándome que es por órdenes de don Apolo.
Que si no, le dijo que la siguiente vez sería peor.
De verdad, este niño no tiene vergüenza por nada.
Entra a la universidad como solo él sabría hacerlo: haciéndonos notar.
Como no puede ser de otra manera, veo a las chicas haciendo charcos de babas con él y, como no puede ser de otra manera en ellas, mirándome a mí con asco.
¿De verdad se creen que tienen algo que hacer con Marco?
Al llegar, me quedo con Marta, que me espera a solas a la entrada de la uni. Me despido de Marco con una mirada y una sonrisa antes de que entre.
—¿Pero cómo que ahora vienes con Marco? —pregunta Marta, echando sus típicas sonrisas tontorronas que ya sé por dónde van.
—Bueno... digamos que han pasado cosas —respondo sonriendo—. Pero no presiones mucho, eh. Aún estoy muy jodida por Apolo. Pero ya te contaré. Ahora, dime. Ese mensaje de por la mañana, ¿qué tienes que decirme?
—Pues tía... Ayer me encontré a Enzo por la calle... —responde, pero se queda callada.
—Vale, hasta ahí normal. Es una persona con piernas, camina, se mueve, no sé... —bromeo rodando los ojos con mis palabras.
—Joder, espera. Lo que te quiero decir es que ayer... —dice mirando a nuestro alrededor, acercándose a mi oreja—: Ayer me lié con Enzo.
—¡¿QUÉ COJONES?! ¿En serio? —pregunto riéndome, sorprendida, aunque no me parecía extraño. Veía cómo Marta le miraba días atrás. En varias ocasiones les he pillado en clase hablando bajito, riendo, cada vez que podía desconectar de mi telenovela interior.
—Pero dilo bajito, joder. Que yo también tengo muchos secretitos tuyos, eh —ordenó mientras gesticulaba con las manos.
—Tranquila, de mí no sale nada. Pero ¿cómo fue?
—Empezamos a tomar algo, una cosa llevó a la otra... En fin, ya sabes. Los hoteles... —aclara mientras nos reímos las dos.
—Bueno, me alegro por vosotros, la verdad. Pero, entonces, ¿sois... algo? —intento indagar un poquito más por primera vez en una relación que no sean las mías.
—¿Qué? ¡No! ¡Buah! —exclamó con la cara contraída por una repugnancia imposible de disimular—. ¿Yo, atada a un hombre? Por favor, no. Simplemente nos gustamos...
—Eres muy enamoradiza, Marta. Lo sabes, ¿no?
—Por eso mismo voy a empezar a poner los límites bien marcados, y bien prontito —aclara mientras me agarra del brazo y entramos juntas a la uni.
—Pero ¿con el resto cómo os vais a llevar? ¿Os vais a dejar ver?
—De momento no, Liv. Vamos a llevarlo entre nosotros. Es demasiado pronto aún.
—Sinceramente, me parece lo mejor que podéis hacer, amiga.
—Pero ahora dime, necesito que me aclares el culebrón Montenegro. Porque unos días te veo con Apolo pegada y otros con Marco.
Me quedo callada por un momento. Pensando en todo lo que ha ocurrido desde el día de ayer hasta hoy. Un día ha valido por un mes entero. Han pasado tantísimas cosas en ese corto espacio de tiempo.
—Discutí con Apolo... —empiezo, obteniendo ya un gesto de sorpresa por su parte—. Nos vio hablando a Marco y a mí mientras yo le abrazaba y fue la gota que colmó el vaso para él.
—Pero ¿por qué colmó? ¿Qué hacíais? —pregunta intrigada.
—Lo peor es que no estábamos haciendo nada.
Solamente aclaré con Marco una cosa que me pasó también la noche de antes con Apolo.
Le conté lo mal que lo estaba pasando durante la sesión de fotos con la presión de sentirme entre los dos bandos de mi corazón.
Él solamente intentaba calmarme, bromear.
Al principio estaba celoso pero luego cambió. Y ahí fue cuando Apolo nos vio.
—¿Marco celoso? ¿De Apolo? —pregunta incrédula, como si estuviera viendo una telenovela turca.
—Es que te has perdido varias cosas... —mantiene un gesto de extrañeza. Está totalmente desubicada.
—Pues cuéntame, que además de Apolo me gusta más aún —bromea con picardía. Hago un gesto con el que intento expresarle lo salida que está.
—Anteanoche estaba en mi ducha. Me iba a bañar y, de repente, apareció Apolo detrás de mí como si fuera un fantasma...
—¡Uf! Pero amiga, ¿tú sabes lo que daría toda la universidad porque se le aparezca Apolo en el baño? —vuelve a bromear tirándole halagos.
—Sí, ya. Pero en mi posición no pensaríais igual.
El caso es que solo venía a traerme un vestido, pero acabó siendo una escena llena de tensión sexual.
Su cara era de «te quiero comer, pero no puedo».
Yo me quedé bloqueada, encendí el grifo sin querer y nos mojamos los dos —según cuento la historia, va abriendo cada vez más la boca de lo sorprendente que le está pareciendo todo—.
Bueno, el caso es que eso lo vio Marco, y al día siguiente estaba en modo rencoroso cabrón y nos dio una mañana muy apacible.
—¿Y en la sesión de fotos? ¿Hubo roces y caricias y toqueteos? —pregunta, a la vez con broma, pero con curiosidad real.
—Mira, la sesión fue horrible. No sabía dónde meterme. Si miraba a uno era malo, si miraba al otro era peor. Si no se enfadaba uno, se cabreaba el otro... Vamos, que todo fue horrible y, al vernos así, Apolo explotó.
—Entiendo... A ver, ver a la persona que te mola haciendo eso con tu hermano, después de haber soportado tanto pues... Yo entiendo a Apolo —comparto sus palabras. Sé que para Apolo esto no fue fácil. Pero tampoco lo fue para mí.
—Después, en la discusión, empezó a decirme que yo siempre he querido a Marco por encima de todo. Que por eso no fui capaz de alejarme de él cuando me lo pidió. Él piensa que solo quiero a Marco y... básicamente, es como si me hubiera dicho que le olvide.
Marta se queda en silencio. Me mira con tristeza, mezclada con empatía.
Ella sabe la verdad completa. Sabe que quiero a Apolo con toda mi alma, que creo que me estoy enamorando hasta las trancas de él, pero que Marco no se queda atrás tampoco.
Y, mientras uno me demuestra con claridad que me desea como nunca, Apolo siempre está rehuyéndome.
Su puto orgullo va a hacer que todo lo que puede ser algo precioso se acabe deteriorando y cayendo en el olvido.
—Joder, Liv... No sé qué decirte. Entonces, ¿estás con Marco? —un silencio se hace en mí, de nuevo. Realmente, a tan solo un día de lo que pasó, no sé qué respuesta dar.
—Estoy intentando averiguar hasta dónde puedo llegar con él.
Sabes que lo que siento con Marco es tan fuerte como lo que siento por Apolo.
Solo quiero saber si, con Marco, puedo tener esa seguridad que no siento con Apolo —aclaro, mientras Marta recomponía en su cabeza el significado de mis intenciones.
—Pues, amiga... creo que te queda un arduo trabajo por delante.
Nos disponemos a andar por el pasillo de la uni para dirigirnos a nuestra clase. Después de la noticia de Marta, me complace saber que no soy la única con amoríos dudosos.
Andando por los pasillos, miro sin querer hacia el interior de uno de ellos.
Allí veo a Apolo. Hablando con un colega suyo, parece muy atento.
En uno de sus movimientos para saber quién pasa por su lado, sus ojos se posan en los míos.
Mantiene la mirada mientras el otro chico le habla, pero no reacciona a nada más.
Algo dentro de mí esperaba alguna sonrisa.
Algún gesto que pudiera interpretar de alguna manera.
Sin embargo, todo lo que tiene que ver con Apolo queda en la nada más absoluta.
Al entrar a clase, vemos a Enzo esperando en nuestras mesas. A Marta se le dibuja una sonrisa de manera automática en cuestión de lo que tarda una luz en encenderse. Acelera el paso para llegar donde él.
—Vaya, los tortolitos juntos, eh —comento con una sonrisa. Enzo me miró con recelo, inseguro ante la posibilidad de que lo contara.
—Tranquilo, que lo sepa ella es como si lo supiera un muerto —dice Marta, intentando defenderme.
—Tranquilo, Enzo. Bastante tengo con lo mío.
—Pues hablando de lo tuyo —las palabras de Enzo me paralizan por un instante. ¿Se refiere a mi relación con los chicos?—. Tus hermanos van a competir en un partido de fútbol. En el que yo debutaré como recogepelotas.
—¿Cómo que competir? ¿Juntos? —pregunta esperando que la respuesta sea positiva.
—No. Cada uno con su equipo —aclara Enzo.
—¿Contrincantes? ¿Mis hermanos, en contra? —mi cabeza piensa en todas las probabilidades de que algo bueno salga de ese partido—. Pero ¿cuándo se ha organizado todo esto, si acabamos de llegar?
—Mientras hablabais fuera. Apolo hizo el sorteo y salió así.
—Pero ¿a qué hora es el partido? —pregunta aún asimilando el enfrentamiento.
—Después de las clases. Así que hoy no nos vamos a casa.