30
Olivia
La mañana comienza como cualquier otra. Día nuevo en mi vida de dudas y culpabilidad constante.
Hoy me cuesta levantarme de la cama. La semana está siendo muy larga, necesito que acabe ya.
Necesito relajarme, alejarme un poco de todo y de todos.
Lo primero que hago al despertar es mirar el móvil.
Marta me dice que tiene algo que contarme.
No me viene mal escuchar los problemas de otros, de esta manera, los míos no parecen tan graves.
Aunque no creo que ella se esté liando con hermanastros.
Me encierro en el baño con la absurda intención de borrar las ojeras que el insomnio ha dejado en mí.
Llevo noches sin dormir y mi mente va a una velocidad que no sé cómo frenar.
El agua fría aterriza en mi cara haciendo que mi cuerpo despierte de una vez por todas.
Me miro al espejo por unos segundos, mientras las gotas de agua siguen cayendo.
Siento que hoy me va a costar más el día.
Mi cabeza ha entrado en un breakdown del que necesito salir, y no veo la salida.
Parece que lo único de lo que puedo echar mano es de el de siempre, de Marco.
Él siempre está ahí aunque le cueste más de lo que reconocería.
Al final, siempre ha querido estar conmigo, siempre ha sido sincero en sus sentimientos.
Siempre me ha hecho sentir que de verdad me quiere, que de verdad él siente algo por mí que no tiene miedo a esconder.
Quizás él sea la salida que estoy buscando.
Me meto en la ducha intentando limpiar todo lo malo que he estado sintiendo estos días.
El agua cae sobre mi cuerpo como si fuese una especie de sustancia curativa o relajante.
Siempre consigo relajarme con el agua bien caliente.
Al salir de ella, me visto y me dispongo a bajar a la cocina, desayunar algo y después irme a la universidad.
Al salir de la habitación, veo la puerta de la habitación de Apolo cerrada a cal y canto, como siempre.
La de Marco está abierta. Me acerco a ella.
Encuentro a Marco vistiendo una camiseta negra para, acto seguido, perfumar su cuerpo entero.
—¿Tanta colonia para qué? ¿Intentas ligar? —pregunto abriendo la puerta lo justo para que me vea.
—¿Ligar? —responde riendo de lado. Recorre mi cuerpo de arriba abajo—. No me hace falta, conmigo es imposible no caer.
—Una curita de humildad no te vendría mal, ¿no crees?
—Puede ser —objeta acercándose a mí lentamente—. Pero admítelo... si dejo de creerme irresistible, tú dejarías de intentar convencerte de que no lo soy.
—No, si está claro que no necesitas abuela —replico cerrando la puerta a mis espaldas y yéndome.
—Oye, espera —dice corriendo hacia mí—. ¿Vamos juntos a la uni?
—Vale, tenía pensado ir con Marta, como siempre. Pero le aviso ahora de que no hace falta que venga hoy.
—¿Puedo hacer algo que tengo muchas ganas de hacer? —pregunta acariciándome la cara.
Asiento dándole permiso. Sus labios buscan los míos y nos fundimos en un beso que sacude todo mi ser.
Lo siento, una vez más, como salvación, escapatoria.
Marco siempre hace que cada acción que haga conmigo se convierta en algo desorbitado.
Mis sentimientos hacia él se agravan con cada roce, con cada caricia; solamente hablar con él me revuelve el alma entera.
Es una sacudida de paz y bienestar en mi corazón.
—¿No te has parado a pensar que nos pueden ver? —pregunta mirando hacia mis espaldas.
—¿Tú crees que yo soy de los que hacen eso? —contesta sonriendo—. No escondo las cosas que deben de brillar más que las estrellas.
Su halago hizo que una sonrisa de oreja a oreja se dibuje en mi cara. Una vez más, un día más, Marco consigue convertir mi tristeza en un rayito de luz.
—En ocasiones tan arrogante y otras tan ñoño —contesto lanzándole un puñetazo cariñoso al pecho.
—Y en muchas otras, capaz de hacer sentir cosas inimaginables —añade con su ironía de siempre.
—¿Me puedo ir ya a desayunar, por favor? —respondo finalizando la conversación.
Tras una sonrisa compartida, Marco vuelve a su habitación para acabar de vestirse y yo bajo a la cocina.
Rezo para que, en el trayecto, no me encuentre con Apolo.
No sé cómo reaccionar cuando esté delante después de todo lo de ayer.
Todo es tan confuso. No quiero hacer daño a Marco por estar con él, pero tengo que sacarme a Apolo ya.
Llego a la cocina y la vida se propone joderme cuando le pido justo lo contrario.
Apolo está sentado en la silla de la cocina, con una pierna sobre la otra, leyendo el móvil mientras en su otra mano sostiene un vaso de café.
Lleva la camisa y el pantalón solamente, esta vez sin americana visible.
Me quedo parada en la puerta, un poco paralizada.
Mira hacia mí y mantiene la mirada, impasible claro está, para, después de unos segundos, devolverla a su móvil.
Cuando al fin decido entrar, veo que mira de reojo hacia dónde me dirijo.
Recuerdo que ayer, si no es mi imaginación y mi cabeza invadida por él, le vi detrás de los cristales de la puerta mirándome y decido tomar ese momento para romper el hielo.
—Anoche estabas mirándome mientras bailaba —acuso sin más, de espaldas a él, cogiendo mi desayuno del frigorífico. No recibo respuesta de él—. Hablo contigo, eh.
—¿Yo? —pregunta alzando una ceja—. Sería tu querido Marco. Es un poco mirón, a veces.
—Ya, y yo nací ayer. No soy tan tonta como para confundirme de Montenegro. Hasta ahora, creo que los diferencio bien —respondo colocándome enfrente de él.
—No me extraña nada —clava su mirada, cabreada a juzgar por lo tensa que está su mandíbula, en mis ojos. La indirecta está totalmente clara.
El silencio mientras nos miramos dura más de lo que quisiera.
Vuelve a pensar que nada más que quiero a Marco.
Su cabeza sigue fija en lo mismo y esto se está haciendo agotador.
No entiendo por qué no entra en razón. No he parado de hacerle ver que todo lo que hacía era para llamar su atención, para provocar que me lo soltara. Todos mis intentos han fracasado.
—No me conoces nada si vas por ese camino siempre, Apolo.
—A lo mejor, lo que conocía ha cambiado y no me he dado cuenta —suelta cuando se levanta de la silla y sale de la cocina como alma que lleva el diablo.
Un bufido sale de mi boca mientras le sigo con la mirada hacia fuera.
Tratar de entablar una conversación con él va a ser más difícil que nunca.
Va a seguir rencoroso por muchísimo tiempo.
Quizás esta vez sea por muchísimo tiempo más.
Sea como sea, me pongo camino hacia la calle donde seguro esté ya Marco esperando.
Antes de salir me encuentro con Rebeca que, como casi todas las mañanas, me besa en la mejilla antes de salir.
Cuando cruzo la puerta, me encuentro a Marco de espaldas a mí, mirando el móvil.
—¡Ey! —exclamo para llamar su atención—. ¿Vamos ya?
—He visto a Apolo salir con muchas prisas —pregunta volteándose hacia mí—. ¿Qué ha pasado ahora?
—No te preocupes, no ha sido nada. Solo quería saludarle pero sigue rencoroso y tratándome mal por verme contigo.
—Bueno... No vayamos a empezar el día igual que todos. Hoy vas a llegar a la uni con una sonrisa en esa cara fea. Sube.
Acato la orden de Marco y me subo a su coche.
Su aroma impregna hasta los asientos. Marco siempre ha sido una persona a la que le encanta tener el coche impecable.
Ama mucho todo lo que es suyo... Quizás por eso no me deje caer nunca.
Se acomoda en el asiento y enciende la pantalla para poner música.
Un estruendo hace que pegue un brinco en el sitio.
La canción Kiwi, de Harry Styles, comienza a sonar a todo volumen.
—¡¿Por qué está tan alto?! —grito por encima de la voz de Harry para que me alcance a escuchar.
—¡Para que la gente se alegre un poco más el alma al vernos!
—¿Alegrarse? ¡Lo que harán será llamarnos estúpidos! —vuelvo a gritar, pero Marco no cede. No lo hace nunca.
—¡Venga, Liv, anímate! ¿No era este tu cantante favorito? —pregunta cuando arranca a toda velocidad.
—Sí, pero puedo escucharle igual con menos volumen.
Hace lo que le da la gana como siempre y no piensa bajar el volumen.
Empieza a mover la cabeza al ritmo de la canción.
Me mueve el brazo para que yo le acompañe.
Al principio no lo hago, ya que mis ganas de bailar y de ser feliz no están en su mejor momento; sin embargo, Marco hace que las recupere muy fácil.
Siempre sabe dónde tocar o qué hacer para levantarme todo dentro de mí.
Comienzo a moverme un poco. La velocidad sigue aumentando, parece que está en Fast and Furious.
Abre las ventanillas para que todo parezca más alocado.
—¡¿Sabes lo que quiere decir Harry en esta canción?! —grita para que le escuche.
—¡La mayoría de sus canciones no las escuchaba por él! ¡Sino porque está como un queso! —aclaro mientras su rostro se vuelve completamente serio.
—¡Pues no, babosa! ¡Va de deseo sin control y de una pasión salvaje!
—¿Y qué me quieres decir con eso? —pregunto mientras le sonrío.
—Nada, solo que me encanta identificarme con las letras —contesta mientras me sonríe declarando que siente lo mismo que dice la canción.
Sin quererlo, desata una sonrisa demasiado amplia en mí.
Está metiéndose, poco a poco, mucho más profundo en mi corazón.
Me está dejando claro que siente muchas cosas por mí, que lo hace con intensidad, con pasión.
Sin dudar. Saber eso me está haciendo replantearme mejor todo.
Él sí correspondería lo que puedo llegar a sentir por él, si es que puedo sentir algo más, porque no es Apolo, pero Marco siempre ha sido mi persona especial.
Siempre ha sido mi salvador, el que me ha mantenido a flote, como ahora.
El camino a la uni está siendo una jodida pasada con él.