ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 29 #3
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—Bueno, vale ya, ¿no? ¿Se puede saber qué pasa entre vosotros?

—pregunta Rebeca levantándose de la silla—.

Ayer os digo lo de la sesión y todos con caras de póker.

Y hoy llegáis a casa y estáis así. Entiendo que puede haber problemas entre vosotros, pero las actitudes que estoy viendo no os van a llevar a ningún lado.

—Hay actitudes que nunca cambian, madre —relata Apolo mirando a Marco.

—Igual que hay otras que podrían cambiar para encontrar lo que de verdad buscan y prefieren joderse y, con ellos, joder al resto —contraataca Marco.

La mandíbula de Apolo vuelve a tensarse; el puño de Marco agarra la pata de la mesa con fuerza. Me estoy hartando de esto. Tengo que pararlo antes de que aquí pase algo más.

—Mira, si vais a discutir como niños pequeños, pegaos entre vosotros. Pero Rebeca y yo nos vamos —digo en alto, lanzándole un gesto a Rebeca para marcharnos del comedor.

—Bien dicho, cariño. Allá ellos, iremos a hacer noche de chicas, entonces... —me sigue el rollo y, agarrándome del brazo como las parejas antiguas, ella y yo salimos del comedor juntas.

Necesitaba salir de ahí, o por lo menos sacar a Rebeca antes de que alguno de los dos se vaya de la lengua y se arme una aún mayor.

Por suerte ha salido natural y no se ha notado mucho que me la he llevado para intentar proteger el secreto de este triángulo vicioso que nos traemos.

No me gustaría que Rebeca se enterase de que, mientras que le rompo el corazón a uno de sus hijos, me estoy acostando con el otro.

De verdad que muchas veces pienso que soy una cualquiera. No me reconozco.

—¡Ahí están mis dos mujeres preferidas! —mi padre aparece como nuestro ángel de la guarda para sacarnos del apuro y meter algo de paz.

Trajeado para no variar, deja el maletín del trabajo tirado en cualquier punto de la entrada para venir a saludarnos, con tanta intensidad como si hace años que no nos viera—.

¿Qué hacéis fuera del comedor, habéis acabado?

—Ojalá... Apolo y Marco están discutiendo por no sé qué tontería. Les voy a dejar... No tengo el cuerpo para nada hoy —indica Rebeca, haciendo ver que se encuentra cansada.

—Pues vamos a la habitación. Te haré un masaje en la espalda, un tratamiento facial coreano, no sé, lo que te apetezca.

¿Te la puedo robar? —me pregunta mi padre con cara de emoción.

Tiene ganas de pasar tiempo con ella después de llevar todo el día trabajando.

Me alegra tanto verle tan feliz, y ver que hace tan feliz a Rebeca. Son tal para cual, desde luego.

—Toda tuya... si me das un beso.

Me besa la frente con la delicadeza y la suavidad que únicamente un padre puede hacer, y desaparece por las escaleras con Rebeca.

En ocasiones envidio la relación que tienen.

Siempre son tan bellos, tan buena pareja.

Rebeca ha hecho de mi propia madre sin pedir nunca nada a cambio; la quiero y la querré siempre como tal, y que trate así a mi padre y a mí hace que le tenga un gran cariño y que solo quiera lo mejor para ellos dos.

Acto seguido, sin pararme a pensar en ninguno de los dos, pongo rumbo directo a otro de los sitios más preferidos de la casa: la sala de baile.

Por fin aquí. Sola, conmigo misma. Yo, el baile, el baile y yo.

Pongo en los altavoces la canción que más me ayuda a regular mi interior: Rewrite the Stars.

Comienzo a bailar dejándome llevar por el ritmo de la canción.

Mis pies se mueven deslizándose por el suelo de la sala con la libertad que le gustaría tener a mi corazón.

A mi mente. A mi cuerpo. Dividida por todos los lados, peor que nunca.

Cada desliz de mi cuerpo entre las notas de la canción evoca un recuerdo con Apolo que hace que se ilumine mi alma.

Marco hace que se reconstruya sola cuando estoy con él, la forma con cariño, le da paz.

Después, Apolo viene para darle el impulso de electricidad que necesita.

Cuando el ritmo aumenta, lo hace con él el ritmo de los pensamientos de mi interior.

Con Marco no hay dolor de alma, con él no hay sentimiento de dureza.

Con él es todo feliz, divertido, pasión.

Los rayos de Apolo entran cargados de adrenalina, motorizando un corazón que solo siente fuerte cuando está presente.

El único que puede hacerme sentir todas las emociones juntas al mismo tiempo.

Mientras hago uno de mis giros, mi mirada se fija en un punto fijo de la sala para no marearme.

Cuando miro hacia la puerta con cristalera de la sala, me parece ver detrás a Apolo.

Me detengo a parar la música y a salir de la sala para verificar si es él.

Cuando quiero salir, no hay nadie. Pero estoy segura.

Era él... era Apolo. Parado detrás del cristal observándome.

Aunque a los tres nos cueste asimilarlo, por muy duro y eterno que sea esta batalla, ninguno podemos dejarla.

Sin embargo, no creo que ahora mismo esté como las anteriores veces.

El Apolo que me habló esta mañana era un Apolo diferente.

Dolido, decidido a dejarme ir. Él decidió, al igual que yo.

Posiblemente sea el mayor error de nuestra vida, pero no tengo derechos de rebatir nada.

Yo fui la que generé esta guerra... una guerra eterna.