29 #2
—Eres una mujer muy polifacética, Liv. Solo tienes que sacarte partido —aclara Rebeca mirando hacia **mí—. Por cierto, ¿y Apolo? —pregunta cuando me pongo nerviosa en menos de cinco segundos.
—Eh... Sí... Apolo dijo que vendría en un rato —contesto cambiándome el pelo de lado por los nervios.
—Entiendo... Bueno, si llega dile que venga a hablar conmigo, por favor.
La tarde transcurría tranquila. Me senté sobre mi sofá de lectura y leí uno de mis libros.
Cuando no puedo evadirme de otra manera, recurro a mis libros.
Son una salvación enorme para mis malos momentos.
Cuando leo, imagino que me sumerjo en esos mundos, en los problemas de los protagonistas, creyendo que esos problemas son los míos.
No puedo evitar mucho más la preocupación por Apolo, así que decido llamarle.
Pero su contestador me hace evitar una situación que sería una bomba de relojería aún.
Decido dejar de intentarlo. A Apolo le viene bien el tiempo, pensar y saber lo que ha hecho.
Sobre todo, pensar en las consecuencias de no querer admitir lo que de verdad siente.
La noche se cierne en la mansión Montenegro.
La hora de la cena llega. No sé si Apolo está en casa o no.
En parte, me da algo de miedo verle en la mesa.
Va a ser aún peor que la sesión de fotos.
Cuando llego al comedor coincido con la llegada de Marco.
Su cazadora de cuero y su camiseta hacen que mi corazón pegue un vuelco.
Marco pasa por detrás de mí en la mesa. Cuando pasa cerca de mi culo, mueve la mano ligeramente, lo precisamente necesario tan solo para que sintiera el roce.
Tan solo esa maniobra ha hecho que me bajara la tensión de golpe y porrazo.
Le miro y él me mira, me guiña el ojo, sonríe y se sienta en la mesa a mi lado.
Rebeca también se encuentra con nosotros, a diferencia de Apolo.
Aún no sabe nadie dónde puede estar. Mientras cenamos, Rebeca está manteniendo una conversación sobre Reben Style con Marco.
Pero creo que este no quiere mantener ninguna conversación.
Marco vuelve a estar en su salsa. Por debajo de la mesa, una de sus manos, en la que reza escrita la palabra «Mine», se coloca sobre mi muslo.
Este reacciona al instante al tacto encogiendo mis piernas.
Su mano empieza a subir poco a poco, pero le intento dar un pisotón con el zapato, indicándole que pare.
Y así hizo. Paró y volvimos a comer como personas civilizadas.
Aunque ninguno de los dos podía contener las ganas de mirarse y de comernos la boca ahí mismo, teníamos que hacerlo.
A pesar de ello, Marco es imposible de contener, y él seguía haciéndome gestos.
Las miradas y risas seguían tímidas a medida que avanzaba la mesa.
Me rozaba con el brazo, rozaba mi pierna con la suya por debajo de la mesa.
Pasados unos minutos en los que parece que ya se ha calmado más, una servilleta se le cae al suelo.
Intenta ir a cogerla y, una vez debajo del mantel, comienza a besarme la pierna desde la rodilla hasta donde le dejaba mi mano.
Pero el jueguecito de Marco iba a frenarse de inmediato. Apolo aparece por la puerta del comedor, conmigo meándome de risa, Rebeca mirando y Marco... debajo del mantel, a mi lado.
—Qué bien os lo pasáis, ¿no? —pregunta Apolo con la expresión más rígida, dolida y apenada posible en él. Su estado me da impresión. Se nota que lo ha pasado fatal desde que salió del estudio. Está completamente desentrenado.
—Apolo... Madre mía, hijo. ¿Qué has hecho? —pregunta Rebeca mientras Apolo se sienta en una de las sillas. Mientras, no quita el ojo de encima ni a Marco ni a mí.
—Nada, madre. Tan solo celebraba el triunfo de tu sesión de fotos tomando algo con una amiga —la palabra «amiga», viendo cómo acaba de llegar a casa, resuena en mi cabeza como si me hubieran drogado.
Todo pensamiento desaparece. Ahora mismo, solo tengo la imagen de Apolo haciendo todo lo que me hace a mí, pero con otra chica. Dios, tengo que parar.
—Estaba preocupado por ti, hermano —reconoce Marco, cortado al verle debajo de la mesa justo en mi posición al entrar.
—¡Oh, no, por favor, Marco! No te preocupes por mí, tío.
No tienes que hacerlo. Además, dudo mucho que hayas tenido tiempo de hacerlo...
Últimamente estás muy acompañado, y ahora entiendo que mucho más y con más facilidad, ¿verdad?
—Rebeca empieza a sospechar que algo está ocurriendo entre sus hijos.
La mirada intensa, casi asesina de Apolo a Marco, y después a mí, está delatando lo que deberíamos mantener callado.
—No estoy acompañado precisamente por elegirlo yo. A mí no me gusta salir corriendo, hermanito. Cuando te quedas, descubres cosas que dejas atrás por gilipollas —contesta Marco con una de sus indirectas megadirectas. Esto se va a poner feo.