29
Olivia
Salgo del estudio totalmente destrozada por la conversación con Apolo.
Mis lágrimas acaparan toda mi cara como si estuviera debajo de una nube enorme y oscura.
Nada más salir está él. Marco espera preocupado en la puerta del estudio.
Viene hacia mí corriendo. Ve mis ojos, mis lágrimas.
Mi expresión de tristeza, de estar destrozada.
Percibiendo la sensación de que, posiblemente, Apolo me haya rechazado por completo.
Aunque él no merece consolarme por esto, sé que lo hará igual.
Aun sabiendo perfectamente lo que ha podido pasar porque habrá visto salir antes a Apolo.
Acoge mi cara con sus manos mientras yo sigo llorando mirándole a los ojos.
Limpia las lágrimas de mi cara con sus dedos.
Va quitando una a una. Poco a poco me voy sintiendo en mi hogar, en mi refugio.
Me lleva cuidadosamente hacia la limusina.
Sin embargo, no estamos yendo a casa. Marco dio una dirección distinta, una desconocida para mí.
No tengo la suficiente conciencia ahora mismo para averiguar a dónde estamos yendo.
Simplemente confío en él. Miro por la ventanilla durante el trayecto.
Marco, a mi lado, me abraza con su brazo.
No dice nada, no intenta averiguar, no hace de las suyas ni utiliza la ironía ni el sarcasmo.
Simplemente está, apoya, en silencio. Como si no estuviera pero estando de la manera que más lo necesito en ese momento.
El recorrido nos lleva por un camino en el que atisbo gran cantidad de campo, verde, árboles.
Me está llevando a uno de mis paisajes favoritos de este sitio.
Al llegar, abre la puerta saliendo él primero.
Me ofrece la mano para ayudarme a salir.
Le ofrece dinero al chófer y le pide que espere cuanto sea necesario, que corre a su gasto.
La cantidad es bien generosa. Me lleva abrazada hasta el borde de un terreno en el que se puede ver, prácticamente, toda la ciudad. Nos sentamos sobre el suelo.
—No es nuestro sitio seguro, pero no está nada mal, ¿verdad? —pregunta sonriéndome, meneándome para no parecer de trapo.
Respondo con una sonrisa sin ganas y encogiendo los hombros.
—Apolo también salió llorando —afirma levantándome la cara desde la barbilla—. ¿Qué ha pasado, Liv?
—Nos vio hablar en el estudio. Nos vio demasiado juntos y eso le cabreó. Me estuvo diciendo todo el rato que te he elegido a ti, que actúo como si solo te quisiera a ti. Parecía que me estaba diciendo que le estaba utilizando como un pañuelo de mocos —respondo sin fuerza.
—Un pañuelo de mocos tiene más utilidad que Apolo —contesta bromeando, haciendo que se me escape una sonrisa.
—Liv, Apolo te quiere. Conozco a mi hermano como si lo hubiera parido por... Bueno. Sé cómo piensa, sé cómo siente. Apolo te quiere.
—Me ha dejado claro que no, Marco. Se ha ido corriendo por no enfrentarse a lo que realmente siente —esta es la triste realidad de mi posible relación con Apolo. Quizás es que mi futuro no es con él, sino con Marco.
—Apolo cambia más que el tiempo, Liv. No te creas ni la mitad de lo que dice... —contesta volviendo a defenderle. Me pregunto por qué lo hace. Supuestamente, él también me quiere; sin embargo, sigue defendiendo a Apolo. Giro su mentón hacia mí.
—¿Por qué defiendes a alguien que quiere lo mismo que tú? —pregunto mirándole fijamente a los ojos. Noto cómo su mirada baja sin querer a mis labios, para después volver a mis ojos.
—Porque sé que realmente es él al que amas, Liv. No pudiste reaccionar anoche al verle en tu baño, lloras a mares por él —sigue narrando mientras mira al horizonte—, vuestras miradas hablan más que las palabras. Y yo solo quiero que seas feliz, Liv.
—Pero no es justo, Marco. Tú no mereces esto, no me mereces.
Mira a mis ojos, y de mis ojos a mis labios de nuevo.
—La vida es tan perra muchas veces, que te hace desear cosas prohibidas —contesta sin apartar la mirada.
Un silencio largo se hace entre nosotros.
El viento recorre nuestros cuerpos. Siento el frío en mi cara además de estar mojada por las lágrimas.
Sus ojos me hipnotizan, me resguardan de la tormenta.
Hacen que todo esté bajo control. Puede que en realidad sea a él a quien necesito a mi lado.
Nuestros cuerpos empiezan a acercarse poco a poco, movidos casi por inercia.
Como si fuéramos dos polos que se atraen.
Nuestras miradas funcionan al unísono de nuestro corazón.
Siempre es él, siempre que estoy mal, eternamente él.
Asciendo mi mano por su pecho, lentamente llegando a sus labios.
Con mi dedo índice toco su labio inferior, bajándolo lentamente.
Sus ojos se vuelven más oscuros. Su impulso ya está suelto, esperando la orden de su cerebro para actuar.
Noto con mi otra mano cómo su cuerpo empieza a responder a la cercanía del mío.
También el mío responde, haciendo que todo en mí vibre con cada centímetro de piel que tocan mis manos.
Nuestros labios se están rozando. La mirada de Marco penetra en el interior de mi alma; el color verde de sus ojos se intensifica con la luz del sol dándole de lleno.
Agarra mi cuello con su mano y, después de tanto tiempo, nuestro beso se hace realidad.
Ya no se trata de un casi beso, ahora mismo ya es una auténtica realidad.
Los labios de Marco están amando los míos, sin barreras, sin impedimentos... sin pactos.
—Liv... —intenta hablar pero mis labios se lo impiden—. Liv, espera... Liv, el pacto...
Un silencio se pronuncia entre nosotros. Sin dejar de mirarnos los labios.
—Eso está ya más que muerto.
Respondo y vuelvo a besarle. Esta vez con más pasión.
Pongo una mano sobre su polla... Dios, está dura.
Se me hace tan raro tratar así a Marco. Sigo haciéndolo aún más deprisa al ver que se estremece con cada movimiento.
Cada beso se hace más subido de tono. Marco pasa de ser el buenazo que escucha, a ser el monstruo que quiere hacerme suya.
Sube sus manos por mi espalda. Yo levanto su camiseta buscando quitársela y ver todo lo que esconde por dentro.
—Nos pueden ver, Liv —indica Marco haciendo una pausa.
—Me da igual...
—A mí no... Espera, Liv —vuelve a pararme para pensar por un instante—. Vale, ven.
Coge mi mano y tira de mí hacia la limusina. Entramos dentro. ¿En serio me va a llevar a algún sitio?
—¿A dónde vamos? —pregunto mientras nos miramos profundamente.
—Tú, no sé —contesta sonriendo—. Yo tengo el destino justo aquí.
Me empuja hacia el asiento trasero mientras se baja los pantalones.
Acto seguido, me agarra para ponerme encima de él, levantándome el vestido para poder acceder al interior de mis bragas.
Mientras Marco me toca de esta forma, no puedo evitar que la sombra de Apolo me persiga.
Me siento horrible, pero mientras estoy con Marco, pienso en Apolo más de lo que yo quisiera.
Está pegando su polla a mi vagina. Justo al primer contacto, siento un gemido salir de mí. Marco me tapa la boca con su mano, mientras tiene la otra agarrándome el culo.
—No puedes hacer ruido... Estamos en una limusina. Hay que ser rápidos.
Empieza a rozarse contra mí. Siento una presión enorme contra él.
Me está pegando a él con la rabia que lleva contenida todo este tiempo.
Sube su mano por mi espalda y la coloca en mi nuca, apretando ligeramente.
Todo esto mientras seguimos fundidos en un beso infinito.
Siento tan cerca el clímax que no quiero parar.
De todas maneras, no podría hacerlo. Marco lleva todo el control.
No puedo aguantar más y le digo que voy a hacerlo ya.
Él asiente y me informa de que él también va a acabar.
Antes de echarlo todo, nos tapamos la boca mutuamente para evitar que nada se escuche fuera de estos asientos.
Justo al acabar, Marco se sube rápidamente los pantalones y yo me coloco el vestido lo más rápido que puedo.
La limusina estaba a punto de parar. Mientras estamos vistiéndonos, sigo pensando en él.
Apolo estaba en mi cabeza, no Marco. No entiendo por qué me está pasando esto.
Creía que, después de esto con Marco, algo dentro de mi mente cambiaría.
Pero no. Todo sigue igual. Miro tímidamente a Marco y él lo nota.
—¿Estás bien? —pregunta al verme pensativa.
—S... Sí, sí, claro. Estoy bien, tranquilo. Es solo que todo esto me ha dejado descolocada totalmente.
—Normal, soy el mejor de los hermanos —dice irónicamente.
Si tengo que ser sincera, no ha sido todo el tiempo Marco.
Me hubiera gustado, pero Apolo no puede salir de mi cabeza aún.
Tengo que olvidarme de esto ya. Ya no solo por mí, sino por Marco.
Me da un beso antes de que tengamos que volver a ser los hermanos buenos y bajar del coche.
Nos vamos a casa; para que todo esto pase un poco, decidimos separarnos hasta la noche para cenar.
Sin embargo, cuando entramos a la casa, Rebeca nos recibe en la entrada, junto a mi padre.
—¡Y ahí están mis chicos! —exclama Rebeca dirigiéndose a nosotros con los brazos abiertos. Nos fundimos en un abrazo con ella.
—¿Hace falta atosigar tanto, madre? —pregunta Marco rechazando, sin poder moverse, el abrazo de su madre.
—No lo hago para ti, tranquilo. Quiero más a Olivia —responde irónicamente dando una palmadita a Marco por la espalda, mientras va a subir las escaleras para desaparecer de mi vista. Saluda a mi padre con un apretón de manos y una sonrisa en común.
—Lo habéis hecho genial, hija. Tu madre me decía alguna vez que te veía pinta de actriz —bromea mi padre después de haber visto las imágenes.
—No digas tonterías, yo solo soy una psicóloga, nada más.