ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 28 #2
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—¿Sí? ¿Y hay que hablar sujetándole el cuello por si se le cae? ¿Y eso de que sería un error muy bueno qué es?

—Joder, sabes cómo es Marco. Lleva un día muy pesado hoy.

—Que no, Olivia, joder, no. Todas esas putas miradas, todos esos putos roces... Tú no te ves, Olivia, pero cuando tienes a Marco delante te tiembla hasta el alma, ¡no me jodas!

—¿Y te crees que le prefiero a él, verdad?

—¿Me estaría equivocando? —pregunto apretando mi mandíbula aún más. Me acerco aún más a su cara—. Él siempre ha sido tu elegido. Él siempre ha sido a quién has elegido cuando estabas mal, siempre has perdido tu mirada con él, siempre te has reído con él, Olivia, siemp...

Mis palabras se interrumpen. Olivia empieza a besarme como si su vida dependiera de ello.

En ese momento toda mi ira y rabia desaparece.

Todo mi alrededor se vuelve oscuro, negro, apagado.

Solo estamos Olivia y yo. Siento su pasión en cada beso, en cada roce de sus manos con mi pelo.

Siento su deseo en cada suspiro. Una lágrima suya empieza a mojarme mi mejilla.

—Nunca vas a darte cuenta... —dice llorando. Abrazando mi cuello, con las frentes juntadas—. Siempre he sentido por ti, idiota.

—No, Liv. No puedes decir que lo sabes tan bien cuando no puedes apartarte de Marco. Cuando te lo pedí en la habitación, ¿qué hiciste? —pregunto mirándole a los ojos—. No te alejaste de él, preferías alejarte de los dos antes que elegir.

Niego con la cabeza mientras ella sigue llorando.

—No puedo obligarte a elegir... No soy tan hijo de puta.

—Dime que estás enamorado de mí, Apolo... Dímelo y cambiarían muchas cosas —me agarra las manos con fuerza.

—A veces el amor no te lo da todo, Liv —respondo negando con la cabeza—.

No voy a ser yo quien alimente tu caos. Nuestra relación quedó clara hace tiempo.

Quizás sea mejor así... Tú misma lo dijiste.

Quizás nunca debimos dejarnos llevar por el corazón, quizás debimos seguir siendo solo... eso... hermanos.

—No lo dices en serio. Está hablando tu orgullo de mierda por verme con Marco —responde agarrándome de nuevo la cara.

—Muchas veces nuestros actos hablan solos, Liv. Los tuyos no solo hablan, sino que dejan claras muchas cosas. Tenemos que irnos.

Suelto sus manos. Cuando empiezo a alejarme, tres «no» me persiguen a mis espaldas.

Una lágrima empieza a caer sobre mi mejilla.

Más como ella la acompañan. Mi cuerpo está respondiendo al caos.

Al caos del amor. Al caos de no saber qué es mejor, si dañar a otras personas buscando tu propio bien.

El caos de no saber decidir entre lo que necesitas y lo que amas.

El amor es precioso, y yo no lo dudo. Pero hay algo que es muy cierto, y es que a veces, si realmente amas de verdad, con el corazón, con la mayor sinceridad del mundo y de todo tu ser, has de aprender a dejar ir.

Dejar ir algo que no puede ser tuyo, al menos en su totalidad.

Dejar ir, con mucho dolor, lo que más amas.

Sin embargo, Olivia, Marco y yo nos encontramos en un triángulo vicioso en el que todos sabemos que deberíamos dejar ir, pero no podemos.

Lo de ahora es un arrebato, lo sé, y sé que no voy a poder cumplir mis palabras.

Sé que no he sido sincero con Olivia. La amo, la deseo, más de lo que hubiese podido imaginar aquel primer día en el que la recibí con un puño en su hombro.

Sin embargo, su corazón no me pertenece del todo a mí, no es capaz de coger el camino que yo busco.

No tiene claro si prefiere lo que necesita o lo que ama.

Cómo puedo hacer esto. Marco sufre, Olivia sufre, todos sufrimos de una manera u otra.

Podrá amarme a mí, pero en su corazón sigue existiendo Marco.

Aun así, pienso en qué pasaría si le confieso mi amor.

Si le digo que la amo. Si le digo que no puedo estar sin ella.

No puedo no oler su perfume, no escucharla cantar por las tardes o no sentir cómo el suelo vibra con sus pasos de baile cuando lo hace como una loca por las tardes.

¿Cambiaría todo de verdad? ¿Alejaría su corazón de Marco para que fuera solo mío?

Realmente, en el fondo de mí hay algo que está temiendo.

Temiendo que, por mi cabezonería, por ser tan jodidamente duro y estúpido, el día que sí quiera decirle todo lo que siento y que sea solo para mí, sea demasiado tarde.

Pero ahora mismo no puedo actuar diferente a como siento.

Por más que me hubiera gustado decirle todo, decirle la verdad y que ese beso hubiera seguido todo el rato que nos diera la gana.

Tengo cachitos de mi alma rota, y esos son los que me impiden hacerlo.

Salgo del estudio. Marco se encuentra al lado de la limusina. Al principio se gira y mira con su prepotencia de siempre, pero al verme en estas condiciones, su gesto desaparece, adoptando uno de preocupación extrema.

—¿Qué te pasa, hermano? —pregunta preocupado acercándose a mí corriendo.

—Llévate a Olivia a casa, yo iré después —respondo sin detener mis pasos.

—¡¿Pero qué te pasa, Apolo?! —vuelve a exclamar preocupado.

No respondo a su pregunta y sigo mi camino.

Necesito huir. Alejarme de ellos por un momento.

Necesito asimilar todo lo que ha pasado hoy.

La sesión, verles tan juntos, la conversación con Olivia.

Todo duele, todo quema. Necesito curarme.

Llamo a un Uber. Mientras espero, me llueven recuerdos de Olivia sobre mi cabeza.

Las veces que me ha dejado caer que le gustaba, las veces que me ha hecho comentarios provocándome aposta para ver si saltaba.

Las veces que hemos estado a punto de algo.

Muchos casi besos, muchas caricias, muchos toques donde no debería haberlos.

Quizás sea verdad lo que dicen sus palabras.

Quizás solo me quiera a mí realmente, pero no puede deshacerse fácil de Marco sin saber si voy a estar ahí para ella ayudando a que no tenga su sombra detrás.

Una vez dentro del Uber, le indico la dirección de mi chalet.

Es el único lugar seguro que me queda. El sitio donde puedo ser yo mismo, llorar, reventarme por dentro.

Pensar en todo lo que está pasando. En si, haciendo lo que me pide Liv, acabaría con esas miradas, esos sentimientos que gritan callados cuando se miran.

Está claro que Marco la quiere, nos quiere; si no, habría hecho lo que hubiese querido hace tiempo.

Sé que si pongo a Olivia en esa tesitura va a salir tocado y hundido.

Llego a mi chalet. Caigo sobre mi sofá. Toca pensar.

La pelota está sobre mi tejado. Tengo que decidir entre ser orgulloso y cabezón y, quizás, perder a Olivia, o hacer caso a mi corazón, a ella, decirle todo lo que siento y pienso, y ver todas las opciones de todo lo que podría acarrear esa decisión.

La presión una vez más me consume. Esta vez es la presión del amor, la de tener o temer, la de poseer...

o perder. Abro por primera vez en mucho tiempo una botella de vino; por cada copa, calmo mi rabia.

Sé que no debo, sé que no es propio de mí.

También sé que estoy demasiado saturado.

Necesito dejar de ser el niño perfecto. Necesito atribuirme el derecho de mandarlo todo a la mierda por una vez y ser yo mismo.

Solo así podré aclarar mi mente y, en el caso de que lo haga, decidir qué es mejor para mí.