ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 28
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Apolo

Esto ya está siendo la puta gota que colma el vaso de mi paciencia.

Si no fuera por mi madre, ya habría reventado la cara a medio personal de los que están aquí.

Los labios de Olivia están tan cerca de los de Marco que estoy sintiendo ganas de mandarlo todo a la mierda y correr a separarlos.

El fuego de mi cuerpo arde más que nunca al verlos así.

Jamás pensé que iba a estar tan celoso de mi propio hermano.

Algo en mí me está gritando que pare con todo esto.

Sin embargo, siempre soy yo el que tiene que mantener la apariencia de siempre, hasta que llegue un día que no pueda más.

Una idea me viene a la cabeza para intentar frenar esa mirada que confiesa todo lo que ambos sienten.

Encima de una silla a mi derecha hay un adorno de decoración.

Lo tiro al suelo y todos desvían la atención al ruido.

Todos me miran. Hago un gesto de disculpa que es más falso que el buen rollo que parecemos tener los tres.

—¡Suficiente! Perfecto, chicos. Ahora los hermanos fuera. Quiero solo a Olivia posando, por favor —aclara Mario. Una aclaración que no me gusta un pelo.

—¿Esto lo ha pedido mi madre o es cosa tuya? —pregunto susurrando cerca de Mario.

—Todo órdenes de la señora Montenegro, hijo. Solo sigo su esquema —responde apresurado por coger su cámara.

Pues el esquema de mi madre me parece una porquería.

No contaba con que habría fotos solo de Olivia.

¿Se sabe acaso quiénes podrán tener acceso a estas fotos?

Es algo que tendré que hablar claro con todos ellos.

No me apetece que haya fotos de Liv circulando por ahí sin control alguno.

Marco y yo nos posicionamos justo detrás de las cámaras.

Nos miramos de lado. Aguantamos la mirada, ambos serios.

Nuestras expresiones ahora son de complicidad.

De saber que estamos ante lo que deseamos y que nos remueve todo por dentro al verlo.

Es una manera de decirnos que nos perdonemos por las caras que, posiblemente, pongamos ahora mismo.

—¡Vamos allá! Olivia, ponte en el centro.

Apoya tu peso en una sola pierna y deja que la otra se adelante un poco.

Quiero que se vean bien esas piernas —las palabras del fotógrafo de mi madre están haciendo que tenga ganas de convertirme en pirómano—.

Ahora quiero que gires el torso, no demasiado, tan solo para que se vea la línea de tu cuerpo.

Marco respira lentamente, como si no quisiera perderse nada de lo que estaba viendo. Yo, de brazos cruzados, controlando todo a lo que los ojos de estos putos hombres de mierda están mirando.

—Baja un poco el cuello. No mires directamente a cámara, mira un poco a la izquierda —justo en esa dirección se encuentra conmigo.

Mis ojos se clavan directamente en sus labios entreabiertos, en sus ojos brillantes.

En su piel color marfil—. Quiero que mires como si estuvieras viendo algo que te hace sentir poderosa... diría que incluso peligrosa.

Si no fuera porque está posando, creería que esa expresión imponente, que grita que está ardiendo por dentro del placer de ver lo que más le gusta, va directamente dedicada a mí.

Mi piel se eriza cada vez más. Mi cuerpo se tensa.

Mi latido se acelera cada vez más al mismo ritmo que sus labios se mueven lentamente, dibujando una sonrisa atrevida, peligrosa, en esa cara que necesito que me pertenezca.

—Pasa una mano por tu cintura. Despacio... No es un gesto para nadie, es para ti.

A mi izquierda se encuentra un tío que no para de mirarla como si quisiera comérsela con la mirada.

Esto está empezando a cabrearme de lo más lindo.

Me acerco a él con la expresión más bruta que puede tener mi cara.

Mi mandíbula se tensa cada vez que estoy más cerca.

Marco me sigue los pasos a mi espalda. Me agacho para llegar a su hombro.

—¿Trabajas para mi madre, ¿verdad? —susurro sobre su hombro.

—Eh... Sí, claro. Trabajo para Rebeca —responde la boca sucia del hombre denigrante.

—Si quieres seguir trabajando el resto de tu triste vida, más te vale que apartes esa mirada de mi hermana.

De lo contrario, me encargaré de que no te echen de menos ni la persona que más te quiera, ¿estamos?

—finalizo dándole una palmadita fuerte, con toda la intención, sobre su hombro, provocando que se mueva hacia delante.

Me hace un gesto de aprobación asustado.

Una vez ha entendido el mensaje, vuelvo a mi posición junto a Marco. Si no empiezo a poner control aquí, todo se va a descontrolar. Y bastante tengo ya con aguantar a Marco en modo rencoroso extremo.

—¿Celoso, hermanito? —pregunta Marco regodeándose.

—Para ya, por favor. Anoche no pasó nada, joder. Solo fui a llevarle el vestido azul, estaba en la ducha y me mojó sin quererlo porque se asustó y abrió el grifo sin querer al verme. No pasó nada más, ¿vale?

—Hombre, claro. Se asusta de alguien que ha abierto DOS de las puertas que había antes de llegar a ella. ¿Qué pasa, que ahora eres silencioso como un gato? No me jodas, Apolo.

—Te estoy diciendo la verdad, Marco. La vi desnuda, mi impulso hizo que fallara mi control y me acerqué a ella, pero no hice nada, joder. El resto es todo verdad.

—¿Y por qué coño te falla un control del que fardas de tener siempre a tu alcance? ¿No vas diciendo que no sientes nada por ella? ¿Por qué la viste desnuda y no te fuiste? ¿Te la querías...

—¡Shhh! Calla, joder... —exclamo rápido antes de que alguien más nos escuche—. No quería follármela, idiota. Es Olivia, tío. No vivo pensando en llevármela a la cama. Mi sentimiento es más sincero.

—¡Perfecto, todo listo! —exclama Mario desviando nuestra atención rápidamente a él y Olivia—.

Ha sido una sesión increíble, chicos. Valéis tanto como vuestra madre.

Me habéis encantado. Por cierto, Apolo, tu madre me dijo si podrías hacer tú el papeleo de la sesión conmigo.

Me dijo que tú ayudas con varios trámites.

—Sí, claro. Iré contigo —respondo afirmativo. Miro a Olivia y después a Marco. Acto seguido, nos vamos juntos.

Voy con Mario para arreglar asuntos de papeleos.

Derechos de imagen y demás permisos de la marca.

Al entrar a la oficina, mientras leo los papeles, recuerdo algo.

En la ciudad se encuentra el hijo de los Langford, el hijo del hombre que abusó de Olivia cuando era pequeña.

Un mal presentimiento se apodera de mí. Necesito tener la seguridad de que estas imágenes no lleguen a esas manos.

Si asocian a Olivia a la familia Montenegro, la pondré en peligro a ella y a todos nosotros.

—Una cosa, Mario. Estas fotos solo van a marcas de estilismo y ropa, ¿verdad? —pregunto intentando averiguar más.

—Por supuesto, esa es la finalidad de la promoción.

—Perfecto. Me gustaría añadir una cláusula, si no te importa —hace un gesto de aprobación, invitándome a hablar—. En el caso de que estas fotos tengan que distribuirse por algún otro medio, yo seré la única persona que pueda encargarse de ello.

—Venga, sí. Me parece bien.

Hecho así, cerramos el contrato. Cerramos el papeleo y todo está listo para volver a casa y que se acabe este infierno ardiente de una vez.

Me dirijo al estudio para ir a por Marco y Olivia.

Ha sido una sesión cargada de muchos sentimientos encontrados.

Espero que le haya quedado claro a Marco lo que pasó anoche.

No quiero seguir aguantando su resentimiento.

No por nada que no haya pasado. Vale que a lo mejor toqué donde no debería haber tocado, pero la realidad es que no hice absolutamente nada con ella.

Aunque no me faltaron ganas, como ahora, como pasará después y así durante el resto de días de mi vida estando a su lado.

Bajando las escaleras me voy despidiendo de todos los que han ayudado con la sesión de fotos.

Llego donde estábamos antes, pero algo me dio un bofetón en la cara...

uno de realidad. Con la puerta entreabierta puedo ver en el interior a Olivia rodeando el cuello de Marco con sus brazos.

Se miran sonriendo. Hablan de algo que no consigo entender desde aquí.

Abro la puerta despacio, lo suficiente como para escuchar algo mínimo.

—Te dije que no te ocultaría nada más. Además, él me dejó claro que no me quería como podría haberlo hecho —escucho hablar a Olivia. No me cabe ninguna duda de que es sobre mí.

—Sabes que no es verdad. Mi hermano podrá decir mil cosas, pero sentir todo lo contrario. Lo conoces —contesta Marco.

—Si no me dice nada... yo no puedo darlo por hecho. No puedo más con esta indecisión, Marco.

—Como ya te dije... de ser un error, sería uno muy bueno. Es mejor que nos vayamos fuera a esperar a Apolo... Vamos —responde Marco yéndose por el otro lado.

Olivia se queda mirándole desaparecer. Como si sintiera mi presencia, gira su cuello para encontrarme en la puerta.

Un gesto de sorpresa aparece en su cara fulminante.

Mi cuello está rígido, mi mandíbula tensa como las cuerdas de una guitarra.

Mis puños se cierran con fuerza al verla.

Un «joder» se escapa de su boca cuando me doy la vuelta para desaparecer rápidamente.

—¡Apolo! —exclama a mis espaldas, pero no hago caso.

Sigo andando a paso acelerado atravesando puertas a mi espalda. Ella me sigue corriendo. Sin esperarlo, me agarra el brazo y me voltea hacia ella. Quedamos juntos, pegados, a centímetros el uno del otro. Mi rabia parece apaciguarse algo teniéndola tan cerca.

—No sé qué cosas habrás escuchado, pero quiero que no malentiendas nada —aclara posando sus manos cálidas y suaves sobre mi cara.

—Aquí no hay nada que malentender, Olivia —respondo quitándole las manos de mi cara—. A veces las imágenes valen más que mil palabras dichas.

—No, joder, no. No estaba pasando nada entre él y yo. Solo estábamos hablando, Apolo.