ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 27 #3
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—Perfecta —aclara Mario detrás de la cámara central—. Marco, a su lado, apoyado en el sofá, con un brazo descansando sobre el respaldo, relajado. Quiero que la contemples como si fuera una diosa.

Me siento en el sofá con las directrices de Mario. Parece que sus órdenes no están gustando a Apolo, que tensa la mandíbula al escuchar que la tenga que mirar de esa forma.

—Apolo, detrás; inclínate ligeramente hacia ella, como observando su presencia sin invadirla —dirige Mario una vez más—.

Ahora tú, Olivia. Eres la que manda. Que ellos existan a tu alrededor, pero tú eres el fuego.

Mirada intensa, gesto seguro. Que cada centímetro de ti diga: «no me toques, pero mírame».

Creo que este hombre nos quiere terminar de joder.

Parece que la vida nos lo está sirviendo en plato de oro.

Apolo y yo nos miramos, cómplices de saber que no estamos tan lejos de sentir lo que este hombre nos está ordenando.

Por la pantalla del portátil de Mario, puedo ver cómo Olivia adopta esa expresión.

Todo en mí se revoluciona. Hasta que veo que Apolo me está mirando por detrás y decido parar.

Esto va a estar más complicado de lo que yo creía.

La primera tanda de fotos se produce cambiando tan solo algunos gestos, algunas miradas.

En una de ellas, Olivia tiene que mirar hacia mí, mientras Apolo se acerca a ella por detrás.

En otra de ellas, he de ponerme detrás de Olivia y agachar un poco mi cabeza, como si quisiera susurrarle al oído.

Al hacerlo, noto como si el cuello de Liv se estremeciera ligeramente, pero evitando que se note demasiado.

A mi espalda siento el frío de la mirada punzante y asesina que debe de estar echándome Apolo.

—Perfecta la primera tanda. En la siguiente os diré de qué trata cuando estéis vestidos. ¡A por ello, chicos! —exclamó Mario, haciendo que volvamos a separarnos para volver a vestirnos.

Esta vez no nos vamos como antes. Las miradas de fuego entre Apolo, Olivia y yo se dispersan candentes por toda la sala.

Menos mal que nadie sabe lo que pasa entre nosotros.

Sería un cotilleo de la leche. Cuando veo la ropa que me ha vuelto a elegir, observo una camisa de seda con varios botones abiertos, pantalón negro entallado, con un reloj súper carísimo y elegante.

Me visto de esta manera y así salgo afuera.

Me dirijo una vez más donde está Apolo. Él viste con chaqueta de cuero, pantalón ajustado y botas. Una copia completa de mí.

Nuevamente vemos aparecer a Liv a lo lejos.

Esta vez venía mucho más preciosa que antes.

Con un vestido de satén rojo profundo, la espalda descubierta y una abertura alta en la pierna.

Viene andando hacia nosotros como si estuviera desfilando.

Mario le pide que se sitúe en medio de nosotros dos.

Como si nuestros tres cuerpos fueran imanes, creo que los tres sentimos como si algo atrajera el cuerpo del otro.

Olivia mira de refilón desde Apolo a mí, fijándose en cada detalle de los trajes que nos han proporcionado. Está irresistible.

—Vale, chicos. Vamos a ver. En esta quiero que se os vea con deseo, como si estuvierais enamorados.

No va a pasar porque sois hermanos, así que vamos a aprovechar —responde Mario—.

Quiero que tú, Olivia, te sientes en medio de los dos.

Que un brazo lo pases por el cuello de Marco, mientras el otro se queda posado en la pierna de Apolo.

Marco, tú tienes que quedarte mirando a Olivia como antes, es tu reina, tu diosa, mírala como tal.

Tú, Apolo, tienes que mirar de frente a cámara, ¿listo?

Hacemos un gesto de aprobación los tres.

Aunque la función de Apolo es mirar de frente a la cámara, no lo está haciendo bien.

No aparta la vista de la mano de Olivia, controlando que no vaya a demasiado más.

En el fondo no me está gustando hacerle esto, no quiero que sufra, pero él salió empapado de la habitación de Olivia. ¿Qué voy a pensar si no?

Varios flashes nos atacaban de todos los ángulos. Las miradas seguían cargadas, pero todo iba a explotar cuando Mario dio su última directriz.

—¡Vale, chicos! Ahora una última cosa... —dice acercándose a nosotros tres—: Olivia, tienes que torcer el cuello más, mirando hacia Marco; abre un poco tus labios como si tuvieras unas ganas inmensas de besarlo ahora mismo.

—¿Cómo que besarlo? —despierta de repente Apolo para preguntar eso—. ¿Hace falta que hagan un beso para vender esto?

—Tranquilo, no será un beso. Solo va a parecerlo —responde de nuevo Mario.

Las miradas de incomodidad se cruzan entre nosotros.

En el aire leemos palabras de «no es mi intención» sueltas por toda la sala.

Claro que tengo ganas de besarla, claro que ella las tendrá de mí y de Apolo.

Olivia traga saliva. Apolo tensa su puño mirando a Mario.

No queda nada para que su control se acabe.

Olivia está dispuesta a hacerlo. Y yo...

no puedo escapar de sentir su boca tan cerca.