ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 27 #2
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—¿Ah, no? Qué pena. Hay veces que sacan a los modelos algo mojados... Creo que eso te quedaría genial... —respondo mirando a Apolo, sonriendo con una mezcla de celos e ironía—. No sé cuánto durará, Liv. Pero lo pasaremos bien, te lo aseguro —respondo acercándome ahora a ella.

Seguimos el camino hacia el estudio. Ya debe de quedar menos para llegar.

En uno de los cruces, la limusina frena para parar en un paso de peatones.

Una vez más, el movimiento de la limusina hace que el iPhone de Apolo se caiga al suelo.

Como si fuera un lince, Liv se agacha rápidamente a por él, dejando su espalda completamente al aire.

Automáticamente mis ojos se dirigen a Apolo.

Le encuentro mirándole lo que se supone que él no hace: lo mismo que yo.

Le da el móvil a Apolo, pero el contacto dura más de lo esperado.

La mano de Liv se junta con la de Apolo.

La mirada se fija en la de cada uno durante unos pocos segundos.

Como si estuvieran manteniendo un recuerdo conjunto de lo que pasó ayer en su habitación.

Una tos mía interrumpe el trance de ambos que, como si estuvieran avergonzados, me miran automáticamente, para después volver cada uno a su sitio.

Al fin entramos al aparcamiento del estudio.

Es un edificio jodidamente enorme. A lo alto del mismo se encuentra un letrero enorme en el que reza: «Reben Style».

No cabe duda de que mi madre sabe lo que hace.

La limusina para y el conductor nos informa de que ya podemos bajar.

Apolo y Olivia se ponen de acuerdo para, precisamente, abrir la misma puerta.

La de sus lados. Olivia pone primero la mano, acto seguido Apolo coloca la suya sobre el dorso de Olivia.

Una vez más se miran. No se separan. Me está tocando los cojones demasiado ver que entre ellos es indudable que hay algo.

Salgo del coche enfurecido y cierro la puerta con fuerza; no demasiada, no quiero que se note que me está molestando.

De la limusina sale primero Apolo, que espera antes de cerrar la puerta para ofrecerle la mano a Olivia y ayudarla a salir.

Lo hace mientras me mira, como si estuviera atribuyéndose un punto.

Nuestras miradas se cruzan. Olivia nos mira de un lado a otro, como si estuviera presenciando un partido de tenis.

—¿Podéis salir del trance? Hemos llegado... —exclama Liv repasando nuestras miradas.

—Sí, perdona. Me he perdido en la caballerosidad de Apolo.

—¿Te molesta, hermano? Solo trato bien a la gente que quiero —dice Apolo acercándose ambos hacia mi lado.

—No lo niego, pero deberías hacer mucho más por las que quieres. Podrías invitar a muchas de tus noches pasadas por agua —respondo nuevamente con una indirecta.

—¡Vamos! —exclama Olivia agarrándonos de la mano a los dos. Tira de nosotros unos pasos más adelante para que comencemos a andar—: Y dejaos de portar como críos, por favor. Debemos ser serios ahora.

Aunque las palabras de Olivia tengan razón, no puedo evitarlo.

Apolo ahora mismo solo me genera ganas de gritarle.

De pedirle muchas explicaciones. Tanto él como Olivia saben lo que hicieron anoche; me jode en el alma que ninguno haya tenido los huevos suficientes para decirme nada.

Entramos al estudio y lo primero que vemos es una imagen enorme ocupando toda la pared nada más entrar de mi madre, con un pedazo de vestido color rojo intenso.

Justo debajo de ella vuelvo a leer el nombre de la marca.

Alrededor de la imagen, varias valoraciones de revistas conocidas y de marcas prestigiosas decoran el resto de la pared.

Vemos que uno de los empleados de mi madre viene a recibirnos.

Va muy trajeado como para ser un fotógrafo.

—¡Bienvenidos a Reben Style! Imagino que sois los hijos de Rebeca, ¿verdad? —pregunta saludando el empleado.

—Buenos días. Soy Apolo —contesta estrechándole la mano—. Estos son mis hermanos, Marco y Olivia.

—Encantado —digo estrechando la mía también—. De hecho, somos mucho más que simples hermanos. Nos adoramos —miro de Apolo a Olivia sonriendo. Al ver los ojos casi fuera de la órbita de Apolo y lo colorado de los pómulos de Olivia, no puedo evitar una sonrisa muy malévola.

—Yo soy Olivia —dos besos regalados se posan sobre la mejilla de este hombre cualquiera. Espero que no tenga ojos para algo más que los papeleos que debe de llevar.

—Estupendo, chicos. Mirad, esta nueva colección de vuestra madre es una de las más importantes que se van a hacer en la historia de la marca.

Varios socios de Louis Vuitton, Gucci o Versace estarán atentos por si reclaman el trabajo de vuestra madre.

Solo para que os hagáis una idea —informa de la sesión el empleado.

—No sabía que Rebeca enviaba vestidos a estas pedazos de marcas —dice tímidamente Olivia para nosotros.

—Mi madre tiene mucho prestigio en la moda, Liv. Le ha costado mucho, pero ahí está —responde Apolo.

El señor nos hace un gesto para que le sigamos al interior del estudio mientras sigue informando de la manera en la que se va a realizar la sesión.

—Bien. Antes de nada, mi nombre es Mario Kestino.

Soy el que va a dirigir la sesión, el que os va a indicar cómo situaros en la foto, las poses que debéis adoptar y los vestidos o trajes en vuestro caso —apunta señalando a nosotros dos— que vais a tener que poneros.

Si tenéis alguna duda, por supuesto, me la podéis comentar.

Entramos al set donde nos vamos a fotografiar.

Veo un montón de cámaras de todos los tamaños.

Algo así como tres o cuatro focos de luz apuntando al sitio donde nos tenemos que colocar.

Precisamente todos los fotógrafos tienen que ser hombres.

Mis celos, ya despertados por la tensión de toda la mañana, están a punto de desbordar con cualquier imprecisión que vea de ellos.

Mario nos ordena prepararnos para empezar la sesión.

Nos marca dónde tenemos que ir para cambiarnos la ropa y ponernos la que quieren enseñar en las fotos.

Es la primera vez en el día que nos separamos, pero para volver con mucha más fuerza.

Me dirijo hacia mi box; en él encuentro un traje de corte elegante, impecable, negro.

Me ordenan llevar la camisa parcialmente desabrochada.

Menos mal que no tengo tatuajes en el pecho.

Cuando me pongo el traje, salgo directo a la primera tanda de fotografías.

Ya preparado me encuentro a Apolo, vestido con chaqueta oscura, pantalón ajustado, camisa abierta, un poco estilo rock.

Para nada lo que es él. Me mira con detenimiento pero no cambia un solo gesto de su expresión.

Solo queda Olivia, y conociendo a mi madre, me espero lo que sea.

Al cabo de cinco minutos aparece Olivia.

Viste de seda con una apertura lateral. Escote discreto pero provocador.

En los pies, tacones finos adornan sus pies.

La cara de Apolo es un retrato. No puede contener la sensación de que Olivia le hace perder el control.

Mi cabeza no quiere mirarla igual, pero no puedo evitarlo.

Las curvas de su cintura hacen que tenga que concentrarme demasiado en que no puedo ponerme cachondo al verla así.

Destaca todo lo que Olivia puede destacar.

No puedo evitar que se me caiga la baba mirándola.

Se acerca a nosotros, colorada como un puto tomate o, más bien, como la sangre ardiendo que recorre sus venas.

Sus ojos se clavan directos en mi traje, en el peinado.

Se desvían casi pocos segundos a Apolo, pero es evidente que en esta tanda su cuerpo reacciona a mí.

—Vale, chicos. Vamos allá. Tenéis que adoptar esta pose —explica Mario mientras nos acercamos con timidez. Como si ninguno de nosotros quisiera sobrepasar la barrera que cada uno de nosotros desea tirar abajo—: Olivia, de pie en el centro. Cuerpo recto y mirada directa a cámara.

En toda la sala empieza a sonar la canción Gimme More de Britney Spears.

—¿Bien así? —pregunta Olivia.