26 #2
Está totalmente claro en mi cabeza: no solo su cuerpo, sino mi deseo de que ese cuerpo sea únicamente para mí.
A medida que me acerco lentamente a ella mientras sigo mirando su cuerpo como un león cuando tiene delante a su caza, ella da pasos hacia atrás, metiéndose en la ducha.
Sigo mirando su cuerpo, desde sus piernas, pasando por su cintura, siguiendo por el abdomen que me comería a besos ahora mismo, y sobre el que pasaría mi lengua hasta verla estremecerse del placer.
Sigo por sus pechos una vez más. Subo a su cuello, el que desearía tener entre mis manos.
Sus labios entreabiertos, deseosos de que me plante en ellos, pidiendo a gritos lo que ninguno se atreve a hacer, hacen que una corriente de electricidad se apodere de mi cuerpo. Y por fin, su mirada.
Nuestros ojos se mantienen unidos durante segundos, mientras sigo andando hacia ella.
Por culpa de la cercanía que ya hay entre nosotros, Olivia tiene que seguir dando pasos hacia atrás, pero algo la frena.
Abre sin querer el grifo con la espalda, golpeándolo.
En menos de dos segundos, nuestros cuerpos están empapados, pero ahora de agua.
Mi camisa se aferra a mi cuerpo pegándose a mí como si fuera una segunda piel.
Las gotas de agua recorren su cara, sus labios, sus tetas, su culo por detrás debe de estar asombroso.
Al estar atrapada entre la pared y mi cuerpo, tiene que subir su cabeza para poder mirarme a los ojos, por nuestra diferencia de altura.
Aunque sé que, si fuera por ella, solo querría mirar a la polla.
—¿Qué... Qué haces aquí? —habla por fin Liv.
—Rebeca quiere que te pongas el vestido que te he dejado fuera mañana —le indico con mi rostro totalmente serio, aunque por dentro esté rabiando y deseando hacerla mía. Mis ojos siguen fijos en los suyos, con el ceño fruncido.
—¿Y para eso tienes que entrar en mi baño? ¿En mi ducha? Estoy desnuda por si no te has dado cuenta —responde intentando guardar las exhalaciones de su boca. O más bien, los pequeños orgasmos de su cuerpo.
—Haber contestado todas las veces que te he tocado la puerta —digo manteniendo mi posición intacta—. Además, no veo que te haya importado mucho, ¿no?
Paso mis dedos por su brazo derecho, subiendo muy, pero muy despacio por él. Llego a su hombro y me paro justo donde empiezan sus tetas.
—Es una pena que no podamos ser nada más que esto, ¿verdad, hermanita? —pregunto mirándole a los ojos, sin apartar mis dedos. Ella traga saliva.
—¿Quién te dice que sea una pena? —pregunta manteniéndome firme la mirada. Mi otra mano se acerca, pareciendo que lo hago sin querer, hacia su vagina. Su cuerpo se estremece de nuevo. Vuelve a tragar saliva. Ninguno se mueve, y aun así todo arde entre nosotros.
—No sé... Dímelo tú —contesto mientras seguimos manteniendo las miradas.
Ambos necesitamos hacerlo. Ambos necesitamos follarnos ahí mismo.
En mi cabeza estoy reproduciendo hasta la postura en la que la pondría ahora mismo—.
No olvides la sesión de mañana, hermanita.
Ah, por cierto —vuelvo a decir acercándome a su oreja, susurrándole.
Sé que eso le encanta. Además, la enciende aún más, y eso me gusta—: no bajes tarde; si tengo que subir a por ti, no te va a gustar.
Aparto despacio mi boca de su oído. Al mismo tiempo, dejo caer mi aliento sobre su cuello, sabiendo con demasiada certeza que eso le trae por el camino de correrse en un instante.
Cuando vuelvo a mi posición, la vuelvo a mirar con mi seriedad de siempre.
Salgo de la ducha, me seco el cuerpo y la cara con su toalla de color rosa, y la dejo tirada sobre el lavabo.
Acto seguido, salgo del baño. Paso rápido por su habitación, cerrando la puerta según salgo.
Me dirijo rápido a la mía con paso acelerado, antes de que alguien más me vea empalmado saliendo de la habitación de Liv.
Una vez en la mía, intento pensar en cómo coño puedo bajar esta hinchazón.
Es como si me hubiera tomado un bote entero de Viagra.
Empiezo por salir a la ventana de mi habitación; el aire seguro que me hace bien.
Sin embargo, si tuerzo un poco la cabeza, puedo ver a mi izquierda la ventana de Olivia.
La luz está encendida y no puedo dejar de imaginarme su cuerpo desnudo secándose con la toalla que me acababa de pasar por todo el cuerpo.
No puedo parar de recordar ese lienzo desnudo que quisiera pintar con mi boca, haciendo de él una mejor obra de arte de lo que ya es.
Mi cabeza está pensando desesperadamente en Olivia a velocidad de crucero.
Ahora mismo no respondería de mis actos.
Mi impulso me está casi obligando a ir a su habitación y tirar la puerta abajo.
Al mismo tiempo, si hago eso voy a perder todo el progreso que estoy consiguiendo.
El papel está funcionando. Poco a poco la estoy llevando al punto de que no pueda resistir más este juego y me pida de rodillas que la haga solamente de mi propiedad.
No puedo dormirme así. No puedo irme así a la cama.
Será mejor que, antes de irme a descansar, calme lo que estoy sintiendo por dentro.
De lo contrario, no voy a poder contenerme mucho más.
La alarma de mi iPhone me despierta por la mañana.
Son las 7:30 a. m. y tengo que prepararme para la famosa sesión de fotos.
Anoche fue una noche muy difícil de llevar.
Pero, al final, no me arrepiento de lo que hice.
Junto a lo que va a ocurrir hoy, he implantado la semilla perfecta para que Olivia demuestre realmente por quién es por quien siente realmente.
Muchas veces no se puede controlar el deseo.
Lo sé porque a mí me pasó anoche. Hasta el tipo más duro del mundo se puede convertir en débil en un abrir y mirar de ojo.
Por supuesto, no pienso que este evento tenga que ser una competición de los Montenegro contra Olivia.
No quiero enfrentarme contra Marco por ella.
Solo quiero lo mismo que ella busca de mí.
Ella rompió, ella tiene que arreglar. Sé que me desea a mí... Tiene que decirlo.
Me enfundo uno de los outfits más preferidos que tengo.
Una camisa negra metida por dentro de mi pantalón de traje, con los tres primeros botones desabrochados.
Hoy decido hacerme un peinado algo más informal.
El pelo algo más desenredado, para dar un aire más callejero en las fotos.
No creo que todo sea formal y de trajes vaya la cosa.
Echo mi colonia de Prada sobre mi cuello, algunas gotas dejo caer además en mi camisa.
Como siempre, uno de mis relojes adorna mi muñeca izquierda.
El de hoy: un Patek Philippe Grandmaster Chime Ref.
6300G, uno de los mejores relojes suizos del mundo, si no el mejor. Creo que la ocasión lo merece.
Salgo de mi habitación. Bajo las escaleras y, abajo del todo, se encuentra Marco.
Por fin le veo arreglado, después de esos modelitos de chico malo que llevaba vistiendo para ir a la universidad.
No puedo evitar mirarlo y recordar que él también desea a Olivia.
Me pregunto si él sigue intentando cosas con Olivia.
Si lleva el pacto con tanta lealtad como su caso omiso a las cosas.
Aunque le quiero, no puedo evitar que algo me haga verle como un rival.
Un peligro para algo que yo deseo para mí.
El problema es que, aunque me pese, no sé si pueda competir con él si Olivia decide elegirle a él.
Temo que, por mi orgullo y querer jugar a quién es el primero que lo dice, decida irse con él.
Marco se da la vuelta y me ve bajando las escaleras mirándome. Nuestras miradas se cruzan. No veo nada ofensivo en ellas. Sin embargo, sí le noto (y lo sé porque le conozco) muy retador.
—No sabía que ibas a una fiesta... Luego soy yo —dice mientras acabo bajando las escaleras.
—Buenos días a ti también, hermanito encantador.
—Oh, vamos. Para encantador ya estás tú. Aunque a veces te gusta mucho provocar —lanza una indirecta muy indirecta. Algo me dice que sí sigue hablando con Olivia. Estoy seguro de que Olivia habla de mí con él.
—¿Qué insinúas, Marco? —pregunta mirándole de frente.
—Yo nunca insinúo. Aunque si quieres que insinúe...
Te cuento una breve historia. Érase una vez una chica maravillosa que dice no querer a nadie y que va diciendo por ahí que pasa las noches a solas.
Después un chico, encantador y maravilloso, que sale del cuarto de la misma como si escapara de un incendio, o quizás de algo mucho más interesante —aunque mantengo mi posición firme, parece que Marco sí me vio anoche—.
No sé cómo te lo quieres tomar, Apolo. Pero ten cuidado... No quisiera tener que pararte los pies.
Marco y yo nos miramos con una tensión demoledora rompiendo cada partícula en el aire.
Nuestros ceños están fruncidos. Ambos sabemos de lo que estaba hablando.
Por un momento me quedo sin palabras. Pero él también iba a dejar de hablar.
Olivia estaba a punto de bajar las escaleras cuando Marco y yo nos encontrábamos frente a frente.