26
Apolo
Intento organizar todo lo relacionado con las becas, pero mi cabeza está locamente desconcentrada.
Creo que todas mis fuerzas, todas mis ideas y todo mi ser entero están sumamente poseídos por la idea de la sesión de fotos de mañana.
Parece que la vida quiere jodernos a más no poder.
En el mismo sitio, con los dos, junto a Olivia.
Tan cerca de ella que el aliento de sus labios me resulte tan irresistible como sus ojos mirándome con deseo.
Todas sus armas utilizadas para ponerme a prueba han hecho que mi control y mis límites se vean cada vez más afectados.
Reconozco que puede que lo que hice con Enzo no estuviera bien, puede que haya sido muy cabrón.
Sin embargo, no puedo sentir (ni siento) que me arrepienta de ello.
Se ha metido en la vida de Olivia muy rápido; no confío en él.
Ni en él ni en cualquiera que desee estar a menos de cien metros de Olivia.
Estos días, la tensión que estamos manteniendo me está consumiendo totalmente.
Mi atención solo está en ella, en cuál será su próximo juego.
Quiere que le confiese que sigo enamorado de ella, quiere que caiga en su juego.
Le va a costar algo más; fue ella la que me rechazó a mí y tiene que pagar por ello.
Mirando una foto que tengo en una de las estanterías de mi habitación, recuerdo todas esas veces que me vacilaba para que le soltara algo tipo «estás buena» o cuando me quería sacar con alicates del interior de mi alma que, aunque sea mi hermanastra, empezaba a verla diferente.
Siempre ha sabido, en el fondo, lo que siento por ella.
Es lista, ha sabido siempre identificar mis emociones como nadie lo ha hecho.
Sin embargo, le advertí que se quemaría si jugaba conmigo para nada.
Ahora le toca aprender, aunque la sesión de mañana me tendrá en vilo todo el rato.
Será una de las pruebas más difíciles para mi control.
Mantener mi instinto de hacerla mía cuando la tengo tan cerca va a ser, casi, una misión imposible.
Llaman a mi puerta. Bajo las piernas de mi escritorio y me levanto de la silla; me pongo la camisa, pero no me abrocho los botones.
No creo que sea alguien a quien le sorprenda verme sin camisa.
Abro la puerta y descubro a mi madre, con un vestido tan precioso como despampanante.
Era azul, llevaba un escote abierto por delante y la espalda estaba totalmente al descubierto.
Debajo de la cintura, una ligera apertura haría verse las piernas de quien lo llevara puesto.
Lo miro de arriba abajo antes de responder.
—No creo que eso me valga —respondo a mi madre mientras vuelvo dentro de la habitación. Ya sabe que con eso la invito a pasar.
—No es para ti, princesa. Es para Olivia —al escuchar quién lo llevará puesto, mi cuerpo reacciona al instante. Mis ojos se abren sorprendidos, mis piernas tiemblan ligeramente—. Quiero que lo lleve puesto mañana. ¿Te gusta?
—Sí... Sí, claro. Le quedará genial, estoy seguro. Imagino que lo has diseñado tú, ¿no?
—Solo tu madre podría hacer algo tan genial, ¿no crees?
—contesta preguntando. Yo me siento sobre mi cama haciéndole un gesto de aprobación, sonriendo sin gracia.
Se acerca a mí, dejando el vestido cariñosamente colocado sobre la cama—.
¿No queréis ir a la sesión? Os veo todo el rato muy raros a los tres, Apolo. ¿Qué os pasa?
—No pasa nada, mamá. Tranquila, es solo que hemos empezado la universidad, yo tengo mil proyectos, Liv está descubriendo cosas nuevas y abriéndose más y Marco... Bueno, Marco siempre es igual —respondo intentando disimular las razones verdaderas de lo que está pasando entre los tres.
—Bueno, espero que sea solo eso, hijo. Sabéis que si ocurre algo entre vosotros me lo podéis contar, ¿verdad?
—Claro, mamá —contesto cuando me da un beso en la frente. A pesar de mis años, este tipo de acciones de mi madre me devuelven a mi niñez a una velocidad abismal.
—Quiero que el vestido se lo entregues tú.
Ahora vas a su habitación y se lo das, ¿vale?
—en ese mismo momento, mis pulmones han dejado de mover el aire que respiro.
Mi corazón comienza a meter la sexta en la autovía de la impertinencia.
Justo en este jodido momento tengo que ir a su habitación, a solas, a darle un vestido.
—¿¡Qué!? ¿No puedes dárselo tú? Está aquí al lado —contesto intentando librarme de este gran martirio. O más bien, para intentar librarme de algo que sé que va a comprometer mi control.
—Apolo, tengo mil cosas que hacer y es muy tarde. No creo que te suponga mucho esfuerzo. Te quiero.
Sale de la habitación lanzándome un beso y un guiño.
Golpeo mi pierna incrédulo por tener que hacerlo justo yo.
Me ha entrado un golpe de calor que ha hecho subir la temperatura de mi cuerpo.
Me quito entonces la camisa, agarro el vestido de Olivia y, muy a mi pesar, o no, me dirijo a su habitación para que esto sea lo más rápido posible.
Mientras salgo de la habitación y comienzo a andar por el pasillo, pienso en la estrategia del plan.
Llamo a la puerta, intento no mirarla mucho, intento no caer en un posible nuevo jueguito, le entrego el vestido y me piro.
Fácil y sencillo. Solo hay que impedir que salga conversación, o que nos miremos demasiado.
Llego a su puerta. Solo con estar ahí, sin pasar, se puede oler el tremendo aroma a vainilla y caramelo del interior de su habitación.
Toco la puerta tres veces, pero no contesta.
Vuelvo a tocarla otras tres veces... Una vez más sin respuesta.
Vuelvo a hacerlo una vez más, esta vez indicando que soy Apolo.
No hay respuesta. Abro entonces la puerta de su habitación.
Entro despacio, cerrando la puerta detrás de mí.
Con el vestido en mano, empiezo a dar algunos pasos por la habitación.
Observando su tremendo desorden característico, veo el libro que se está leyendo ahora mismo.
Dark Romance, para no variar mucho. Su ropa de baile se encuentra posada sobre la silla de su escritorio.
Las deportivas que le regalé hace dos años descansan debajo de ella.
Sobre su joyero, veo el collar de una bailarina.
Esto no lo recuerdo, debe de ser reciente.
Las fotos que tiene con Marco y conmigo siguen en el mismo lugar de siempre.
Aunque podría asegurar que el marco en el que estamos ella y yo está ligeramente movido.
Pareciera que lo ha cogido no hace mucho.
Dejo el vestido sobre su cama cuando encuentro algo que me llama la atención.
Una libreta abierta, pero con las páginas del revés.
Agarro la libreta, le doy la vuelta. Mi nombre reza en la primera línea de la página.
Con Apolo todo parece complicarse más. Está desesperado, su obsesión y celos sobrepasan muchos límites, pero no me sorprenden.
Apolo es así, me lo esperaba totalmente de él.
¿Poner a Enzo de recogepelotas? ¿Me lo estás diciendo en serio?
A veces pienso que rabia tanto por dentro que necesita actuar de esta forma para controlar mi vida.
Todo sería más fácil si dijera qué siente, si me confesara que sí...
Un grito de dolor interrumpe mi lectura.
La voz es de Olivia y viene de su baño. Extrañado y preocupado, dejo el libro justo como me lo encontré y me dirijo hacia ella.
Posiblemente necesite ayuda, ha sido un grito doloroso.
Entro directamente sin llamar ni preguntar por si es grave.
Cuando entro al baño, mis ojos quieren abrirse hasta salirse de sus cuencas, pero mi expresión está totalmente bloqueada.
Bloqueada y congelada. Su cuerpo totalmente desnudo, entrando a la ducha, me golpea de lleno.
Su culo hace que mi cabeza se vuelva loca, su espalda perfecta, delimitada por una cintura que marearía a cualquiera.
Su pelo largo, cayendo sobre ella, hace que no pierda rastro de su movimiento.
Se gira rápidamente al oír el ruido de la puerta.
Lo primero a lo que se dirigen mis ojos, sin yo poder evitarlo, es a sus pechos.
De pronto empiezo a sentir cómo se me pone dura, pero no como otras veces.
Esta vez es como si fuera a destrozar el pantalón con ella.
O como si fuera a destrozarla a ella dentro de esa ducha.
Su rostro al principio era de sorpresa y cabreo; sin embargo, al igual que yo con ella, le fue imposible no mirar mi cuerpo.
Su mirada baja con cuidado para no perderse ni un solo detalle, como si fuera la primera vez que me ve así, en camino hacia mi polla.
No puedo evitar que se note... tampoco quiero hacerlo.
Su expresión cambia, sigue cambiando. Ya no es de susto, ya no es de asombro.
Ahora es de deseo. No puede hablar. Vuelve su mirada hacia la mía y veo la tensión en sus ojos marrones.
Lo sé porque los míos la sienten igual. Su alma me desea, su cuerpo responde al ver el mío como si fuera la primera vez que está a solas con el mío.
Siento unas ganas que no puedo describir de andar hacia ella, empujarla dentro de la ducha, estamparla contra el cristal y hacerla mía por todos los sitios posibles.
En todas y cada una de las posiciones que se me puedan llegar a imaginar en ese momento.