ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 25
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Olivia

Dirijo mis pasos hacia Marco, esperando que tire el cigarro y vaya hacia su Audi para volver a huir de mí.

Pero, para mi sorpresa, no hace nada. Sigue mirando a la nada, pero su cara me lo dice todo sin soltar una sola palabra.

Verme con Enzo le ha molestado, lo sé, y sé que si habla conmigo ahora, no va a ser para retomar lo que la lluvia interrumpió. Paro justo al lado de él.

—¿Puedo? —pregunto mirándole. Tras dar una calada a su cigarro, acepta que me quede levantando los hombros.

Un silencio de mil palabras sueltas inunda este banco.

Mientras sigue fumando, veo aparecer en su muñeca izquierda el tatuaje que se hizo no hace mucho.

La palabra «Mine» se escribe a lo ancho de su piel.

—Tienes nuevo amigo... —dice por fin, pero sin dirigirme la mirada.

—Se llama Enzo. De momento parece tener buenas intenciones —respondo mirando la misma nada.

—Primero me ocultas lo de Apolo, decides no contármelo porque no estabas bien. Ahora me ocultas que conoces a un nuevo chico, que hablas con él y que te sigue a todos lados como si fuera tu bolso.

—Marco, eso no es así. Si no lo he hecho antes es porque tengo la cabeza muy metida en muchos líos. No puedo estar a todo.

—¿Sabes que así es muy complicado protegerte, Liv? —pregunta, ahora sí, mirándome.

—¿Es solo protección, Marco? —pregunto fijando mi mirada en la suya. A diferencia de Apolo, él no responde. Él otorga con su silencio. Sus ojos me quieren decir que no.

—Quisiera que fuera solo protección, Liv.

Y eso es lo que será. Pero eso no toca ahora; lo que quiero es que no vuelvas a ocultarme cosas.

O si va a ser así a partir de ahora, dímelo.

Me has acostumbrado durante diez años a saberlo todo de tu boca; si ahora voy a empezar a darme cuenta por mí o por lo que la gente me cuente, necesito saberlo —sus palabras son sinceras y maduras.

No veo solo celos, él sí quiere protegerme además.

Tiene razón en lo que dice, debo admitir mi error con él.

—Tienes razón. No te ocultaré cosas, ¿vale? Solo dame tiempo para asumirlas yo primero, después te aseguro que lo sabrás.

Asiente y vuelve a mirar a la nada. Algo dentro de él no va bien. Siento que me oculta algo. Siento que se guarda algo que puede hacerme daño y no quiere decirlo.

—¿Y a ti qué te pasa? —pregunto intentando averiguar qué es.

—Todavía te quedan años para acabar Psicología, no quieras comerme el coco ya —ahí está la clave, su ironía y sarcasmos siempre le delatan.

—Sé que hay algo que te persigue en tu cabeza, Marco. ¿Por qué no me lo dices? —vuelvo a preguntar, posando mi mano derecha sobre su brazo izquierdo. Él, como si fuera fuego lo que tocó su brazo, dirige la mirada al instante hacia mi mano. Después a mis ojos.

—Tienes razón, te lo voy a decir —responde mientras se levanta del banco y se pone frente a mí—. Ya que pasas tanto tiempo en mi cabeza, al menos podrías aparecer con ropa —termina la frase sonriendo de lado, una vez más, siendo sarcástico.

—Marco, en serio, ¿por qué sois tan pesados?

¿Es por lo de anoche cuando llovió? —pregunto mientras vamos andando hacia el coche.

Cuando escuchó la última pregunta, algo en su cara cambió radicalmente, como si quisiera ignorar ese momento, una vez más.

Sin embargo, sé que esta vez ya no está siendo tan fácil eliminarlo.

—No... No te preocupes —dice dirigiendo su mirada a mí—. Sé que soy irresistible.

—¿Qué sentiste, Marco? —pregunto parándome delante de él, evitando que siga andando. Rueda los ojos al obligarle a parar. Sé que él sí me lo va a decir—. Necesito que alguno me digáis qué coño sentís sin huir todo el rato.

—¿Qué quieres que te diga, Liv? No sé qué más hacer. Tengo a Apolo a un lado de mi oreja y a mí al otro. Sé que Apolo siente más de lo que parece por ti. Y yo... Yo...

—Dilo. Necesito saberlo.

—Siempre he sentido que contigo todo era diferente... Eso nunca ha cambiado. La única diferencia es que hace tiempo que, para mis ojos, dejaste de ser esa niña que jugaba conmigo y mi hermano. Te convertiste en la mujer que hacía de mi locura algo cuerdo. Que aceptaba mis mierdas sin tener miedo.

Todo quedó en silencio. Sus palabras se adentraban en mi mente y se iban clavando bien fijas en las paredes de mi pensamiento.

Marco se está enamorando de mí, si no lo está ya.

Sus sentimientos conmigo afloran, vuelan y llegan hasta mí como una ola de viento fresco en una noche de verano.

Todo habría sido diferente si no hubiera estado con los dos a la vez.

De nuevo, la culpa invade mi cuerpo, incluso llegando a mi alma.

Su mirada está gritando su intención por besarme, pero la sombra de nuestro pacto de «no más dolor», disfrazado justamente de eso, de más dolor, impide que ninguno de los dos dé ese paso.

Deseo besarle; sin embargo, Apolo aparece en mi mente, y estoy segura de que también aparece en la de Marco.

—Te quería demasiado... —respondo mientras él asiente—. Eso es totalmente cierto. Aunque no lo creas, siento demasiado por ti...

—Pero no lo suficiente como para saber si soy lo correcto —termina la frase por mí, detonando una bomba de realidad en torno a nosotros.

Nos miramos fijamente. Mis ojos responden antes que mi boca.

Llorosos, no pueden articular palabra alguna mis labios, solo se limitan a hacer un gesto que expresa que tiene toda la razón—.

Bueno. Mira el lado bueno, si fuera un error, al menos sería un error muy espectacular. Y cañón.

Su humor sale en mi peor momento. Ese aura de «estoy jodido, pero sé que tú también, y no quiero» sale a relucir.

Con un «vamos», me ordena a seguirle al coche para ir a casa.

Mientras ordeno todo lo que me acaba de decir, veo que su gesto sigue impasible.

Como si en él no hubiera cambiado nada. No ha querido acabar esta conversación con pena, sino con resignación, sabiendo que no necesito que sea de otra manera para no caer aún más en la desesperación de no saber qué elegir.

Nos vamos a casa con Golden de Harry Styles sonando en su coche.

El resto del día fluye como casi todos. Mi cabeza dando mil vueltas a las mismas cosas, pero centrada en los estudios.

Necesito hacer el trabajo, me mantendrá alejada de todo el resto.

La verdad es que necesito alejarme un poco de todo.

Menos mal que hoy tengo academia, eso hará que todo en mí se centre un poco más.

Hilar pensamientos, emociones, necesidades.

Hacer que todo parezca menos caos. Mientras leo los apuntes, tres toques a mi puerta desvían de inmediato mi atención.

—¿Señorita Olivia? —la voz de Bruno, nuestro mayordomo, me hace fruncir el ceño. Rara vez viene aquí si no es para informar de algo.

—¡Pasa, Bruno! —respondo con cariño; siempre me ha tratado genial, como a los hermanos. Siempre ha sido cariñoso conmigo; le agradezco mucho que siempre haya sido así.

—Hola, señorita —saluda siempre educado.

—Olivia, Bruno, te lo digo siempre.

—Es lo que tengo que hacer —responde sonriendo—. La señora Rebeca me ha ordenado informarles a usted y a los chicos de que quiere veros a los tres en el salón principal, a la mayor brevedad posible.

—Pero ¿pasa algo? —pregunta preocupada y con gesto extraño. Es raro que Rebeca nos llame a todos juntos.

—En absoluto, señorita. Solo quiere comentaros una cosa.

Acto seguido, Bruno se retira. Me pongo el forro polar encima de la camiseta para salir fuera.

En este tiempo siempre tengo mucho frío en la mansión, aunque esté siempre caliente por la calefacción.

Bajo las escaleras de la mansión y me dirijo al salón principal.

Al abrir la puerta me quedo congelada en el manillar, dentro de la habitación, con los ojos creo que más abiertos de lo que me gustaría.

En el salón veo a Apolo y Marco, uno al lado del otro.

Apolo, con camiseta de hombreras y pantalón de Adidas negro, pero con su reloj Rolex aún en su muñeca.

Marco, con camiseta y pantalones vaqueros negros, su pelo como si acabara de salir de la ducha.

Sus miradas se dirigen ambas a mí. Ambas con gesto extraño.

Seguramente preguntándose por qué estoy bloqueada en la puerta, mirándoles como si fuera fan de los dos.

Cuando salgo del trance gracias a la voz de Rebeca pronunciando mi nombre, me dirijo hacia los chicos.

Colocándome en medio de cada uno, siento de repente una sensación eléctrica, tan grande como si acabara de meter los dedos en el interior de un enchufe.

Miro de reojo a cada uno de los dos: Apolo a mi derecha, serio, con mandíbula tensa, evitando mirarme, pues sé que él también lo ha hecho.

El sudor resbalando por su cuerpo hace que el mío palpite ligeramente.

Sin embargo, su perfume de Prada sigue recorriéndole.

A mi izquierda, Marco me mira sonriendo de lado.

Es su forma más innovadora y normal de decir «hola».

Rebeca hace un gesto de extrañeza, un «¿qué les pasará a estos? » claro se escapa de ese movimiento.

—Bueno, ya que estáis todos aquí, quiero deciros algo —empieza la conversación.

—Te casas con Jhon, ¿verdad? —pregunta Marco sonriendo, mirando de Rebeca a mí y viceversa.

—Eh... No, no me caso con Jhon, Marco. No era eso lo que quería deciros.

—Vaya... Como tienes un nuevo anillo de muy alto coste, por lo que parece —responde refiriéndose a un nuevo anillo con perla que Rebeca lleva en el dedo de matrimonio.

—Bueno... Es que una tiene que ir siempre guapa —responde siguiéndole el rollo. Desde luego, Marco tiene a quién parecerse—. El caso, que mis aficiones a los anillos caros no es de lo que quiero hablaros. Mañana tenéis planes por la mañana... Los tres juntos.

Apolo, Marco y yo abrimos los ojos sorprendidos e inmersos en una timidez conjunta.

¿Ha dicho los tres juntos? Planes para los tres, juntos, en el mismo día y en el mismo momento.

La sonrisa de Marco desaparece de repente de su rostro, pero para volver en segundos.

Apolo sigue impasible, con el rostro serio.

Nos miramos los tres a la vez, sintiendo exactamente lo mismo.

—Madre mía, ni que fuerais extraños, hijos. Sois hermanos todos, vais a estar juntos. No creo que sea tan dramático —dice Rebeca al ver nuestras expresiones.

—¿Y qué se supone que tenemos que hacer los tres juntos? —pregunta Apolo, mirando a mí y a Marco respectivamente.

—Algo espectacular. Voy a lanzar una nueva tanda de ropa para este invierno... Quiero que seáis mis modelos de la promoción. Vais a asistir a una sesión fotográfica para Reben.

Los signos de incredibilidad, seguidos de la sensación de que esto puede acabar o muy bien, o en un completo desastre, se notan en nuestras caras a leguas de distancia.

Bueno, en realidad, a Apolo y a mí. Porque Marco parece que se está descoronando por dentro.

Los tres juntos, haciéndonos fotos juntos, posando a muy poca distancia, unidos.

Viendo cómo los dos me mirarán cuando me hagan fotos.

O cuando ellos vean que les miro cuando se las hagan a ellos.

¿Cómo voy a sostener tantas miradas? ¿Cómo voy a hacer para que no se me note como si fuera una desesperada de los dos?

Dios mío, ¿cómo voy a disimular la cara de tonta que se pone cuando les miro?

No sé cómo va a salir esto, pero que Dios nos pille confesados.

—¿Qué pasa? ¿No os hace ilusión? Es para la marca de vuestra madre, alelaos —dice Rebeca al ver nuestras caras de tonto que debemos tener en este momento.

—Tranquila, madre —responde Marco, andando por detrás de mí, llegando a Apolo, pasando sus dos brazos uno por encima del otro.

Situándose ahora en medio de los dos, abrazándonos—.

Seguro que van a quedar genial, ¿verdad, hermanitos?

Además, entre nosotros siempre hay muy buena QUÍMICA —termina posicionándose delante de ambos, sonriendo, no sé bien si irónicamente, o que en verdad todo esto le está haciendo una gracia descomunal.

Mientras yo estoy muerta de nervios por lo que voy a tener que enfrentar mañana.

—Eso espero; tengo mucho tiempo, dinero y ganas invertidas en esto. Confío en vosotros porque sé que vais a ser los mejores. ¿Aceptáis? —pregunta Rebeca, mirando a los tres. Apolo me mira, muy tímidamente, aparta la mirada casi al instante de mirarlo yo. Marco mira a los dos, sonriendo.

—¿Aceptamos? —pregunta Marco, que parece ser el que mejor se lo está pasando con esto.

—Acepto, madre, mañana iré a la sesión...

Si ellos quieren, claro —Apolo da su consentimiento para hacer la sesión, ahora sonriendo.

No sé muy bien qué estará pasando por su cabeza, pero me temo que nada bueno.

Tengo una tensión en mi cuerpo que puedo hacer, perfectamente, el papel de una momia merecedora de un Oscar.

—Sí, claro. Yo me apunto también, Rebeca —contesto al final, después de poder salir del trance.

—¡Esos son mis niños! —exclama Rebeca.

Se acerca a nosotros. Pasa un brazo por encima de Marco y, con el otro, nos invita a unirnos para darnos un abrazo.

Apolo y yo nos miramos. Apolo avanza hacia Rebeca y, acto seguido, hago lo mismo.

Los cuerpos de los tres están en contacto directo.

Una avalancha de sensaciones a un nivel exageradamente elevado recorre mi cuerpo ahora mismo.

No sé bien exactamente cómo describir todas las sensaciones que tengo ahora mismo.

Solo veo las miradas de Marco, de Apolo, sus cuerpos tocando el mío, y yo...

en un estado de nervios y tensión que me está derritiendo.

Cuando el abrazo acaba, Rebeca sale del salón, quedando solo nosotros tres.

—Lo mejor de mañana no será lo que aparezca en las fotos —dice Marco mientras se vuelve de frente a nosotros dos—, sino lo que no aparezca. Tranquilos, es solo una mañana juntos... Además, se nos da bien disimular que todo va bien cuando solo hay caos.

Termina la frase sonriendo con ese aura de ironía, provocación y con todo lo malvado que sabe que está siendo ahora mismo.

Pero es Marco; si no se divierte con el caos, no sería él.

Una sesión de fotos, flashes que esconden mucho más de lo que en las fotos aparecerá.

Todo apunta a un día genial. Me muero de ganas.