ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 24 #2
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24 #2

Intercambiamos algunas palabras entre los tres relacionadas con las clases del día de hoy y nos dirigimos hacia el aula.

Antes de salir de ese pasillo, mi cuello se gira, mis ojos se posan en el pasillo donde desapareció Marco, esperando verle allí de nuevo, esperando que apareciera y me dijera que quiere hablar conmigo. Pero no está.

Llevamos algo más de media clase. Enzo mira su móvil, lee por unos segundos lo que aparece en la pantalla, me mira y, después, vuelve a mirar la pantalla.

Algo no debe de andar bien, pues su gesto sigue extrañado, alza las cejas mientras lee más de cerca la pantalla.

Cuando me vuelve a mirar le pregunto qué pasa, a lo que él responde que mejor me lo dice después, al salir de clase.

El resto de la clase la paso algo confundida y preocupada.

No sé si sea algo mío, si alguno de estos dos han hecho algo a sus respectivos estilos o si ha pasado algo mayor.

Por fin ha acabado la clase. Guardo mis cosas en mi bolso y me dirijo hacia Enzo. Necesito saber qué es lo que pasa.

—¿Qué mirabas en el móvil? —pregunto mientras él sigue recogiendo sus cosas.

—¿Que qué miraba?... —pregunta cuando echa una risa seca, breve, entre dientes, una risa que parece más una bufada que otra cosa—: Mira el correo que me acaba de llegar de tu hermano...

En la pantalla de su móvil veo un correo de Apolo en el que indica que Enzo recibe el puesto de recogepelotas del equipo.

Mi asombro no tiene cabida en mi cara, en mis ojos, en mi cuerpo entero.

¿De verdad ha sido capaz de humillar de esta forma a Enzo solo por unos celos que encima no reconoce?

Realmente no sé de qué me sorprende, esto es Apolo Montenegro en su pura esencia.

Toma de poder total, dirige a su antojo sabiendo que nadie, ni siquiera el propio director de una de las universidades más importantes del mundo, puede llevarle la contraria, y todo esto por ser mi amigo.

No voy a permitir que trate así a otras personas que son inocentes de lo que yo haya hecho con él, y mucho menos, inocente de su orgullo de mierda.

—No me lo puedo creer... Tranquilo, Enzo, vamos a ir a hablar con él ahora mismo —intento animar a Enzo mientras nos ponemos en camino a la salida.

—Déjalo, Olivia, no quiero problemas con tu hermano. Más aún si tengo que estar en su equipo.

—No pasa nada, recogepelotas lo puede ser cualquiera. No creo que te pierdas nada.

Salimos de la clase y subo las escaleras en busca de Apolo.

Llego al área de su facultad, empiezo a preguntar por él y todo el mundo me dirige a la misma aula.

Sin embargo, antes de llegar, vemos a Apolo salir de uno de los baños.

Se dirige a nosotros con las manos en los bolsillos del pantalón de traje.

Esta vez, al verle, mi cuerpo no se estremece, no se eriza mi piel, no porque no sienta por él, no porque me sienta embelesada, sino porque ha pasado un límite que no debe pasar con nadie.

Esto es, claramente, una respuesta de venganza por hacerle sentir celos para que confiese.

No solo acepta mi juego, sino que me sube la apuesta para que, aunque rabie por dentro, su orgullo siga predominando a sus sentimientos.

Su rostro es serio, con su mirada rasgada de siempre, su mandíbula apretada por verme con él, intentando hacer que no se note que, muy a su pesar, por dentro está explotando en celos por verme con él de nuevo.

—¡Apolo! —exclamo su nombre para llamar su atención.

—No tengo tiempo, Olivia —su voz suena seca y horrible saliendo de esa forma de él.

Sin embargo, no hago caso omiso como siempre.

Le agarro del antebrazo; sus ojos se dirigen como un relámpago hacia mi mano, después a mis ojos, pasando por mis labios.

Como si lo que hubiera sentido fuera algo más que un simple agarrón.

—¿Recogepelotas? ¿En serio? —pregunto sin soltarle el brazo. Acto seguido se vuelve, ahora sí, hacia nosotros. Mira a Enzo y su gesto intentando decir «por qué no» habla por sí solo sin necesitar palabras.

—En el deporte todas las posiciones son importantes, todas tienen su utilidad —responde Apolo, manteniendo su estructura seria e impasible.

—Apolo, la verdad que a mí me da igual... —Enzo intenta calmar la situación, pero le interrumpo.

—No da igual, te ha puesto una posición humillante. Te dije que no era buena idea.

—Muchas ideas no son buenas ni acertadas, y aun así se hacen, ¿no? —pregunta clavando sus ojos directamente como una punzada en los míos.

Mantenemos la mirada fija el uno en el otro, pasan los segundos, él no aparta la suya, cargada de ira, rabia, celos contenidos y rencor por pedirle distancia cuando estaba a punto de elegirme a mí antes que a la fachada Montenegro.

Los míos, cargados de culpa por un lado, molestia por hacer daño colateral a una persona que no se lo merece, y ganas de gritarle que es un cobarde por no reconocer lo que siente, aunque me escuche toda la universidad.

—A veces también pecamos de mantener ideas que en realidad ocultan mil palabras que no se dicen por COBARDÍA —le devuelvo el golpe, sin apartar la mirada, directo a donde más le duele, a retar su control. Su mirada cambia, aún más fría.

—Los puestos están cerrados, no se puede volver atrás. Si gusta, bien, y si no, hay muchas cosas que no nos gustan —dice acercándose a mí, nuevamente muy cerca—, y estamos obligados a cumplir, ¿verdad, hermanita?

Acaba la conversación con una sonrisa de lado, alejándose de mí mientras me sigue mirando.

Una vez más, Apolo gana un asalto, una vez más me deja con la palabra en la boca.

Sabía perfectamente que esto me iba a molestar.

Están claras sus intenciones; está en un tira y afloja peligroso en el que quiere hacer que me canse de él, para así alejarme haciendo respetar lo que yo misma ordené.

Lo que no sabe es que nunca podría cansarme de él, ni de lo que provoca en mí, aun cuando solo quiero partirle la cara.

—¿Qué os pasa? —pregunta Enzo tras mirar de Apolo a mí, y viceversa.

—Que nos pasan demasiadas cosas, Enzo, eso pasa...

Me despido de él, no sin antes quedar en que yo haría una parte del trabajo que nos mandó la profesora de la última clase.

Necesito a otra persona para hacerlo, pero no sé bien con quién lo voy a hacer.

Todo lo que está pasando con Apolo me tiene muy nerviosa, muy pensativa; siento que se están viendo afectadas, por primera vez, otras personas ajenas al círculo de la mansión, y todo...

por mi culpa. No puedo evitar pensar en que sea así.

Quizás necesite que Apolo me diga lo que siente por mí porque es un espejo de lo que yo siento por mí.

Quizás solo sea para asegurarme que solo fue algo pasajero, que en verdad no siente nada más.

Quizás simplemente sea porque soy una niñata que ha jugado con dos corazones a la vez.

Cada día, cada encontronazo con Apolo deja en mí unas secuelas imposibles de gestionar.

Amor, rabia, deseo reprimido, tensión sexual...

Todo esto es algo que, a pesar de que me consuma, no puedo dejar, no si se trata de él.

El problema es que el único con el que siempre puedo gestionarlo todo es...

justamente con lo que están viendo mis ojos, sentado en un banco fuera de la universidad, fumando como no es de extrañar en él, mirando a la nada, o mirando en su interior, lo que es más peligroso aún.

Gira su cuello hacia mi dirección, como si supiera que le estoy observando.

Nuestras miradas se mantienen. Sus ojos son intensos en este momento, pero esta vez no huyen, esta vez se mantienen.

Sé lo que piensa, y él no va a esconder los celos.