ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 24
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Olivia

Intento prepararme lo más rápido posible ya que, por orden del hermanito mayor, tengo que ir con él a la uni, otra vez.

Nada más bajar a desayunar me lo ordenó.

Me dijo que quería ir con Marco también, pero él dijo que no.

Aún siento las gotas de agua bajando por mi cara mientras seguía sobre él.

Espero que no querer venir con nosotros no sea a consecuencia de lo de anoche.

Anoche casi rompo nuestro pacto con Marco y, ahora mismo, siento que estoy haciendo mal con Apolo por no decírselo.

Pero él tampoco tiene el valor de decirme que siente celos, que se muere sabiendo que estoy yendo con Enzo a todos lados.

Quiero que deje de ser tan orgulloso; es la única manera de que se dirija a mí sin una capa de escudo por encima de él.

Si necesito aclarar todo esto para, al fin, poder tomar una decisión, o igualmente no tomarla, necesito que ambos sean sinceros completamente con sus sentimientos.

Lo que está claro es que él me sigue queriendo controlar todo, sigue queriendo tenerme cerca de él.

Cuando Apolo actúa así, es porque algo más quiere en todo esto.

Casi siempre he ido sola a los sitios, o con Marta; nunca se ha ofrecido a llevarme ni nada de eso, solo a recogerme de los sitios si es muy de noche o es peligroso.

Por eso me parece tan raro que ahora, de repente, quiera estar todo el rato sentándome a su lado en el coche y vigilando dónde voy y con quién.

Por desgracia para él, le conozco mejor que todos los que viven en esta casa, incluso diría que mejor que su propia madre, y sé que, por más que él diga que no, siente mucho más de lo que dice sentir.

Por eso no voy a parar hasta sacar de él su confesión, que me diga a la cara que no puede vivir sin mí, que me diga a la cara, sinceramente, que me quiere, que quiere romper el pacto.

Por otro lado, lo de anoche con Marco me dejó, de nuevo, con muchísimas dudas que no desaparecen.

Con él no necesito forzar nada, todo lo contrario, no puedo parar nada.

Cierto es también que Marco jamás ha tenido nada más en cuenta aquello que vaya más allá de sus narices; de lo contrario, posiblemente me viera en la misma situación que con Apolo.

Sin más rodeos y sin tardar más, me visto pero...

no de cualquier forma, sino de la forma que sé que Apolo se volvería loco.

Quiero que sea sincero con lo que siente y, con Apolo Montenegro, la única forma que existe para que te haga caso es jugando con su fuego.

Me visto con una camiseta bien apretada a mi cuerpo, haciendo notar todo lo que mi cuerpo dibuja.

Pantalones de vestir negros, ajustados, realzando la forma de mi cintura y de todo lo demás.

Pintalabios color tierra para realzar los labios y, no podía faltar algo que hace que no me quite el ojo de encima, mis pestañas, acompañadas de la raya en mis ojos, hacen un cóctel del que, para Apolo, es imposible no beber un sorbito.

Salgo de la habitación y me dispongo a bajar las escaleras.

Abajo del todo veo a Apolo justo al acabar las escaleras.

Mira una primera vez y aparta la mirada como si no me hubiera visto; sin embargo, vuelve a mirar otra vez cuando se da cuenta de que estoy bajando las escaleras, aunque esta vez su gesto cambia por completo.

Sus ojos rasgados me miran completamente de arriba abajo como si estuviera haciéndome un estudio corporal.

Sus cejas se alzan queriendo expresar «así que esas son tus cartas», sin hacer falta palabras.

Mientras voy bajando las escaleras, Marco atraviesa fugazmente desde un lado de la entrada hasta la puerta, pero, antes de abrir la puerta, se percata en el reflejo de la misma de que estamos justo detrás de él.

Su mirada también recorre mi cuerpo entero, de pies a cabeza; sus ojos se posan en los míos, provocando una corriente eléctrica en mi cuerpo o, mejor dicho, aumentando la que acababa de generar su hermano al estudiarme completamente.

Sin embargo, la mirada de Marco cambió repentinamente, como si algo en él le hubiera dicho «reset».

Tras mirar a Apolo y soltar un basto «me piro», sale por la puerta.

Apolo tiene el gesto algo torcido después de ver cómo me miraba Marco...

Empiezo a notar que todo esto está causando muchos estragos entre ellos.

—¿Vas a clase o a una fiesta? —pregunta con el rostro serio cotidiano en él mientras andamos hacia la puerta de casa.

—Si fuera a una fiesta, iría más potente aún...

—vacilo cuando Apolo, que acababa de abrir la puerta de casa, me mira alzando las cejas sorprendido por mi seguridad con el tipo de ropa, sabiendo que intento hacerle rabiar—, nunca se sabe lo que puede pasar —termino saliendo por la puerta antes que él y subiéndome al coche.

El camino a la universidad comenzó con silencio, aunque vi cómo me miraba varias veces de reojo, como si mil y una cosas pasaran por su cabeza como si fueran impulsos nerviosos.

Mi mirada no puede evitar fijarse en el Rolex plateado de su muñeca derecha.

Aunque varios pensamientos de deseo poseen mi cabeza a medida que me fijo en partes de él, no dejo de desear escuchar de él todo lo que siente su corazón.

—¿No vas a decir nada en todo el camino? —pregunto mirándole con una sonrisa en la cara.

—¿Qué quieres que te diga? —pregunta mirando mi ropa de nuevo—. Esto es por ese tal Enzo, ¿no?

—¿Para gustarle más, te refieres? No sé... ¿Pasaría algo si así fuera? —vuelvo a preguntar empezando a retarle.

—Por mí nada, solo digo que si es por eso, me parece demasiado pronto —responde, no solo mintiendo fatal, sino demostrando por su lenguaje corporal que lo que dice no es para nada igual a lo que piensa. Su puño aprieta lentamente el volante a medida que pronuncia esas palabras.

—¿Y cuándo no te parece pronto para ti todo lo que hago? Si te molesta por algo en especial, solo tienes que decirlo.

—Por mí, ya te he dicho que nada en absoluto —vuelve a contestar, sin poder sacarle de su tremendo muro de orgullo Montenegro.

El resto del viaje se resumió en miradas que no parecían miradas.

Pensamientos que sé que pasaban por su cabeza, mezclando las ganas que tenía de romper su orgullo con las de no caer en la tentación de tener que confesar para saber si así puede tenerme como él quiere.

Lo que él no sabe, por desgracia, es que si lo intentara, a lo mejor le sorprende muy gratamente lo que consigue.

Pero con Apolo no puedes esperar que sea así de fácil. Nunca lo es.

Llegamos a la universidad; la gente nos ve entrar juntos. Camino a la puerta, veo el Audi de Marco aparcado unos cuantos coches más allá del de Apolo. Marta, Enzo y los demás se encuentran justo antes de entrar.

—Ten cuidado —avisa Apolo con un tono demasiado seco.

—¿No me vas a vigilar y perseguir hoy, hermanito?

—pregunto mientras se coloca enfrente de mí, acercando sus labios a mi oído.

En ese instante, mi cerebro mandó la orden a todo mi cuerpo de aprovechar al máximo ese acercamiento, ese segundo en el que podía respirar su aliento, en el que tenía su cuello tan cerca de mí que pareciera que se funde conmigo, ese momento en el que algo me decía que disfrutara de él y lo grabara a fuego en mi memoria, pues podía ser de las últimas veces que tenga a Apolo tan cerca de mí.

—No me obligues a hacerlo, hermanita. Sabes que soy infalible —dice apartándose poco a poco, dejándome con los ojos aún cerrados, procesando la frase que me acaba de soltar, procesando su perfume de Prada alejándose de mí poco a poco.

No sé cómo interpretarlo; creo que me está dejando la puerta abierta a que siga pinchándole hasta que consiga romper, de una vez por todas, su capa de orgullo.

Marta se queda mirando a Apolo y, seguidamente, a mí, abriendo la boca de par en par.

Ya sé a lo que viene. Menudo sermón me echará sorprendida por el pedazo de bombón de hermano.

—Tía, tía, tía,pero ¿qué acaba de pasar? —pregunta sorprendida mientras le tiro del brazo y la meto en la uni.

—Cállate, no ha pasado nada. Solo hablábamos.

—¿Pero tú te has visto la cara? Poco más y solo te faltaba bajarte las bragas —responde riendo.

—¡Por favor, Marta! —exclamo cuando un golpe seco corta mi respiración.

Marco aparece por el pasillo: gesto serio, pelo despeinado, con la cazadora de cuero, vestido todo de negro.

Su mirada va fija al suelo, pero Enzo pronuncia mi nombre para llamar mi atención sobre él y, en menos de lo que tarda la luz en llegar a nuestros ojos, Marco levanta la cabeza en su dirección.

Marco frunce el ceño y observa todo de Enzo, desde las zapatillas que lleva hasta su peinado.

Parece que lo está descuartizando con la mirada.

Después, su mirada se fija en mí, viendo cómo Enzo viene decidido a saludarme.

Mis manos empiezan a sudar frío, mi cuerpo empieza a temblar.

Si Apolo es como es con los hombres, Marco es mucho peor, a él no se le ve venir.

Sin embargo, tras varios segundos mirándonos y, antes de que Enzo le viera, dirige sus pasos hacia otro pasillo, desapareciendo de nuestra vista.

Joder, no tengo bastante con Apolo para que ahora Marco también empiece a estar celoso de él.

—¡Olivia, buenos días! —exclama Enzo mientras Marta y yo nos miramos, sabiendo perfectamente y entendiendo que se acaba de producir uno de los momentos más embarazosos de mi vida.

Marta sabe a la perfección todo lo que ha ido ocurriendo con los hermanos, por eso sabe muy bien cómo acabo de sentirme con lo que acaba de pasar.

—Bu... buenos días, Enzo —respondo saliendo un poco de este trance tan extraño.