ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 23
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Marco

La sorpresa no es una sensación que ahora mismo pueda afectarme, ya que tengo mi cabeza como si me hubiera entrado alguien por un hueco de mi cráneo y estuviera martilleándome cada rincón de mi cabeza; pero esta sorpresa sorprendería a cualquiera.

Apolo, en su coche, sin hacer nada, con cara de tristeza.

Soy un orgulloso de mierda, me lo reconozco a mí mismo; tengo ganas de romperle la cara por estar con Olivia sin decirme nada y por intentar alejarla de mí, pero, si hay algo que puede contra todo eso, es ver a alguien de mi familia mal.

Apolo siempre ha sido mi hermano, pasara lo que pasara.

La situación no es la mejor, ni seguramente estemos en el mejor momento como hermanos, pero verle así produce en mí un sentimiento inevitable de culpa.

Al aparcar el coche a su lado, nuestras miradas se cruzan; él me mira durante unos segundos y yo le devuelvo la mirada.

Sin embargo, en sus ojos no veo nada de querer pelear, no veo su orgullo, no veo su serenidad...

Lo único que veo es... ¿derrota? Como si Apolo Montenegro estuviera cayendo.

Me bajo del coche y me dirijo hacia la puerta de casa; pasando por el capó del Mercedes, veo que pega su cabeza contra el volante.

Sigo unos pasos más adelante pero algo me para.

Una voz interna, casi que no puedo llegar a oír al estar tapada por una gruesa capa de hormigón armado por mi orgullo, me repite constantemente: «es tu hermano».

Vuelvo al coche, parándome en la ventanilla del copiloto, pico dos veces en el cristal.

Apolo me mira y, al hacerle el gesto para que abriera la puerta, levanta las cejas queriendo soltar un «bueno» clarísimo.

Me siento en el asiento del copiloto... Huele a Olivia.

Aún puedo sentir el aroma de su ropa impregnada en el asiento del coche.

Apolo me mira con cansancio en su mirada; es una mirada apagada, como si algo dentro de él necesitara ayuda.

—¿Raro, eh? —pregunta mirando al frente, compartiendo el mismo punto en el vacío al que oteo yo.

—Pensé que, a lo mejor, se te habría calado, como eres un poquito torpe conduciendo, pero veo que está apagado —contesto irónicamente, mientras él vuelve a sonreír ligeramente.

—Aprobé a la primera, gilipollas —responde agarrando el volante con una mano.

—Cuando Apolo Montenegro está en estas condiciones tan...

—gesticulo poniendo cara de asco— emotivas, es porque algo le falta y no puede tener, ¿me equivoco?

—pregunto, pero no obtengo más que una mirada sin fuerza, con ojos sumamente rasgados, intentando ocultar que sí, he dado en el clavo—.

¿Sabes qué es lo peor de desear algo que has prometido no tener?

—nos miramos, sabiendo perfectamente a qué me estoy refiriendo—: que no puedes enfadarte, no puedes luchar contra nada ni nadie...

ni siquiera contra ti mismo, porque nosotros mismos hemos firmado no hacerlo. Lo sé bastante bien... como tú.

—Está claro que hablas de Liv... —contesta suspirando, mirando al frente, como si entendiera que vengo en modo de guerra, como esta mañana.

—Olivia, María, mamá... La puta vida, en general. Qué más da. Lo que quiero decir es que, a veces, nos protegemos tanto que llegamos a hacernos más daño. Pero bueno, el dolor es bueno... Te hace saber que sigues vivo —alego levantando las cejas, sonriendo de lado, sin gracia.

—¿Qué intentas hacer, Marco? —pregunta mirándome a los ojos con cara de enfado.

—Tranquilo, no vengo a darte un discursito motivacional, eso se lo dejo a alguien que sea mejor persona que yo. Solo intento que no te conviertas en... —respondo mirando al volante y, seguido, a él— ... esto.

Un espacio de silencio se apoderó del coche.

Apolo y yo nos miramos, ambos viendo en nuestro mirar que, en realidad, estamos jodidos por lo mismo.

Que somos dos personas atrapadas en la misma red, esperando a que la secuestradora elija a uno de los dos primero.

Sabiendo que, sin habernos dado cuenta, estamos sumergidos en una guerra en la que luchamos para el mismo objetivo, pero con deseos diferentes.

Creo que nuestros hachas de guerra, ahora mismo, se están dando una tregua merecida.

—Gracias, hermano. Pero sabes que hace falta mucho para tumbarme —responde, ahora sí, sonriendo. Asiento sonriendo de medio lado.

—No se me da bien esto pero... bueno... —contesto intentando pronunciar un perdón que no sale.

—Que sí, que sientes haberme hablado así antes y haber entrado de esa manera a la uni... Tranquilo —contesta lanzándome un puñetazo sobre mi hombro.

—¿Pero me vas a decir que no mola el Porsche y que no ha sido épico? —pregunto lanzándole otro de vuelta.

—Entre AC/DC y la ropa esa que me llevas creía que era alguno que había venido borracho.

Si no hubieras sido tú, le habría partido la cara delante de todos —responde mientras los dos nos reímos con gracia, por fin—.

¿Lo compraste con el dinero de la pelea del otro día, no?

—pregunta dejándome congelado. Por lo que veo, no soy el único que investiga, aunque viniendo de Apolo, es de esperar.

—No fui por mí... ni por lo que pasa con Liv —contesto mientras me lanza una mirada que expresa, sin palabras, que no se cree ni una sola palabra del cuento que le intento soltar—. De verdad, no fue por eso. Solo quería saber de una persona que iba a acudir.

—Pero peleaste...

—Bueno, sí, peleé. Pero por los viejos tiempos —respondo irónico.

—Tranquilo, no voy a echarte la bronca. Yo también te he escondido cosas, al final —volvemos a mirarnos; veo sinceridad por primera vez en tres semanas en los ojos de mi hermano.

No veo pelea, no veo rencor, no veo cabreo ni agresividad.

Solo veo dos almas rotas por dentro que intentan aparentar que están de puta madre. O sea, Montenegro total.

—Tranquilo, si empezáramos a decirnos todas las verdades esto acabaría fatal... —respondo mirándole de reojo, sonriendo—, y prefiero que sigamos siendo nosotros.

Seguido a esto, le doy una palmada en la espalda y le digo que vayamos a casa a comer. Me muero de hambre y, después de este momento tan asquerosamente ñoño, necesito reponer fuerzas.

Son las diez de la noche. La tarde ha transcurrido realmente lenta, pensando en Apolo, en Olivia, en que todo está pendiente de un hilo para que algo explote.

Apolo sintiéndose solo, en la mierda, dentro de su fachada de hijo y hermano perfecto que siempre se mantiene en pie.

Luego yo, haciendo un esfuerzo demencial para tragarme el orgullo, al igual que Apolo, controlándome por no explotar y romperme los nudillos con la pared.

La sesión de ejercicio de hoy me ha ayudado bastante, quemar toda la frustración acumulada, todas las miradas con Olivia, saber que está con un compañero que no se despega de ella y que siento un peligro constante para que este pacto dure...

eternamente. Todo creí haberlo quemado en estas horas de ejercicio; sin embargo, nada me ha servido.

Una ducha rápida me ha hecho reflexionar: no puedo tocarla, pero tampoco puedo quedarme sin ella, ni hacerle daño a Apolo.

¿Puede haber algo más jodidamente difícil que desear algo que está prohibido?

Siento la necesidad de subir a mi sitio de siempre.

Saco de mi cajón cerrado con llave un cigarrillo y, con una chaqueta negra, me dirijo hacia mi sitio seguro.

Al llegar a él, me encuentro con que mi sitio seguro puede que hoy se convierta en mi mayor enemigo.

Veo a Olivia sentada sobre el tejado; intento darme la vuelta y marcharme pero su voz cálida, cortante como el frío a esa altura, algo rota por las lágrimas, me pide que me quede.

—¿Sabes que esto no es buena idea? —pregunto abriendo los ojos advirtiendo, mientras me coloco de pie, con una pierna flexionada apoyada en la pared, encendiéndome el cigarro y dando la primera calada—: porque si me quedo, no voy a saber fingir que no me importas.

—¿Y si te vas, podrás? —responde mientras frunzo el ceño y pongo cara de niño pensando.

—Mmm, me da que tampoco —contesto mientras el silencio se hace a nuestro alrededor—. ¿Por qué hoy parece que se ha muerto alguien?

—Marco... no puedes fingir que esto no te afecta...

—¿De qué hablas? ¿Del frío? —pregunto intentando obviar el motivo real de sus palabras.

—En serio, Marco. No tengo ganas de tu sarcasmo... Te necesito.

—Me necesitas... Yo necesito saber cómo coño pasar los días sin poder romper un pacto que duerme al otro lado de mi pared.

Necesito saber cómo convivir sin problemas con la persona que ha provocado que no pueda estar con la única persona a la que miro sin poder decir que me daría igual si no estuviera en mi mi vida.

—Sé que esto es una mierda para todos, ¿vale? Pero no podemos estar echándonos en cara todo el rato lo mismo. No necesito al Marco del que creo estar enamorada, necesito a mi hermano. Al que me sacaba de mis ataques de pánico.

Sus lágrimas caen sinceras. Liv nunca ha sabido gestionar sus emociones, sus problemas; nunca ha sabido cómo hacer sin tenernos cerca.

En esta situación en la que no sabe lo que quiere, creo que no es la idónea para mirar por mi culo.

Lo hice por Apolo... No voy a dejar sola a la mujer que amo con todo mi ser.

—¿Te digo algo? —pregunto mientras me siento a su lado, pasándole un brazo por su cuello para posarlo en su otro hombro—: a veces te pasaba tan a menudo que me daba pereza —reímos juntos mientras me da un golpe en la pierna.

—¡No seas estúpido! Tampoco sería para tanto —responde riendo.

—No... solo es para siempre.

Respondo haciéndole cosquillas en su costado; da un salto en el sitio y, sin querer, pierdo el equilibrio tumbándome sobre el suelo.

Ella cae encima de mí. Su aliento acompañado de su sonrisa, la sonrisa más sanadora, preciosa y llena de deseo por mi corazón y mi boca, cae a tan solo un suspiro de mis labios.

Sus ojos, aún llorosos, cruzan disparos de tentación y anhelo con los míos, librando una batalla que ambos bandos saben que no podrán ganar.

Una conexión limitada por un miserable pacto, en el que la lealtad juega con lo prohibido y el deseo de querer unirse eternamente, se hace notar en toda la mansión.

Nuestros labios intentan acercarse, nuestras narices se rozan tiernamente, deseando subir la velocidad de toda la situación.

—Te quiero demasiado, Marco Montenegro —sus palabras hacen ablandar cada espacio de mí. Mi tentación se ve con el límite destrozado.

—Lo sé —contesto sonriendo de lado.

Nuestros labios están a punto de tocarse cuando una fuerte lluvia comienza repentinamente.

Nos miramos riéndonos, sorprendidos y tremendamente congelados.

Nos levantamos corriendo del suelo para meternos en la casa a toda prisa.

Congelados, como estos últimos segundos quedarán en nuestras memorias como si fueran... eternos.