22
Apolo
Salgo de mi última clase ya cansado. Ha sido un día agotador; entre Marco, los fondos de beca, Olivia con ese tal Enzo, todo me está pasando factura ya hoy.
Necesito descansar. Paso por la facultad de Olivia para recogerla.
Todos los compañeros están saliendo; mientras, veo algo que me dejó parado mirando fijamente.
Olivia estaba mirando a Marco a lo lejos y Marco miraba a Olivia; el tiempo pasó por unos cinco segundos de mirada, acabando con Marco yéndose con Taylor.
Ya empiezo yo a apreciar lo que queda para que alguno de los dos rompa el pacto.
Tengo que empezar a replantearme si de verdad Olivia siente algo por él definitivo como conmigo, o es solo por la escenita de por la mañana.
—¿Por qué miras tanto a Marco? —pregunto acercándome de espaldas a ella.
—Solo pensaba en lo que hizo esta mañana, nada más... ¿Me vas a volver a secuestrar o nos vamos a ir a casa ya? —pregunta manteniendo su cara de orgullo.
—En el fondo te ha gustado que hiciera eso, ¿verdad? —pregunto acercándome a ella, sonriendo ligeramente.
—Uy, sí, me ha encantado. Pero creo que el intento de síndrome de Estocolmo te ha salido mal, eh —responde dándome dos palmaditas en el hombro. Miro sus manos mientras lo hace; sentir ese pequeño detalle de ella me hizo estremecerme ligeramente.
—No pasa nada, todo es ensayo y error; vamos, anda.
El camino al coche lo hacemos con silencio sepulcral; miro de vez en cuando a ella, pero solo observo su gesto de orgullosa empedernida.
Vemos a Marco entrar al coche; él también nos ve, mira de Olivia a mí y de mí a Olivia.
Su gesto era de enorme frustración y enfado.
Marco va a ser súper difícil de gestionar, está a punto de estallar.
Olivia se queda mirando cómo desaparece a lo lejos su nuevo coche.
Le digo que volvamos a andar para ir al coche y me sigue detrás.
—¿Qué haces? —pregunto al verla querer subir a los asientos de atrás.
—Subirme al coche —responde abriendo los ojos y arqueándolos.
—¿Detrás? ¿Me ves pinta de chófer? Siéntate delante, anda —vuelve a rodar los ojos, pero al final obedece y se sienta a mi lado.
Comienzo el viaje a casa; salgo del campus con cuidado para no dar a nadie. Una vez estamos fuera, comienzo a hablar con ella.
—Bueno... Enzo, ¿eh? —empiezo la conversación, dado que si por ella fuera, no hablaría nada.
—Has sido muy cabrón con él. ¿Hacía falta meterle en tu control masivo?
—No intento controlarle, Liv. Soy exactamente igual con todos los que están a tu alrededor.
—¿Me estás diciendo que esto lo haces para protegerme de que me quieran hacer algo? Apolo, te conozco muy bien. ¿Me vas a decir que no sientes celos?
—¿Celos? Hace tres semanas me dejaste claro tus intenciones; intento dejar los celos aparte y desaparecer esas ideas de mi cabeza. Quiero lo que llevo queriendo desde que te conozco: que no te hagan daño, Liv.
—¿Sabes qué? —pregunta girándose para verme de frente. Sus ojos clavados en mi reloj de Cartier y mis manos apretando el volante—. No te creo una sola palabra. Apolo Montenegro no da puntada sin hilo. Júrame por mí que no lo haces por celos.
Estoy empezando a ver por dónde va. Está empezando a vacilarme, está empezando a buscarme, como empezó a hacerlo en el chalet. Es todo muy contradictorio: hace esto y luego intenta que el pacto no se rompa. Pone en riesgo un pacto entre los tres.
—¿Se puede saber qué quieres que te conteste, Liv? —pregunto empezando a molestarme.
—La verdad, Apolo. Quiero saber qué quieres de Enzo —responde con una sonrisa en su cara, una sonrisa que delata que piensa que lo hago por celos... Por desgracia para mí, no se equivoca.
—Quiero saber si puedo fiarme de él —contesto evitando excepcionalmente la respuesta que quisiera que le diese.
—Querrás, entonces, que te cuente todo lo que hemos hablado, ¿verdad?
—Con pelos y señales, si quieres que le vaya bien en el equipo —contesto mientras dejo el coche aparcado a un lado de la carretera.
—A ver... por dónde empiezo... Podría empezar por cuando me dijo que soy guapa en tus narices —da la primera explicación mientras coge un mechón de su pelo y comienza a jugar con él—, o cuando dijo todo lo inteligente que soy; puedo empezar también por cuando me choqué con él nada más llegar a la puerta de clase...
—¿Cómo que chocaste con él? —pregunto con una ira enormemente inesperada. Solo la idea de imaginarme su cuerpo pegado al de él, aunque haya sido por un choque inoportuno, me pone enfermo.
—Vaya... ¿Tu espía maravilloso no te dijo nada de eso?
—pregunta sarcásticamente cambiando su gesto a uno de vacile.
Está jugando conmigo... jugando MUY sucio—.
Cuánto lo siento. Podría empezar también por esa despedida tímida cuando acabó la última clase.
No sé, Apolo —dice mientras coloca su mano sobre la mía, situada en la palanca de cambios.
Mi cuerpo se estremece tras ese contacto.
Noto cómo mi pantalón tiembla, cómo todo en mí se endurece, se tensa—: dime qué es lo que más te interesa saber.
—¿Por qué te estás comportando así, Olivia? —pregunto intentando controlar las ganas de agarrarla y hacerla mía en ese mismo asiento.
—Porque no me creo para nada que no sientas ni un solo ápice de celos.
Eres Apolo Montenegro: controlador —enumera mis características al mismo instante en que se va acercando a mí—, posesivo, obseso del control.
Tú mismo dijiste antes que no se puede evitar lo inevitable.
Ahora te pregunto yo: ¿tú puedes hacerlo?
—Soy más que capaz de pasar de ti; me dejaste claro el pacto y lo acepté sin poner peros.
Lo que no voy a dejar de hacer es protegerte, Olivia —contesto tragando la debilidad que estoy empezando a sentir viendo tan de cerca sus labios, su pelo cayendo sobre mis piernas, su mano pasando de la palanca de cambios a mi muslo.
—Sigues negando lo que sientes. No me vas a dejar más remedio; hay algo en ti que nunca podría mentir, Apolo, ¿sabes qué? —pregunta poniéndome a prueba.
—Sorpréndeme —acepto el reto con orgullo.
Su mano asciende lentamente por mi muslo, mientras que el bulto en mi pantalón no deja de aumentar.
Por más que intento controlarlo, apartarme, por más que intento moverme, es como si Olivia me hubiera congelado, como si hubiera echado sobre mí un hechizo en el que estoy totalmente paralizado.
Cuando coloca su mano sobre el bulto de mi pantalón, le agarro con fuerza la muñeca y la miro fijamente a los ojos, viendo sus labios entreabiertos y sonriendo ligeramente cuando la toco.
Intento que mi mirada sea fría, pero no sé si lo estoy consiguiendo.
—¿Qué coño haces, Liv? —pregunto con la mirada más fría que me sale en ese momento de ardor extremo.
—Uf, para pasar de mí, esto está gritando otra cosa. ¿Qué pasa, Apolo? ¿Esta es la única manera que tienes para volver a llamarme Liv? —pregunta retóricamente.
—¿Por qué cojones estás jugando así conmigo? —pregunto agarrando su barbilla, frenando que se acerque a mi boca.
—Porque eres un mentiroso de mierda. Reconoce que estás muerto de celos por Enzo, y te dejaré en paz.
—Te haría falta machacarte más esa cabeza inteligente para darme celos —nuestras miradas se fijan y se mantienen unidas como si fuera pegamento.
El deseo salta de nuestras pupilas, la tensión va a hacer que las ventanas del coche estallen—.
Te haría falta mucha menos distancia —acabo mi respuesta apartando todo lo que tiene puesto en mi cuerpo.
—Siempre he odiado tu orgullo de hombre sin sentimientos. Veremos quién tiene razón.
Sus ojos y los míos siguen mirándose.
—Quien juega con fuego se acaba quemando, Olivia. Ya te advertí una vez —contesto lo más serio que puedo mientras me vuelvo a colocar para arrancar el coche.
—Quemarme me encanta; además, ¿y si no se puede evitar lo inevitable?
—Yo no soy inevitable, Olivia. Tú tampoco —respondo mirándola, ahora sí, con la expresión más desinteresada y seria posible.
Vuelvo a encender el motor del Mercedes y, como si fuera un coche de carreras, empiezo a conducir a toda velocidad para llegar cuanto antes a la mansión. Para sacarla de mi coche y, con el paso de los días, de mi alma.
Llegamos a la mansión. La dejo en la puerta y, sin despedirme de ella, sin siquiera mirarla, baja del coche cogiendo todas sus cosas.
Solo quedaron las ganas de que lo que acababa de pasar en el interior de este coche hubiera pasado ese muro estúpido y horrible, ese puto muro que se interpone entre los tres.
Un muro que no aclara nada, lo único que trae es distancia y más distancia.
Mientras guardo mi coche en el garaje, me dispongo a contactar con Mike; debo informarle de que ya tengo el nombre del chico.
Tras hacerlo, me quedo en el coche, con la cabeza apoyada sobre mi volante.
Aún huelo su olor. Aún siento la tensión que se había acumulado en este viaje tan corto pero intenso.
Aún la imagino sentada a mi lado, con su mano sobre la mía.
Aún puedo sentir el olor de su pelo, la suavidad con la que caía sobre mis piernas.
Aún la siento a ella... Aunque todo en mí no quiera hacerlo, aún siento a Olivia dentro de mí, como si estuviera anclada a mi alma, como si fuera una droga que no puedo dejar de tomar.
Levanto la cabeza al ver una luz entrando al garaje. Marco acaba de llegar a casa.