20
Olivia
Haciendo caso omiso a lo que acaba de ocurrir y evitando la mirada babeante de Marta y del resto de chicas, decido entrar a la universidad para ir conociendo dónde voy a estudiar.
Para hacer que mi sueño empiece a cumplirse por fin, aunque haya distracciones que intenten joderlo todo.
Al entrar por la puerta me quedo perpleja por lo enorme que es, pareciera que no tenía final.
Estoy acostumbrada a los edificios enormes pero, aun así, los nuevos que veo me siguen dejando asombrada.
Siempre me han dado muchísima impresión los sitios tan grandes.
He de confesar que, como buena gran lectora que soy, tengo unas ganas inmensas de ver la biblioteca de la universidad; me han dicho que es enorme y que puedo encontrar libros de todo tipo.
Estoy deseando hacer todo lo que tengo pensado.
Sin embargo, una voz grave, más conocida de lo que me gustaría, se dirige a mí como una ventisca de invierno.
—¡Olivia! —la voz de Apolo interrumpe mi asombro por el sitio nuevo—. ¿Se puede saber qué le pasa a Marco? ¿Por qué ha montado esa entrada? —pregunta alterado.
—Bájale los humos, ¿eh? Y, por favor, no me montes un numerito en mi primer minuto en la universidad —contesto mientras veo cómo su expresión cambia totalmente.
Acabo de dejar callado a Apolo por primera vez en mi vida—.
No tengo ni idea de por qué Marco ha hecho eso, así que, si tanto te preocupa, díselo a él.
—... Tienes razón, perdona. ¿Qué te parece la uni? Te puedo hacer un tour por ella para que la conozcas —dice colocando una expresión alegre en sus labios.
—Lo tendré en cuenta, pero de momento quiero ir a mi bola. Ver todos los pasillos y, sobre todo, aprenderme el camino a mi clase. Sabes que eso de ubicarme y aprenderme los caminos no se me da muy bien —contesto devolviendo la sonrisa.
—Claro que lo sé. Tampoco se te da bien fingir que no eres tímida. Después de tantos años y de tantas cosas, me sigues hablando con las mejillas rojas —mierda, ¿tanto se me nota?
—¿Qué? No... Claro que no es por eso... Es solo que hace frío fuera —respondo intentando comportarme normal, como si no estuviera sintiendo un campo eléctrico entre mis piernas y en mi pecho.
—Intentaría demostrarte que la razón no la tienes tú —dice riendo mientras se acerca a mi mejilla—, pero tengo una promesa que cumplir.
Me da un beso en la mejilla y se aparta al instante de mí, mientras tanto, nuestras miradas se unen en una sola.
—Suerte en tu primer día, Liv —dice mientras comienza a andar de espaldas a mí. Pero, antes de desaparecer por completo, se gira de nuevo—: Ah, y ten cuidado con... Ya sabes.
Ahora sí, desaparece. Con su camisa blanca metida por la cintura por dentro de su pantalón de vestir negro, sus zapatos negros mate y su reloj de Cartier.
En mi interior, un suspiro enorme quiere salir de mí, una acción de mi corazón quiere echarme a correr detrás de él y decirle que quiero que me haga ver que no tengo la razón, pero tengo que ser constante con lo que les dije.
No puedo cometer el mismo error de nuevo.
Dejando a Apolo a lo suyo, vuelvo a lo mío.
Sigo mi camino hacia la primera clase del día, hacia mi primera asignatura.
En los carteles informativos leo hacia dónde me tengo que dirigir para ir al grado de Psicología.
Al llegar a la planta, veo diferentes aulas, miro de nuevo las indicaciones para llegar a la que es mi sala.
Creo que ya la encontré. Me dirijo hacia ella decidida a entrar cuando, de repente, la puerta del aula se abre de golpe y la persona que sale choca contra mí tirándome todo al suelo.
Antes de descubrir quién es la persona que me acaba de dejar en ridículo ante quien quiera que haya dentro de la clase y me haya visto, me agacho a coger mis cosas.
La otra persona se agacha también a ayudarme.
Veo manos de hombre, más o menos de mi edad, ropa clara, barba bien arreglada y ligera, piel clara y pelo moreno.
Y lo más sorprendente, también habla español.
Al chocar contra mí, he escuchado cómo decía: «joder».
—Sorry, what a silly accident! It was my fault —exclama el chico al que intento no mirar demasiado; no puedo evitar temer a la gente nueva, más aún si son chicos.
—Tranquilo, hablo español —contesto al escucharle disculparse en inglés.
—¡Anda! Otra española por aquí —intento mirar a sus ojos color azul como el mar, apartando mi mirada rápidamente mientras parece que él está analizando cada centímetro de mí—: empezar el primer día de clase con un tropiezo no trae un buen augurio, ¿eh?
—¿Tú también vienes a esta clase? —pregunto colocándome el pelo y agarrando bien el bolso esta vez.
—Sí, es mi primer año en Psicología. ¿Quién lo diría?
Yo, estudiando Psicología. Mis padres no habrían dado un duro por ello.
Pero, sí, aquí estoy. Me llamo Enzo —me dice ofreciéndome la mano.
Instantáneamente me quedo bloqueada, aunque no me parece mala persona, ni alguien que vaya con malas intenciones.
Sin embargo, la sombra de San Diego es más grande cada vez que intento conocer a alguien.
Algo dentro de mí está llamando a gritos a Apolo, pero otro algo me dice que le dé la mano—. Vaya, veo que eres muy... ¿reservada?
—¿Eh?... No... No, perdona. Lo siento, no es por ti, ¿eh?
De hecho, pareces buena persona. Es solo que...
Bueno, ando algo nerviosa. En fin, vengo a la universidad de mis sueños desde que soy pequeñita, te podrás imaginar —digo riendo entre timidez y nerviosismo, evitando que mi sonrisa gansa se haga notar demasiado.
—Tranquila, lo entiendo —responde sonriendo también, rasgando aún más sus ojos—: es normal al ser el primer día. Por cierto, tú tampoco pareces mala persona. De hecho, tienes una sonrisa muy contagiosa, es muy bonita.
Los piropos sin maldad de otros chicos hacen que mi cabeza colapse y que mi cuerpo active un plan de emergencia de estado de alarma inminente.
Además, algo raro que estoy sintiendo es como si estuviera, de alguna manera, siendo infiel a Apolo...
o Marco, solo por estar hablando con otro chico. Dios, debo de dejar todo eso atrás.
—Gracias... Supongo —respondo intentando ocultar mi temor hacia ese tipo de comentarios.
—Vale, vale, entendido. Nada de piropos gratuitos.
Perdóname, suelo decir lo que siento sin filtros.
A veces me dicen que soy un cabrón, pero a quien no le guste, pues ok.
En fin, si quieres podemos sentarnos juntos —mi cabeza vuelve a bloquearse por unos instantes de segundo.
Hace mucho tiempo que no hablo con alguien más de cinco minutos sin que aparezcan los chicos.
—Pues... Me encantaría, pero es que ya tengo compañera —respondo pensando en Marta. Realmente prefiero sentarme con ella antes que con cualquier desconocido.
—Ah, perdona. No sabía que ya habías hecho amigos.
—No, no, no, a Marta la conozco desde niña. Venimos juntas a la carrera. Por desgracia, llevo aguantándola muchos años —respondo con ironía, pues más bien es ella la que lleva tiempo aguantándome así.
—Perfecto entonces... Por cierto, no me has dicho tu nombre —dice sonriendo mientras me sujeta la puerta dejándome entrar.
—¡Ay! Perdona, qué tonta. Olivia, me llamo Olivia.
—Encantado de conocerte, Olivia.
Una última sonrisa de ambos pone fin a la que ha sido mi primera conversación de la manera más estúpida posible con un hombre que no haya sido los hermanos, mi padre o mi profesor de baile.
Para ser la primera persona no está nada mal.
Me siento en un sitio cualquiera que me ha dado mejores vibes y espero a que llegue Marta.
Empiezo a sentirme algo intimidada cada vez que miro a Enzo y él me devuelve la mirada con una sonrisa.
Puede que no tenga que ser nada, lo más probable es que sea un tipo normal y corriente que no esté obsesionado con el control y por eso me resulta tan raro.
—¿Y esas miraditas? —escucho preguntar a Marta mientras se sienta con una sonrisa de oreja a oreja a mi lado.
—¿Qué miraditas?
—Vamos, no me digas que no está bueno. ¡Bienvenida a la universidad, Santa Olivia!
—Mira que eres tonta, ¿eh?
Tuvimos que interrumpir la conversación, pues la profesora de esta primera asignatura entró al aula. Debo concentrarme, debo empezar esto con buen pie. Vamos a demostrarme que soy capaz de sacarme esto.
Han pasado 40 minutos, la profesora decide acabar más pronto la clase por ser el primer día y no querer agobiar ahora con tanta información.
La verdad es que es la primera clase y ya tengo mi agenda rosa llena de escrituras y fechas a recordar.
Creo que esto es un mundo muy distinto del que vengo.
Me va a costar bastante adaptarme aquí. Para la siguiente clase tenemos que bajar hacia la planta baja.
Marta se queda hablando con una compañera nueva que conoció antes de entrar a clase.
Le dije que bajaría mientras ella acaba con esa chica.
Me gustaría tener la capacidad de Marta para conocer gente y amigas.
Me llevo un punto por haber conocido a Enzo, quien al salir de clase se despidió de mí con una sonrisa y con un saludo.
Al final, en alguien como yo, algo es algo.
En la planta de abajo, mientras voy caminando y pensando en todo lo que había dicho mi profesora antes, veo venir al fondo del pasillo, de nuevo, a Apolo.
Viene con aparente tranquilidad, saludando a todos...
y a todas. Sonriéndole a cualquiera que se encuentre por el camino.
Sabía que tiene reputación en la universidad, pero ¿tanta?
Veo que se acerca a mí pero no frena, ni siquiera me mira.
No sé qué estará pensando o tramando pero intento seguir su juego por lo que pueda pasar y yo tampoco me paro a esperarle.
De repente, cuando estamos casi hombro con hombro, agarra con fuerza mi mano izquierda con la mano que porta su reloj de Cartier, me introduce con él rápidamente en un baño de chicos y...
Lo más sorprendente, cierra la puerta del baño con la llave.
—¡Se puede saber de qué vas! —exclama sorprendida por lo que acaba de hacer, cuando se acerca a mí, de golpe coloca su mano sobre mi boca para evitar que siga alzando la voz.
—Cállate. Pueden oírnos. ¿Estarás callada? —pregunta mientras su mano sigue apretando mi boca con dureza.
—Sí, vale. ¿Qué coño quieres, Apolo? —pregunto dejando mis cosas sobre el lavabo.
—No llevas aquí más de hora y media y ya tienes un amiguito, ¿no? —pregunta dejándome totalmente perpleja, aunque no puedo evitar soltar una carcajada.
—Espera, ¿esta es la Universidad de Stanford o la de Apolo Montenegro? No me digas que las cámaras las controlas tú —respondo con ironía.
—Pues mira, no lo había pensado, pero a lo mejor me acabas de dar una muy buena idea —contesta mientras se desabrocha dos botones de la camisa, a través de los cuales puedo ver la parte superior de sus pechos—: Dime, Liv, ¿lo conoces de algo?
—Pues no, Apolo, no lo conozco de nada. De eso se trata empezar a hablar con alguien, ¿sabes? Así es cómo conoces a la gente, no mandando a tus secuaces a que lo hagan.
—¿Sabes acaso las intenciones que tiene? ¿Sabes qué tipo de hombre es? No sabes nada, Olivia —contesta acercándose a mí cada vez más.
—Tienes razón, no sé nada de él, pero tampoco puedo juzgar a todos los chicos de mi alrededor por lo que me pasó o por lo que piense Apolo Montenegro de él, porque si no, no tengo a nadie cerca —contesto cabreada mientras contengo el temblor de mi voz cada vez que se acerca más.
—¿Tanto te molestaría tenerme solo a mí cerca de ti? —pregunta colocando sus brazos, con las mangas remangadas de su camisa, dejando ver sus venas marcadas por sus entrenos de fuerza, sobre el lavabo, acorralándome. Sin escapatoria. Bajo el poder de Apolo. Mi aliento ya no se contiene más.
—Apolo... Sabes que no debemos... —intento hablar sin que se note mucho mi delirio.
—«No debemos» hace tiempo que no está en mi diccionario, Liv. Mucho menos teniéndote aquí rodeada de tanta gente interesada en ti.
—Solo ha sido un chico, Apolo. No es nada... —intento acabar la frase, pero su cuerpo pegándose al mío me frena.
—Solamente un chico puede destruir todo lo que considero importante para mí. No sabes dónde estás, Liv. No sabes a qué te enfrentas. No existe nadie en este lugar que tenga la virtud de ser merecedor de dirigirse a ti.
—Vuelves a hablar como si quisieras que fuese solo de tu propiedad. ¿No recuerdas lo que pactamos? —pregunto mirándole fijamente, haciendo notar que eso me empieza a enfadar.
—Muchas reglas a veces están para romperse, Liv. Si veo que no me dejas otra opción, tendré que hacerlo. Cuidado con las personas con las que hablas... —dice acercando sus labios a mi oído—, y no tendré que meterme.
—¿Puedo irme ya? ¿O me vas a seguir secuestrando? —respondo cogiendo mis cosas. Me ordena salir yo primero.
—¡Oye! Que este es el baño de chicos —escucho decir a unos chicos que vienen al baño.
—Ya lo sabe, viene conmigo —les contesta Apolo, haciendo que estos chicos escondan sus rabos como perros.
—Perdona, Apolo, no sabíamos que venía contigo.
Los chicos desaparecieron y Apolo me lanza una mirada asesina antes de irse.
Me quedo en el pasillo acompañada de mi inmensa necesidad de haberme quedado en ese baño encerrada con él, viendo cómo el muro que me costó construir estas últimas tres semanas ha estado a punto de derrumbarse por completo y temiendo que puede que no tarde mucho en hacerlo completamente.
Y aún no me encuentro con Marco. Una vez más, bienvenida a un nuevo infierno Montenegro.