ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 17
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Apolo

Salgo de la habitación de Olivia con unas ganas enfermizas de buscar a Marco, de decirle cosas demasiado duras para su aparente resistencia.

Pero le he dicho a Liv que no generaría problemas entre nosotros; a pesar de todo, no quiero hacerle más daño de lo que ya estará sufriendo.

Aunque yo me muera de ganas, tengo que tener cabeza, ser frío, pensar como el mayor de los Montenegro; no puedo permitirme rabietas de crío, hay una imagen que mantener y una familia que sostener fuerte.

Me dirijo entonces hacia mi habitación, pensando únicamente en una ducha fría para quitarme la mala puta hostia que cargo e intentar olvidarme lo que pueda de Olivia.

He de respetar su decisión, he de ayudarla en esto, por más que me pueda joder por dentro y por más que quiera que sea solo para mí; si ella no puede decidirse entre los dos, mi posición será desde muy lejos.

Tal vez tenga razón y sea mejor para todos.

Antes de meterme a la ducha, me pongo a hacer dominadas en la barra de mi habitación cuando me veo interrumpido por el tono de llamada de mi móvil. Nada más ver quién era ya sabía el motivo de la llamada.

—Sorpréndeme... —respondo secándome el sudor con la toalla.

—Tu hermano... Acabo de verle aquí. Por lo que veo viene a pelear...

—Vaya —respondo haciéndome el sorprendido—, qué raro que Marco Montenegro falle a sus promesas. La pena es que no es a lo único que falla... Quiero que le sigas la pista y me informes de todo lo que hace, ¿estamos?

Cuelgo la llamada y tiro el móvil sobre la cama.

No me sorprende en absoluto que vuelva a pelear.

Siempre falla a todo lo que promete, no se puede confiar en él y menos ahora que sé con certeza que se ha estado escondiendo cuando estaba sintiendo cosas por Olivia.

Lo que más me cabrea de todo es que estaba ocurriendo enfrente de mí, en mi cara.

Me han visto cara de tonto, han traicionado mi confianza.

Una parte de mí desea que le rompan la cara pero, como siempre, mi puto corazón impide que ese pensamiento se haga realidad.

No quiero que le pase nada malo; a pesar de todo, él no tiene culpa ninguna de que Olivia prefiera estar con él.

Lo que sí no puedo perdonar es que haya vuelto a hacerlo, y lo peor es que lo vuelve hacer aun sabiendo que me voy a enterar de ello y que podría sacar hasta la información de cuántas veces respira en el día.

En fin, no pienso preocuparme más por un niñato que no es fiel a lo que dice, que traiciona a un hermano.

Debí hacerme caso mucho antes, cuando ya se me pasaba por la cabeza la sensación de que algo había entre ellos.

Desde aquel encuentro en la cocina de la mansión, algo me estaba diciendo que aquí había más que un simple enfado.

Lo peor de todo es que yo los conozco a la perfección a los dos; no podían seguir engañándome mucho tiempo más.

Escucho desde mi habitación cómo la puerta de la de Olivia se abre.

Algo dentro de mí quiere salir corriendo detrás de ella, quiere hablar con ella, quiere intentar hacer que cambie de opinión.

Ese algo va en contra, totalmente, de lo que mi otro lado me está diciendo.

Me lo acaba de dejar muy claro: no quiere nada, quiere esperar, quiere alejarse de mí...

y de Marco. Me parece que se está dirigiendo hacia las escaleras, las que suben a la guardilla, pero ¿qué hace Olivia yendo allí?

En ese lugar solo hay polvo y trastos viejos.

Escucho cómo su respiración está algo acelerada.

Algo me dice que puede estar llorando y que debería de salir.

No tenía intención de hacerlo, pero escucho cómo empieza a toser de seguido y, al instante, mi orgullo se rompe y deja salir algo de claridad.

Debo de ayudarla. Salgo de mi habitación y me dirijo hacia las escaleras.

Ahí la veo, apoyada en la barandilla descansando para no ahogarse, agachada casi tocando el suelo.

—Liv... ¿estás bien? —pregunto acercándome lentamente.

—... Sí... Sí, claro que estoy bien. No hace falta que vengas —responde entre suspiros fuertes.

—Te está costando mucho respirar, Liv, ¿traigo el Ventolín?

—No hace falta, de verdad —contesta girándose hacia mí y subiendo su mirada desde mi cintura hasta mi cara, observando mi torso al descubierto. Menos mal que quiere distancia... Sus ojos me están gritando todo lo contrario—. Pu... puedes... volver a hacer lo que estuvieras haciendo.

—Por la forma en la que me miras parece que quisieras venir conmigo —arqueo las cejas mientras veo cómo su cara entra en rojo ebullición.

—Claro... claro que no —responde frunciendo el ceño con aires de cabreo, irguiéndose y adoptando una postura digna.

Me acerco a ella hasta poder respirar su aire.

Intento disfrutar de él todo lo que pueda, pues sé que posiblemente sea la última oportunidad que tengo para hacerlo.

Y, pensándolo bien, no quiero que mi última palabra fuera lo que le dije en su habitación antes de salir.

Junto a escasos centímetros mis labios a los suyos, mientras la miro a los ojos con la fuerza más abrumadora que podía sacar de ellos.

—¿Te puedo dar un consejo de hermano, Liv? —pregunto riendo, elevando solamente un lado de mis labios—. Sé que tu cabeza quiere olvidarme, pero lo que te hice sentir aquel día se ha grabado a fuego en tu cuerpo. No te engañes, sabes que quieres... Pero no puedes.

Un suspiro que suena a orgasmo silencioso sale de los labios que enloquecen mi cordura.

—Descansa, hermanita.