16
Olivia
Mi habitación en este momento se convierte en mi mayor refugio.
Mientras escucho Dark Paradise, de Lana del Rey en mis AirPods, un dolor del tamaño de todo el continente evade mi ser como si fuera agua en el Titanic.
Jamás en lo que llevo de vida junto a Marco un camino a casa había sido tan sumamente silencioso.
No podía saber qué pensaba, pero me lo imaginaba como si fuera yo quien le evocara los pensamientos.
Siempre ha sido eficaz a la hora de esconder sus sentimientos y emociones, salvo una de ellas: la rabia.
Cuando algo no le sale como a él le gustaría, se convierte en rabia en forma de carne y huesos.
Está saliendo una vez más, durante la noche, a saber dónde, como hace siempre.
Espero, aunque sé que va a ser así, que no se dirija de nuevo a las peleas.
Pero es Marco; pararle es como intentar parar el paso del tiempo.
Se está haciendo de noche mientras miro las estrellas llorando.
Pensando en la conversación con mi amiga, en lo que pasó con Marco en el coche.
La frase que me dijo antes de arrancar me persigue por mi mente como si fuera el impulso nervioso de todas mis neuronas.
Marco me atrapa como si fuera la tela de una araña donde he caído sin esperarlo y quererlo.
Sin embargo, la sombra de Apolo se cierne sobre estos pensamientos.
Sus palabras en la habitación, «si quieres ser mía han de cambiar muchas cosas.
Para empezar, que dejes de sentir lo que sientes por Marco», me hacen temblar.
Todo esto me hace sentir que, tome la decisión que tome, les voy a hacer daño.
No puedo elegir entre Apolo o Marco si ni siquiera puedo decidir si lo que siento por uno u otro es real, si es solo atracción o si es solo las terribles ganas de besarlos que siento al verlos.
El consejo de Marta me persigue: tal vez lo mejor sea intentar poner distancia de por medio, aclarar unas ideas que para nada están claras, saber más lo que me está diciendo mi corazón y no poner la atención solo a lo que siente mi cuerpo.
Los hermanos Montenegro están haciendo que mi cabeza se vaya a la mierda; no puedo dejar que por ella esté jodiendo la relación tan genial que siempre hemos mantenido.
Aunque sepa que, si tomo la decisión de alejarme de ambos, van a dolerles como si fueran dagas en sus corazones.
Apolo ya sabe que Marco siente algo por mí, sabe que yo por él también y, además, sabe que por él me vuelvo loca.
No puedo meterles en una guerra constante en la que peleen entre ellos por mi culpa.
Son demasiado importantes para mí. Decido cambiar un poco de pensamiento: voy a bañarme y a ver si así se me despejan un poco estas ideas, si borrando estas lágrimas de mi cara puedo ver lo que siento de verdad y lo que me quiere decir.
Ha pasado una hora, una hora llorando en la ducha por no tener ni idea de cómo hacerlo para que no sufra nadie.
Cuando ya se me secaron las lágrimas de mis ojos y no salían más, salí del baño.
Mientras me pasaba el turbante por el pelo, aún con la toalla puesta, veo desde mi ventana aparecer el Mercedes de Apolo, a una velocidad descomunal.
Ya la tenemos liada. Algo le está pasando...
y algo me dice que soy yo. Me pongo el pijama con rapidez.
Algo me dice que vendría directo a mí. De hecho, estoy escuchándole subir por las escaleras.
Tres golpes alteran el silencio de mi habitación.
—Olivia, ¿puedo entrar? —pregunta llamando delicadamente a la puerta. Afirmé con un simple «sí».
—Buenas noches... Venías muy deprisa, ¿no? —pregunto mientras me siento en la cama apoyando mis brazos sobre mis rodillas.
—Vaya, vaya... Así que ahora te preocupa lo rápido que voy —responde metiéndose las manos en los bolsillos y acercándose a mí, con una sonrisa irónica en la cara.
—Sabes que siempre me preocupa que vayas como un loco... con el coche —contesto cuando se sienta a mi lado, tan cerca que hizo que me hirviera la sangre. Pero tengo que recordar lo que estaba pensando antes. Debo ser fuerte.
—Tranquila, no permitirá que me pasara nada y dejar de verte, Liv —sus palabras atraviesan hasta el miocardio de mi corazón.
—Apolo... Quiero hablarte de lo de antes —respondo mientras quiere acercarse para besarme la mejilla. Al escuchar lo último, se aparta lentamente con el gesto cambiado. El ceño fruncido, como si ya supiera que no le va a gustar lo que voy a decirle.
—Es Marco, ¿verdad? Sabía que no ibas a ser capaz de decirle que no a él, siempre has estado obsesionada con él, siempre ha sido tu favorito, se veía a leguas, siem... —interrumpo sus palabras antes de que se ponga más cabreado aún.
—No es Marco, joder. No es Marco. Soy yo —le digo mientras me aparta la mano lentamente de la boca.
—¿Qué pasa contigo? ¿Estás bien? —pregunta cambiando su gesto a uno de preocupación.
—No, Apolo. No lo estoy. Mira, no sé cómo sabes que Marco siente algo por mí, o que yo sienta algo por él.
Solo quiero decirte que no puedo más con mi cabeza, Apolo.
No puedo estar en medio de las dos personas más importantes de mi vida.
No puedo enfrentar a los únicos que me mantienen con vida y me protegen como si fuera lo más valioso de sus vidas.
Lo que hay entre tú y yo es la hostia, Apolo.
Cada vez que te tengo cerca, a mi respiración le cuesta salir.
Pero no puedo hacerle esto ni a Marco ni a ti.
Necesito tiempo, Apolo. Tiempo para saber lo que hay en mi corazón y dejar a mi cabeza...
Tiempo para evitar que el daño sea mayor.
—¿Quieres decir que lo que quieres es alejarte de nosotros? —pregunta tensando la mandíbula como si fuera a partirse las muelas.
—Tal vez sea lo mejor para los tres, ¿no crees? —respondo mientras mis ojos se vuelven cristalinos y llorosos.
—¿Piensas que lo mejor es dejar de poder tocar tu cuerpo como necesito hacerlo, Liv? No puedo estar más de cinco minutos sin saber de ti, ¿tú crees que voy a poder distanciarme de ti?
—No estoy diciendo que lo tengas que hacer tú.
Solo en este aspecto, solo en nuestra relación sentimental, en nuestros encuentros, nuestros besos, lo que pasó en el chalet.
Solo pido parar con eso, Apolo. No está bien para Marco ni para nosotros.
Y entiende que es algo que decido yo, Marco no tiene nada que ver en esto.
De hecho, a él le he dicho lo mismo —contesto sin evitar que mis lágrimas caigan.
—¿Has tenido algo con Marco, ¿verdad? —pregunta levantándose de la cama.
—Qué importa eso ahora, Apolo. Sabes de sobra que he estado con los dos, y me arrepiento de ello por el daño que os puedo causar y que sé que causó.
Pero precisamente por eso debemos parar, darnos un tiempo los tres, para pensar, para saber qué estamos haciendo.
Apolo, te deseo como nunca hubiera creído hacerlo...
Pero debo saber qué es lo que siente mi corazón —respondo cuando pasan varios segundos en los que Apolo y yo nos miramos.
Yo, llorando; él, conteniéndose bajo su escudo de fortaleza Montenegro.
—Está bien... —contesta apretando nuevamente su mandíbula—.
Si quieres tiempo, lo tendrás. No pasará nada en nuestra relación, ni yo con mi hermano.
Puedes estar tranquila. No voy a permitir que por nuestro orgullo y nuestros celos se pierda nuestra relación de hermanos.
Solo una última cosa... —dice mientras agarra el manillar de la puerta—: me desearás con todas las ganas que quieras, pero tu corazón siempre ha sido de Marco. Descansa, Liv.
Apolo abandona mi habitación cerrando no solo esa puerta, sino la que me abrió hacia su corazón. Ahora sé que abrirla de nuevo será una misión imposible. Quizás sea mejor así, aunque mis huesos y mi piel tiemblen por ser suya, porque él sea eternamente mío.