14
Olivia
Al entrar a la academia veo que aún no ha abierto la clase Martín; fuera estaban mis compañeras y también Marta.
Tengo que contarle lo que está pasando, Dios mío, no puedo gestionar esto yo sola, es muy demasiado esta mierda.
Esto ya no es un cacao, es cacao, chocolate, marihuana y todo junto.
Necesito que alguien más sepa la fumada de mi vida.
—¡Marta! —saludo mientras está con el móvil.
—Hombre, la Montenegrita. No contestas a los WhatsApp, ¿qué leñes te pasa, tía?
—Justamente de eso quiero hablarte —respondo cogiéndola del brazo y apartándola un poco más alejados del bullicio de las otras chicas bailando solas—. Necesito contarte lo que me está pasando porque está siendo demasiado.
—Pero, tía, ¿qué pasa? ¿No me digas que te has follado al hermano buenorro? —pregunta mientras hago un silencio que prácticamente confiesa la respuesta, acompañado de un gesto con mi cara que le hace verificar que no va por mal camino—. ¡PERO, TÍA, TÚ ESTÁS COMPLETAMENTE LOCA!
—Espera, espera. Que no es como tú te imaginas.
—¿Ah, no? ¿No ha sido Marco encima y tú debajo? ¿Qué ha sido, a lo perrito? ¿Misionero? —iba a preguntar otra cosa pero le tapé la boca porque no había otra manera de hacerla callar.
—Joder, tía, no fue con Marco... —cuando escucha esto último, sus ojos se abren de par en par y empieza a bufar palabras que no puedo entender porque aún tengo mi mano tapándole la boca.
—¿Te has liado con otro tío mientras casi te besas con tu hermanastro? —pregunta cuando, por fin, consigue apartarme la mano.
—Algo así... Sí. El problema es que ese otro tío... —un gesto de su cara abriendo los ojos para decirme que me dé prisa sale directo a mí—: fue Apolo...
Mi amiga no podía creer lo que le estoy contando. Se está poniendo hasta blanca. Está pasándole algo muy raro. A ver si se va a desmayar o algo.
—Tía, tú eres la puta ama... —realmente no entiendo esa respuesta.
No es la que esperaba para nada. No se ha puesto como una moto.
Mi gesto le hace seguir hablando—: Sí, tía.
Eres la puta ama de todas las chicas que te rodean.
Eres la única en todo el instituto que ha conseguido liarse no con un Montenegro, sino con los dos, y casualmente muy fácil, claro, ¿cómo no?
Si están en tu misma casa —acaba riendo.
—Tía, de verdad no necesito tu sarcasmo ahora. Necesito que me ayudes.
—¿Ayudarte? ¿A qué? ¿A decidir entre el recién nuevo empresario buenorro del clan Montenegro, pesadísimo de dinero que va paseando un día normal como otro cualquiera con un pedazo de Mercedes y un reloj que cuesta los cuatro años de mi carrera, o entre el macarra buenorro lleno de tatuajes, que fuma a escondidas, que te mira como si lo más divertido que fuera a hacer sea descuartizarte con la mirada y que parece haber salido de una historia de Wattpad?
Pues, tía, sinceramente, lo tendrías fácil, pero hay un pequeño problemita —alega riendo irónicamente—: ¡QUE LOS DOS SON TUS HERMANASTROS, PEDAZO DE brUTA!
—Joder, Marta, baja la voz. Se va a enterar toda la academia.
—Pero, tía, ¿me puedes decir qué coño está pasando entre vosotros?
¿Ni siquiera Apolo tiene más cabeza? Porque de Marco me lo espero porque no le importa nada más allá de sus narices, pero él.
Y lo que es peor, ¿tú sientes algo por alguno?
—no estoy segura de qué responderle a Marta, porque ni yo misma lo sé.
—Marta, no sé. Apolo hizo que me... ya sabes, por primera vez de la mano de alguien que no sea yo.
Le provoqué, le busqué, hizo que sintiera tanta adrenalina que perdiera la noción de saber que es mi hermanastro.
Realmente sí deseaba que pasara lo que pasó.
Y con Marco... Marco me acaba de besar antes de venir aquí.
Salí desnuda de la ducha, él entró sin llamar y me vio así.
Empezó a acercarse, a susurrarme cosas al oído y...
joder, sabes que Marco siempre me ha hecho débil ante él.
Hace tiempo también que no puedo verle solo como un hermanastro.
Tú no sabes cómo es convivir con él y ver cómo le veo yo.
—Pero, vamos a ver. Con Marco estuviste a punto de besarte ya antes, ¿no? ¿Qué pasa, sientes atracción por ambos o qué? Que, a ver, no te culpo, porque los dos están para volverse loca con ellos y encerrarse en el manicomio de sus brazos, sabes.
—No lo sé, Marta. Marco me atrapa, coge mis emociones y las alza como si fuera lo más preciado para él.
Cuando está cerca de mí, pierdo la cordura, pierdo el nombre y el apellido, solo existe él y una tensión de caballo entre nosotros que es abismal.
Después, Apolo es rozar lo prohibido y sentir la adrenalina de pasarlo y que me dé todo igual...
Tía, estoy loca, lo sé, pero la manera que tiene de tratarme y cuidar de mí y protegerme hasta puede llegar a ponerme a mil.
—Liv, lo que te pasa es que estás coladísima por los dos, y no sabes diferenciar aún lo que es amor y lo que es ganas de llevártelos a la cama.
¿Mi consejo? Amiga, ni uno ni otro. Aléjate un poco, tómate tiempo para pensar si lo que estás haciendo realmente es porque sientes algo por alguno, o porque estás viendo que estos hombres adultos, que están como cañones, ya no son tan niños como los que conociste y ya no juegan el mismo papel en tu corazón.
Es realmente difícil, pero si seguís en este triángulo, os vais a hacer daño mutuamente y vais a acabar muy mal.
Me quedé unos instantes pensando las palabras de Marta.
Realmente tiene razón. ¿Y si realmente lo que siento es solo atracción por lo prohibido de nuestras relaciones?
Pero también pienso: si es así, ¿por qué siento que el corazón baila conmigo cada vez que pienso en Marco?
O recuerdo aquellos momentos tan cerca de Apolo en los que me vuelvo loca si me roza aunque sea sin querer.
Y si lo correcto es alejarme de ellos un poco, desintoxicarme de los hermanos Montenegro.
Antes de que la adicción al control de Apolo, como antes en mi habitación, vaya a más.
O que la furia desenfrenada de Marco, si me ve hablando con un hombre, su mirada de hambre voraz cuando me vio desnuda, su media sonrisa, su pelo y sus tatuajes me hagan provocar una sobredosis de placer.
Mi cabeza necesita bailar. Mi cuerpo necesita quitarme esta locura con cada paso. Tengo que pensar... y mucho.
Pero lo que no puedo quitarme de la cabeza, sobre todo, es lo que Apolo me dijo, a centímetros de mí, en la habitación.
—Hablamos luego entonces, ¿no? A ver si te aclaras algo y me cuentas —pregunta Marta justo al salir de clase de baile.
—Claro, no te preocupes.
Me despido de Marta con un beso y, como siempre, empiezo mi camino de vuelta a casa.
Al salir a la calle, alguien por detrás me está llamando.
Al girarme veo que es él otra vez... Steven.
¿No se da cuenta de que no quiero hablar con él?
No suelo ser difícil de descifrar, solo hace falta mirarme la cara.
Me incomoda mucho este tipo, no sé qué le ha dado últimamente conmigo.
Ya mientras bailaba le vi apoyado en el marco de la puerta de la clase de baile mirándome.
Dios, si pudiera le daría una buena contestación.
—¡Steven!... Tú otra vez... —digo con una sonrisa irónica.
—¡Hola!... Te he estado observando antes, Olivia. Déjame decirte que tienes un talento sobrehumano para esto. ¿Alguna vez has considerado hacer algo más profesional?
—No, la verdad. Ni tampoco tengo intención de ello, de momento. Voy a empezar la carrera dentro de unos días y estaré centrada en ello.
—Vaya... Universitaria, ¿eh? Bueno, me alegro muchísimo por ti, Olivia.
De todas formas, ven —dice agarrando del brazo para que le acompañe, lo que provoca en mí un estado de bloqueo enorme.
Tengo miedo, mi cabeza acaba de hacer clic.
San Diego vuelve a mí y dejo de escuchar lo que Steven me está diciendo.
Solo quiero escapar ahora mismo, y no, no me sale huir.
Estoy totalmente bloqueada—: te llevaré a mi coche un momento y te enseñaré un documento informativo por si te intere...
Su diálogo se corta cuando escucho mi nombre de la única persona que podría sacarme del bloqueo en este momento... Marco.
—¡Olivia!... Ya puedo llevarte a casa —Marco venía corriendo de a saber dónde. Automáticamente al ver a Marco, Steven deja de agarrarme y Marco se interpone entre nosotros dos—. ¿Tú eres...?
—Steven, un maestro de baile de su academia —responde casi pegado al cuerpo de Marco, del que ni siquiera él se despega. Yo automáticamente me abrazo a él y le doy la mano.
—Ah, genial. Muy bien, pues, ¿no tienes que dar clase o qué? —pregunta Marco señalando la academia con un giro de cuello.
—Sí, claro, pero quería enseñarle a Olivia una...
—A Olivia ahora mismo no le vas a enseñar nada. Se viene conmigo a casa, ¿algún problema? —vuelve a preguntar acercándose un paso más hacia Steven.
—... Perfecto. Hablaremos otro día, entonces —responde mirándome y devolviendo la mirada a Marco y, al fin, alejándose.
No ha entrado a la academia aún pero Marco no deja de quitarle el ojo de encima. Hasta que no esté dentro no va a parar.
—¿Quién coño es Steven? —pregunta mirándome con cuchillos en los ojos.
—Marco, cálmate. Tenía razón, solo es un maestro pesado de la academia que quiere enseñarme cómo dar el salto a ser profesional, supuestamente.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo te lo quería enseñar, subiéndote a su coche agarrándote del brazo? —se acerca a mí tanto que mi cuerpo se pega al del coche de detrás—. Quiero que me digas, ahora mismo, si este tipo te ha hecho algo más que sea sospechoso.
—Para ti todo sería sospechoso, Marco —paro un momento al ver el gesto de su cara que me está diciendo que sé muy bien a lo que me refiero—... Llevo varios días viendo que me mira mucho desde la puerta de clase... Y el día que tú nos viste fue la primera vez que se paró a hablar conmigo.
—Vamos al coche.
No dijo nada más. Su rostro cambió completamente.
Su tranquilidad en ese momento me puso muy nerviosa.
Es demasiado raro que le dijera eso a Marco y se quedara como si nada.
Temo saber qué está tramando su cabecita.
A veces me da miedo. Llegamos a su Audi A7 y, para mi sorpresa, me abre la puerta y me invita a pasar.
Es raro, eso es más propio de Apolo que de Marco.
Está súper raro. Al sentarme en el copiloto, Marco cierra la puerta y...
Espera... Qué cojones. Me acaba de encerrar en el coche.
Veo por la ventanilla que me guiña un ojo y, acto seguido, vuelve para la academia.
Madre mía, empiezo a gritar su nombre, empiezo a decirle que no haga nada, que pueden joderme todo lo que llevo progresado ahí, que no quiero irme de allí.
Joder, joder, joder. ¡Pero qué coño hace este tío!
Intento llamarle al móvil pero, como era de esperar, no responde.
Intento entonces enviar un WhatsApp a Martín, que aunque esté dando clase, es la única baza que me queda.
Me ha echado el seguro y de esta forma no puedo abrir el coche desde dentro, solo se puede con la llave.
Es un sistema de seguridad que tienen todos los coches de los Montenegro.
Me acaba de atrapar aquí, para que no le detenga.
Joder, espero que no haga nada malo. Esa academia ha sido todo durante más de diez años.