ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 13
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Marco

Mi habitación está a escasos pasos de la suya, así que la acompaño a la suya y, después, me dirijo hacia la mía.

Debo preparar lo necesario para salir de noche, esperando que nadie me vea.

Pero como primero voy con Liv, debería ducharme y ponerme decente para estar con ella hasta que entre a la academia.

Tengo curiosidad por saber si el hombre del otro día querrá hablar con ella hoy.

Espero que sí, y que me vea con ella también.

—Vamos a ver, tengo que entrar así porque estás...

—no puedo seguir con mi discursito porque lo que veo al entrar hace que mis ojos se abran como platos.

Al mismo tiempo que abrí yo la puerta, Olivia abría la de su baño...

Desnuda. Como Dios decidió traerla al mundo.

Su cuerpo, sin absolutamente nada estorbando mi visión, hizo que mi cabeza se volviera completamente loca.

No sé describir la sensación, probablemente no sepa hacerlo sin nombrar la prohibida y extrañísima sensación que siento ahora mismo por mi hermanastra.

De sus piernas tonificadas por bailar horas y horas sin parar, hacia su cintura con las curvas propias del accidente más mortal de la historia de mi vida, en las que desearía correr el riesgo de matarme si a cambio recibo recorrerlas con todos los dedos de mi mano.

Ver su abdomen, con su color de piel que me apasiona, imaginar la suavidad de su piel, observar cómo baja y sube con una rapidez espasmosa.

Elevar la vista unos pocos centímetros más para ver una de las zonas tan prohibidas como, en ese momento, impulsivamente (espero), deseadas por mí.

Su pelo totalmente empapado por la ducha no me da facilidades para dejar de mirarla como si quisiera hacerla mía enfrente de ese espejo ahora mismo.

Tan incómodo como satisfecho, tan ardiente como frío al mismo tiempo, tan elevado como...

Mejor no decirlo, por el bien de lo que para mi familia significaría.

Mi perplejidad en mis ojos conecta con la vergüenza y la timidez de los de Olivia, quien rápidamente coge una de las toallas de detrás de la puerta y se la coloca por delante de su cuerpo... o mejor dicho, de su obra de arte.

—¡JODER, MARCO, NO SABES LLAMAR! —exclama sorprendida mientras se ata la toalla.

—Si querías que te viera desnuda, solo tenías que decírmelo.

Me voy acercando poco a poco, no porque mi cabeza quiera hacerlo, sino porque mi impulsividad me delata, me hace moverme, hace que todo pensamiento acerca de que a quien estoy viendo de esta forma es mi hermanastra desaparezca a cada paso que doy hacia ella.

Su pecho baja y sube a velocidad de crucero, al igual que mis pulsaciones; mi corazón late tan fuerte que podría cargar de energía y dar luz a todo el continente.

Una gota de agua recorre sus labios como me gustaría hacerlo a mí con mis manos.

Un mechón de pelo, aún mojado completamente, cae sobre su cara.

Su respiración sigue acelerándose aún más cuando ya estoy frente a ella... y solo me separa su albornoz.

—¿Por qué te acercas tanto? —pregunta respirando fuerte, conteniendo la respiración más de lo que ella quisiera.

—No veo que tú me lo hayas impedido —le digo mientras le coloco mi mano derecha por detrás de su cuello. Al instante, lo echa para atrás a la vez que veo cómo un gesto de placer acapara cada centímetro de piel de su cara y cuerpo—: ¿quieres que me vaya?

—Puede entrar... puede entrar cualquiera, Marco —contesta ahora sí, jadeando. Media sonrisa sale de repente en mi boca al escucharle así.

—Dime una cosa, Liv —pido acercándome a su oído para susurrarle—: ¿temes más que nos pueda pillar alguien, o quedarte pensando qué podría haber pasado si me quedo?

—¿Qué te hace pensar... que quiero que pase algo?

—pregunta mientras esboza una sonrisa en su cara.

Cada vez que me sonríe así no puedo evitar sentir un campo eléctrico del tamaño del universo por todo mi cuerpo.

Sobre todo, más abajo de mi cintura. Está llevándome a un límite del que ella es consciente.

—A no ser que hayas estado corriendo en el baño, creo que tu cuerpo está hablando por sí solo. Si no, explícame por qué estás temblando tanto.

—Porque tengo frío —responde riendo.

—Yo puedo hacer que entres en calor para todo lo que te queda de día y que solo puedas quitártelo pidiéndomelo de rodillas —sus ojos se abren de par en par.

Nuestros cuerpos se están acercando cada vez más.

Nuestros labios sienten la electricidad estática que desprenden al estar tan, pero tan demasiado cerca.

El olor de su gel de ducha entra por cada uno de los nervios olfativos de mi nariz.

La humedad de su cuerpo está siendo absorbida por el mío, y está haciendo que solo quiera pegarme a ella totalmente.

—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que harías, Marco? —pregunta mientras agarra mi muñeca con su mano. Me acerco aún más a sus labios, casi entrando en contacto con ellos.

—Haría que lo que casi pasa el otro día fuera solo un juego de niños comparado con esto. No podrías sacarme de la cabeza en meses.

—Tú mismo dijiste que eso no fue nada... ¿Por qué cambias tanto de pensamiento?... No puedo aclararme nada si... si sigues así.

—¿No puedes... o no quieres? —pregunto frunciendo el ceño, sin quitar mi media sonrisa.

—Es imposible sacarte de mi cabeza, Marco.

Mi mano empieza a bajar lentamente por su cuerpo, su boca se abre para emitir un suspiro que hace que todo en mí se eleve hasta más no poder.

Llego a su cintura y, con fuerza, la empujo hacia mí.

Todo en mi cuerpo contacta de golpe con el suyo.

Un gemido de placer sale de ella, mientras yo no puedo evitar agarrarla con más fuerza.

Nuestros ojos se están retorciendo del deseo de poder juntarse y fundirse con nosotros.

Mi pecho se está saliendo de mi cuerpo, las ganas inmensas de probar sus labios explotan dentro de mí.

Su cuerpo eleva las revoluciones y comienzan a temblar sus piernas a un ritmo desenfrenado.

Sus ojos se cierran y su boca empieza a abrirse.

Es la invitación que necesito, la orden que esperaba de su cuerpo.

El límite que Olivia me estaba invitando a pasar.

La norma que tanto estaba deseando romper.

El momento en el que su boca, sus labios, al fin fueran míos.

A tomar por culo aguantar por ser su hermanastro.

Olivia me vuelve loco aunque no sepa la puta razón.

Y por fin iba a pasar. Mis labios se juntan con los suyos. Y la puerta de la habitación se abrió.

Mierda. Me voy a cagar en toda la puta madre del que haya jodido el momento.

Será mejor que me gire rápido y hacer como que no está pasando nada.

Sorprendentemente, sabía que iba a ser él.

No podía ser otro... Siempre tiene que ser él.

Apolo está agarrando el manillar de la puerta, gesto extrañado, mirada dudosa, de Olivia a mí y al contrario igual.

Deteniéndose algo más en ella, claro está.

Si no conociera a mi hermano, no podría decir que en él veo la misma mirada de deseo que en muchas ocasiones puedo asimilar a la mía.

Creo que no soy el único Montenegro al que Olivia tiene alocado.

—¿Qué hacéis? —pregunta Apolo extrañado, al mismo tiempo que Olivia se agarra con más fuerza la toalla. Está a punto de explotar de los nervios.

—¡Hermanito! Nada, Olivia me había pedido ayuda para ponerle la toalla porque soy irresistible —contesto alejándome de Olivia, rompiendo algo del tremendo iceberg que se acaba de formar en esta situación tan embarazosa como curiosa. ¿Estoy notando una mirada de celos en Apolo?

—... Bueno pero vamos a ver, ¿es que alguien puede fijarse en que estoy en toalla? Salid ahora mismo de mi habitación u os echo a patadas, por favor —pide con enfado Olivia.

—Te espero abajo entonces, ¿vale? —contesto acercándome más a la puerta.

—¿Abajo para qué? —pregunta Apolo, cuando mi frente se pega casi a la suya. Impasible como siempre, cual puto comandante del ejército. Como si quisiera imponer su autoridad. Lo que sabe perfectamente es que a mí con esas mierdas no me hace temblar.

—Para llevarla a bailar... ¿Quieres acompañarnos? —pregunto cuando el silencio se hace en la habitación. La incomodidad se empieza a sentir en ese aire. Me mira con intriga antes de contestarme, fijando su mirada dentro de la mía, analizando al detalle mi expresión que no cambia en absoluto.

—Quiero que me dejes solo con ella un momento, por favor —responde mientras le aguanto la mirada, intentando saber qué es lo que quiere de Olivia.

Ya vino con ella antes en el coche, la dejó en casa y se marchó corriendo.

Olivia tenía un semblante muy serio, noto que le pasó algo.

Apolo nunca actúa tan extraño, siempre es muy predecible; cuando hace algo fuera de su normalidad se nota y mucho.

No me gusta lo que estoy sintiendo. Entre Apolo y Olivia está ocurriendo algo que ninguno me está queriendo contar... Pero lo averiguaré.

Con un simple movimiento de cuello asintiendo, miro de nuevo a Olivia y Apolo me invita a salir.

Cuando lo hago, la puerta se cierra tras de mí.

Un intento fugaz de quedarme a escuchar se me pasa por la cabeza.

Pero no puedo caer tan bajo, debo respetar algo de privacidad, aunque eso no vaya mucho en mí.

Mientras Olivia baja, me apoyo en el frontal de mi Audi A7, fumando un cigarro. Unos segundos después, el teléfono me anuncia la llamada de uno de los espías con los que tenía contacto.

—Eres Marco, ¿no? Marco Montenegro.

—Sí, ¿alguna novedad?

—No, solamente decirte que, visto lo que me estás pidiendo, esto te va a salir demasiado caro...

Veo que eres superjoven y meterte en estos líos te puede traer problemas, Marco.

Perteneces a una familia muy importante...

Cualquier desliz puede saltar a unas manos que no corresponden y pueden fastidiarte mucho, chico.

—Escúchame, si contrato tus servicios es porque tengo para pagarte a ti y a todos los que conozcas en tu trabajo.

Si hago esto es para proteger a la persona más importante en mi vida de mierda, con lo que me la pela totalmente quién coño sea, cuál sea mi familia, me da igual todo.

Quiero que me encuentres a todas las personas del clan Langford y que me digas hasta cuántas veces se cambian la ropa interior a la semana, ¿estamos?

—... Estamos, Marco. Quedo pendiente de mandarte informes. No te puedo garantizar el tiempo pero lo haré a la mayor brevedad posible.

—Me da igual lo que tenga que esperar, pero que sea excepcionalmente efectivo, por favor.

—¿Con quién hablas? —al escuchar la voz de Olivia, despego el móvil de mí y cuelgo la llamada rápidamente.

Aparece de nuevo con la expresión muy extraña.

Muy diferente a su forma de ser diaria. Aquí hay gato encerrado y sucio entre estos dos.

Más vale que Apolo no esté haciendo nada tóxico con ella.

La quiere controlar demasiado... Yo también, pero porque si no la protejo se llevan todo de mí.

—Con el taller... Quiero que sean efectivos porque tengo mucho cariño a ese Audi. ¿Vamos? —pregunto mientras ella me responde con una sonrisa que esconde mucho más de lo que ella quisiera esconder.

Nos subimos al coche y lo primero que hace es conectar su iPhone...

Va a poner música. Cuando pone música en el coche es porque quiere callar su cabeza.

Me sigue apestando a problema, no quiero que se coma más la cabeza por lo que sea que le esté pasando con Apolo, así que vamos a darle caña.

Su canción elegida es Talk to Me, de Damiano David.

La miro frunciendo el ceño, ella me hace un gesto que quiere decir: «sí, ¿qué pasa?

». Respondo con un «pues vamos», y hago rugir mi Audi.

Al salir del garaje, un grito que opaca hasta el motor del coche nos dice que tengamos cuidado.

Mi madre parece una de estas típicas señoras que está pendiente de todo lo que pasa fuera de su casa.

Empezamos a dirigirnos a la academia mientras hago reír a Olivia.

Le hago recordar lo mal que baila Marta, su amiga, cómo me pone ojitos cada vez que me ve, viendo en Olivia una mezcla entre que no le está gustando tanto el comentario pero me río igualmente.

Le recuerdo cuando le pisé el pie bailando, o cuando llegó tan borracha a casa que bailamos hasta que se desplomó en el suelo y empezó a gritarme que necesitaba hacer pis o si no lo haría en el mismo suelo.

Su sonrisa hace que mi corazón baile con ella, con cada mirada despreocupada que dirige hacia mí, con cada roce de sus manos, con cada vez que pone la mano sobre la palanca de cambios para cambiar juntos la marcha.

Además de vacilarme como nadie más lo consigue, colocando sus pies, con las zapatillas más grandes que haya podido ver en mi vida, con unas plataformas exageradas para ir a bailar, en el salpicadero impecable de mi coche.

Siento unas ganas de agarrar su cuello y terminar ese beso.

Estamos llegando a la academia, paro enfrente de la puerta y veo por fuera si veo a ese hombre con el que estuvo hablando el otro día, pero no lo consigo.

Antes de ella hablar conmigo, no puedo llegar a ver a nadie.

—Oye, Marco... —me va a hablar del beso—. Sobre lo que pasó antes de entrar Apolo...

—Tranquila —contesto tocándole la mejilla y acariciándola—, luego hablamos de eso. Sé que te ha sido totalmente irresistible, pero ahora ve a bailar y ten cuidado. Ya hablaremos de ello. Pero estate tranquila... Si no hubiera sido nada, habría frenado —respondo haciendo media sonrisa en mis labios.

Ella también sonríe, aunque sé que ocultando algo.

Al bajar del coche, veo cómo su espalda descubierta deslumbra a toda la calle por donde va pasando.

Sigo esperando si veo a ese hombre, pero una vez más, no tengo lo que busco.

Antes de entrar a la academia, se gira, me vuelve a mirar y me despide con un gesto de su mano.

Vuelvo a encender mi coche.

Tengo un asunto pendiente entre manos.