12 #2
—¿Y tú sí puedes, hermanito? —pregunto, jadeando del placer que me está dando escuchar sus palabras, o más bien también por lo fuerte que me está agarrando, intentando que no se me note que estoy a punto de hacer que todo lo que existe por debajo de mi cintura se humedezca como si se me hubiera caído una botella de agua encima.
—Si yo te hiciera mía, no podrías salir ni cinco metros fuera de la mansión, Olivia.
Serías como una puta prisionera de la que haría uso a mi antojo, ¿entiendes por qué no puedo dejar que sientas algo por mí?
—pregunta haciendo un gesto extrañado. Puede ser porque no está viendo lo que espera en mi cara.
No puedo aguantar más el placer que me está haciendo sentir por mi cuerpo.
Empiezo a mojarme tanto que estoy sintiendo como si me bajara por la pierna una corriente de agua.
—Por mí como si me torturas. Hazme tu prisionera si quieres...
Hazme tuya —le pido mientras su boca comienza a abrirse; está conteniendo una rabia que no sabía que existía en él.
Sé que no puede contenerse más, estoy llevándole al límite, y lo mejor de todo es que le veo capaz de romperlo.
Romperlo para hacerme suya. No entiendo de dónde viene un sentimiento tan extremo por este hombre, por mi hermano mayor, pero ahora mismo, aunque esté loquísima, no deseo otra cosa que ser de Apolo Montenegro.
Suelta una de sus manos de las mías, la ubica ahora en mi cara.
—No entiendo por qué siento esto por ti... pero vas a hacer que pierda el control total de mí, Olivia. ¿Por qué me haces esto? —pregunta tan cerca de mi boca que puedo sentir su calor en la mía.
—Creo que... es porque... soy la única persona con control sobre Apolo Montenegro.
De pronto, cuando está a punto de hacer con mi boca lo que un león haría con una presa recién cazada, su teléfono comienza a sonar.
Se aparta de golpe cuando ve quién le llama.
Rebeca interrumpe lo que me faltaba para hacer que viera lo que nunca antes había podido ver...
cómo Apolo rompe todos sus esquemas. He conseguido que su cabeza se abriera hacia una realidad que no puede negar...
y creo que yo tampoco. Con un «vamos a casa» sale de su trance y, con gran pesar, nos dirigimos al coche inmediatamente.
Mi fuego interior no se calma, y va a costar mucho despojarme de lo que este hombre acaba de hacerme sentir. Por unos momentos, me he sentido suya.
El camino a casa se está haciendo eterno.
Lo que pasó fugazmente en la ida, ahora está siendo un infierno.
Él, como no puede ser de otra manera, sin mediar palabra, su ceño fruncido y la manera en la que agarra el volante con fuerza, me está diciendo que, por dentro, se está librando una batalla entre su cabeza y su corazón.
Lo peor, que en Apolo Montenegro suele ganar la cabeza, por mucho que él quiera que gane el corazón.
Él no me ha mirado en todo el camino, yo de reojo intento ver cuál es su expresión pero, desde que salimos de su chalet clandestino, no he percibido cambio alguno en ella.
Estamos entrando al camino a la mansión, siento que no va a volver a decirme nada por el momento, así que lo doy por hecho y creo que voy a respetarlo por el momento.
Lo que hice antes y lo que estuvo a punto de volver a pasar ya es suficiente con Apolo.
Además, aunque dijera todo eso, yo también he de aclararme la cabeza.
Mis ideas vuelan como si fueran aves sin rumbo.
Al entrar al camino de la mansión, recordé que con Marco pasó algo parecido, y también estuve pensando en qué era lo que sentía por él.
Realmente, pienso que necesito un psicólogo.
Que algo así pase con una persona puede llegar a pasar, pero con dos ya es demasiado...
Y más si son tus hermanastros. A veces pienso que es que estoy demasiado salida.
Nunca he estado cerca de los hombres, lo más cerca que he tenido han sido ellos, quizás por eso me esté ocurriendo esto.
Lo que tengo que tener claro es que no puedo dañar a ninguno.
Marco se fue a las peleas callejeras para olvidar lo que pasó y a Apolo le estoy poniendo de los nervios.
Pero es que no puedo evitar lo que siento por él; cuando le tengo cerca es una sensación de tenerlo todo, de estar segura, de saber que pase lo que pase, él va a tener la respuesta.
Tengo la sensación de que una vida con él sería todo lo que siempre habría soñado.
Es evidente que siento algo por él; siempre que me hace alguna sorpresa o pasamos tiempo juntos, no puedo evitar sentir esa sensación de que te estás enamorando.
Aunque, realmente, no sé cómo se siente eso, nunca antes lo he estado.
Y no sé siquiera si esto es estar enamorándome, porque no puede ser que me esté ocurriendo con los dos.
Son tan diferentes pero a la vez tan únicos.
Apolo es calma en todas y cada una de las tormentas, por muy grandes e inmensas que sean.
Siempre que he visto un agujero negro delante de mí que estaba absorbiendo toda la energía de mi cuerpo, aparecía él y me resolvía el problema en segundos.
Siempre ha estado pendiente de mí, de mis logros, de mis fracasos; me ha tendido una red de seguridad con sabor a miel cada vez que me caía de boca.
Ha sabido manejarme en todas mis situaciones, siempre me ha bajado los humos cuando me he sobrepasado; aunque haya sido bruto en ocasiones, su forma de hacerlo me ha ayudado a ser mejor, más madura, más responsable.
Me ha tratado como si fuera su princesa, su hermanita pequeña adorada.
Su amor, su dulzura, aunque le haya visto muchas veces mirar zonas prohibidas, o mirarme un poco extraño si he llevado faldas demasiado cortas o tops demasiado insinuantes, o si he ido a fiestas sin él, sin que él supiera nada de la gente o de los hombres que había en ellas, aunque le haya visto hacer todo eso, de él no queda mal, no me molesta.
De hecho, puedo decir, sin arrepentirme, que agradezco que sea así conmigo.
De él me apasiona; en el momento que dejara de hacerlo no podría soportarlo.
Necesito que sea tan obseso conmigo, y sé que está mal, y seguramente suene un poco a zorra manipuladora, pero Apolo es así solo conmigo, y no me gustaría que cambiara de persona favorita para hacerlo.
Pero después, Marco. Sinceramente, al hablar de Marco, todo cambia.
No entiendo aún el porqué. Pero mi cabeza y mi mundo alrededor cambia por completo cuando su recuerdo, su nombre, o su persona está cerca de mí.
Incluso las canciones me recuerdan muchísimo a él; siempre hemos dicho que Somewhere Only We Know de Keane sería nuestra canción, un lugar que solo nosotros conocemos, nuestro sitio seguro.
Él siempre ha sido eso, desde aquel día que me dio mi primer ataque de ansiedad con tan solo diez años, ese día que él apareció en mi vida para hacer que mi cabeza, mi ansiedad y mi pánico no se apoderase de mí.
Me enseñó a ser más fuerte, a no tener miedo, a no dejarme engañar por las personas.
Marco puede aparentar ser más malote, la oveja negra de la familia.
El tío que desaparece y no tiene visión más allá de lo que él cree conveniente.
El típico tío zumbado de la cabeza que, mientras su familia viste aparentando riqueza, él viste con una simple sudadera y pantalones oscuros.
El típico tío que fuma a escondidas para que nadie le diga que los Montenegro no pueden permitirse esas adicciones.
A pesar de lo que todos puedan pensar de él, Marco me conquistó desde aquel día.
Con él, la tristeza desaparece, no me siento mal a su lado, por muy destrozada que me sienta.
Él siempre ha tenido la habilidad de coger mi corazón en pedazos e ir reconstruyendo como si fuera un puzle pieza por pieza, aunque le costara días e incluso meses.
Ha sufrido tantos arrebatos, ha sufrido tener que verme en situaciones que no son las típicas en las que alguien te acompaña; lo normal es que hubiera huido.
Pero él no; Marco siempre estaba ahí para mí.
Cada vez que le veo, todo se para a mi alrededor y solo está él, nosotros y la sensación de que todo va a estar bien y que mi felicidad está asegurada bajo su mano, la misma que me tendió sin conocerme hace ya más de diez años.
En resumidas cuentas, tengo un cacao mental que necesito hablar con mi mejor amiga...
Si no lo cuento a alguien, al final voy a explotar.
Estamos llegando, por fin, a la mansión.
Apolo me deja en la puerta, diciéndome que va a guardar el coche, que vaya entrando yo y ya irá él.
Vamos, que no va a guardar el coche. Se va a ir a correr a toda hostia hasta que su cabeza deje de hablarle.
Sin decir nada, me bajo del coche y entro a casa.
Allí veo a Marco apoyado en la barandilla arriba de la escalera.
Me mira sonriendo y yo le devuelvo la sonrisa y le saludo con la mano.
—Hola, novia cadáver —saluda, aunque no entiendo muy bien por qué lo de novia cadáver.
—¿Novia cadáver? —pregunto extrañada.
—Sí, has vuelto a resucitar después de lo que te pasó, ¿no?
—Mira que eres tonto, ¿eh? —respondo riendo, mientras subo las escaleras.
—¿Te pasa algo? —pregunta analizando mi cara de cerca, como si no supiera ya la respuesta—. Te noto algo malo dentro de ti. Aparte de las ganas terribles que tenías de estar conmigo.
—¿Eh?... No... No es nada, tranquilo. Solo estoy algo cansada. Aún no recupero bien del ataque y me duele un poco el pecho.
—Bueno. Quiero que hablemos en nuestro lugar secreto. ¿Te apetece? —pregunta poniendo sus manos sobre mis hombros. Le miro extrañada, demasiado cariñoso para lo que Marco Montenegro suele ser. Algo le está pasando y no lo está diciendo.
—Uy, uy, uy. Esto es raro, me estás tocando los hombros y todo. Demasiado contacto físico para ti...