12
Olivia
Me encuentro en una nube. Una nube que sé e intuyo que pende de un hilo que está en su estado más flojo posible.
Un hilo extremadamente fino que separa realidad de ficción, lo prohibido de lo aceptable, lo que está bien y lo que está mal.
Al igual que Apolo, aseguro que a ambos nos gustaría estar en la primera parte de la comparativa, pero, sin embargo, estamos al otro lado de ese hilo.
El lado del peligro que tanto tiempo llevo temiendo sentir y que, ahora mismo, apoyada en su pecho, tumbada a su lado, respirando su mismo aire y estando entre los brazos de quien me lleva protegiendo como su hermana pequeña desde hace más de diez años.
No estoy pensando en lo que somos en el papel, en lo que somos de cara afuera, de cara al público.
Solamente pienso en lo que somos ahora mismo, en este sillón de esta casa clandestina.
En el momento en el que, por estos pocos segundos, estoy siendo presa de su peligro, de su fuego, de su incapacidad de haberse controlado.
Me aprieta con dureza sobre mi brazo, queriendo abrazarme fuerte.
Miro hacia sus ojos y le sonrío, pero lo que veo no me gusta tanto como lo que he visto durante los últimos momentos.
Conozco muy bien lo que piensa y cómo lo piensa. Está empezando a arrepentirse.
—Apolo —pronuncio su nombre recibiendo su atención al instante, cuando sus ojos se unen con los míos—, estás empezando a arrepentirte, ¿verdad?
—No es eso, Liv —responde apartando el brazo, haciendo que nos sentemos—. Sabes que esto no es lo adecuado en nuestra familia, ¿verdad? Somos hermanastros, Liv, esto no está bien... Lo sabes tan bien como yo.
—Claro que lo sé, joder, claro que lo sé...
Pero ¿vas a negar que lo que ha pasado aquí ha sido sin sentimiento alguno?
¿Vas a negar que no sientes nada por mí?
—vuelvo a preguntar. Se levanta del sofá y camina de espaldas.
Me levanto y le sigo agarrándole del brazo y dándole media vuelta para que vuelva a mirarme—. Responde, Apolo, ¿lo niegas?
El silencio se hizo en esta sala durante unos eternos segundos en los que, dentro de sus ojos, en el interior de ese color verde intenso, lleno de palabras que no consiguen ubicar la salida exacta para ser pronunciadas por sus labios hecho por los ángeles, atisbo lo que su corazón en realidad quiere decirme, pero es Apolo Montenegro... No va a ser tan fácil.
—... Olivia, había mucha adrenalina, me picaste, estabas muy cerca, no pude controlarme...
Joder, mira... No puedo negar que hace tiempo que no te veo como esa niña indefensa que llegó a mi casa a ponerlas patas arriba, ¿vale?
Claro que no te puedo negar que, después de todas las cosas que hemos pasado juntos, te esté viendo tan solo como una hermana.
Si no sintiera algo, no te habría hecho esto, Liv.
No soy ese tipo de hombre, menos sabiendo lo que te pasó —sus palabras hacen que mi corazón lata a velocidad de crucero.
Acaba de confesar que siente algo por mí.
Mi niña interior está sonriendo como si fuera el día de Navidad. Apolo Montenegro siente algo por mí.
—Contéstame una pregunta, Apolo —le pido recibiendo un movimiento de su cabeza afirmando—. Si pudieras hacerme tuya aquí mismo, ¿lo harías?
—Joder, Olivia, por Dios. Te estoy diciendo que esto no ha estado bien y me saltas con eso...
Olivia, hay que pensar esto desde fuera, tenemos una imagen fuera de aquí, somos familia, no personas desconocidas, joder, soy tu puto hermano mayor —me vuelve a repetir.
Me acerco a él mientras habla y le rodeo la cara con mis manos.
—¿También eras mi hermano mayor en este sofá?
O cuando me fuiste a buscar con 18 años a aquella fiesta y no me quitabas la mirada del vestido...
O cuando me ves corriendo por las mañanas y te cuesta tragar saliva cuando me acerco a ti...
¿Crees que soy tonta? Te conozco, Apolo, y con lo que hemos hecho hoy, me estás dando la razón para pensar como pienso.
Me da igual lo de fuera, somos tú y yo, sabemos que ha pasado algo y no podemos dejarlo estar y punto.
Has hecho que vea mi vida con una felicidad que llevaba tiempo sin ver, esta mañana contigo ha sido lo mejor que me ha pasado en tiempo.
Apolo, no sé qué sentirás, yo te digo que no te estoy viendo ahora mismo como mi hermano mayor, hace días casi de beso en la cama de mi habitación... ¿Vas a negar que ahí pasó algo?
—Liv, por favor —contesta apartándome las manos de su cara—, para.
Lo más seguro es que todo esto haya sido fruto de la adrenalina del coche, de sentirnos algo más libres en esta casa, aquí no tenemos que ser Montenegros, podemos ser nosotros mismos.
Solamente nos hemos dejado llevar por la sensación de hacer algo fuera de lo que nos impone nuestra vida y nuestro apellido.
Ha sido un completo error. Sentir algo más por ti es, y será, un error —sus palabras empiezan a dañar y a ir derribando, una a una, todas las piedras del muro de felicidad que, hasta hace unos minutos, había construido él mismo—.
Volveremos a casa, yo seguiré siendo tu hermano mayor.
No quiero hacerte daño, Liv. Espero que lo entiendas.
No podemos permitir que un momento fugaz se convierta en un mundo.
—¿Y si yo quiero ser parte de ese mundo? —pregunto con ojos vidriosos.
—Mi mundo no es como se ve desde fuera, Liv.
Es el mundo más duro y asqueroso que puedes encontrarte.
No soy un hombre adecuado para ti, Liv. Aunque no fuera tu hermanastro —responde cogiendo las llaves del Mercedes, vistiendo su americana, preparándose para rematar la vida que me acaba de dar hace unos instantes.
Con un simple «nos vamos», se da la vuelta y se encamina hacia la puerta del garaje.
Al mismo tiempo, en mi cabeza, algo está cambiando drásticamente.
Decidir entre hacer caso omiso como toda mi mierda de vida, o hacer lo que yo quiera por una vez.
—Genial. Como tú quieras. Imagino entonces que no tendrás problema alguno en que empiece a hacer lo que me dé la gana si quiero tener a alguien al lado que sepa hacerme sentir lo que quiera...
—al emitir estas palabras que, he de reconocer, que las he soltado con algo de temor por su reacción, veo cómo Apolo frena en seco.
Espera unos segundos dado la vuelta. Su cuello gira unos pocos grados hasta alcanzar a lanzarme la mirada más violenta y desgarradora que jamás haya podido ver en Apolo.
—¿Qué estás queriendo decir, Olivia? —pregunta mientras se da la vuelta para volver a fijarme la mirada de frente.
—Es fácil —aclaro mientras comienzo a andar lentamente hacia él—, tengo una edad, creo que es hora de ir buscando a alguien que... bueno, en fin, aún soy virgen y, no sé, me gustaría saber qué se siente...
—Olivia, más te vale retirar ahora mismo las palabras de puta mierda que está soltando tu boca —contesta lo más brusco, pero aun manteniéndose firme, que puede el gran Apolo Montenegro. Aprieta su mandíbula al ver que esbozo una media sonrisa en mi cara, mientras juego con el pelo y mi mano.
—No sé, así alguien alto... con pelo negro...
con brazos fuertes que me diga lo buena que estoy, que pueda bailarle moviendo mis caderas muy, pero muy cerquita de él —a medida que suelto mi amenaza, me muevo en círculo alrededor de él, rozando con mi dedo índice su cuerpo a mi paso—: que pueda, después de ponérsela tan dura como pueda, quitarme la virginidad...
Y HACERME SUYA —susurro en su oído derecho.
Eso fue lo último que pude decir. Lo último antes de que me agarrara de la cintura con una mano, del pelo con su otra mano, la de su reloj, tan apretado que dejaba ver cómo sus venas se hinchaban por la mala hostia que le estaba haciendo tener, o mejor dicho, los CELOS, empujándome así hacia la pared.
Me encierra entre él y la pared a la que estoy pegada.
Mis manos están completamente agarradas por sus fuertes manos.
No puedo moverme; aunque me ha hecho daño en la espalda por el golpe, y que sus manos están cortando la circulación de las mías, empiezo a sonreír delante de su cara, cubierta por una ira que nunca antes había visto en él.
Una ira que gritaba que cerrara la boca si no quería acabar con ella peor de lo que me la iba a dejar ya.
Sus ojos, verdes oscuro ahora mismo, tan fruncidos como si fuera el diablo quien me mira.
Sensaciones de placer en mi vientre bajo, junto con una pizca de temor, recorren mi cuerpo, aunque no puedo decir que no me haya gustado lo que acaba de hacer.
—¿Quieres callarte la puta boca? —mi reacción al escucharle decir eso no fue como sería normalmente, he tenido que ahogar un sonido de placer increíble y parar a mis ojos para que no se cierren para sentirlo bien—.
Te dije que jugar conmigo te podía quemar, y mucho.
¿Quieres saber lo que me pasa contigo? Me pasa que no puedo dejar de controlar hasta las respiraciones que das al día, que no puedo estar sin saber ni conocer cada detalle de la vida de la gente que está a menos de 50 kilómetros de ti, que cada vez que sales de casa sola, entro en un estado de nervios tan grave como las ganas de dejarte encerrada en tu habitación hasta que yo llegue a casa.
Que cada vez que vas a bailar a esa academia y te ven los hombres te miren el culo y las tetas, porque sabes que sé que hay hombres, y no todos son unos santitos.
Cada vez que estás cerca de mí siento el impulso, desde hace varios meses ya, de hacerte mía en el primer sitio donde pueda ponerte.
Cada vez que me roza alguna parte de tu cuerpo, siento cómo puedo romper mis pantalones de traje tan caros.
Cada vez que te veo con otro, me vuelvo un puto asesino, porque nadie en este puto mundo se merece respirar tu aire.