ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 10
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Rebeca

—Héctor... qué agradable sorpresa —contesto intentando ocultar esa sensación imborrable de lo que me hizo a mí y a mis hijos.

—Tanto como volver a escuchar tu voz, Rebeca. ¿Cómo va todo? —pregunta intentando mostrar que es el padre del año.

—No te imaginas, desde que te fuiste no podemos vivir sin ti. Eras demasiado importante para nosotros —respondo intentando que se haga notar lo más posible mi sarcasmo.

—Vamos, Rebeca, vengo en son de paz. Hace tiempo que no hablamos... Quería saber de vosotros.

—Pues muchas gracias por el interés, Héctor, pero aquí estamos muy bien sin ti. Espero que siga siendo así, la verdad.

—No creo que sea para tanto... Al final, tenéis muchas cosas gracias a mi esfuerzo por vosotros —aborrezco con una fuerza enorme que venga ahora de marido y padre del año. Mi odio hacia él traspasa cualquier frontera del universo.

—Héctor, tu esfuerzo con nosotros es tan grande como el tamaño de una seta, no te engañes, cariño.

—Como veo que va a ser imposible llevarnos bien en esta llamada iré directo al grano, Rebeca —estoy empezando a olerme lo peor.

Mi intuición me está avisando de algo—. He estado observando de cerca las cifras de Reben Style, he visto que han crecido un 50 % desde el último mes.

¿Cómo has podido ganar tanta cantidad de dinero en apenas días?

Creo que no he sido informado de nada de eso —Reben Style es mi sueño.

Es una de mis empresas, la cual fundé con Héctor hace más de veinte años, cuando aún había algo salvable entre nosotros.

Es mi empresa de moda, mi anhelo, lo que siempre soñé tener y por lo que he luchado casi toda mi vida.

Cuando me divorcié de Héctor, firmamos un acuerdo de disolución matrimonial con liquidación de bienes, en el cual acordamos que yo me quedaría con el total de las acciones de Reben Style, a cambio de abonar la cantidad que a él le correspondía de la empresa.

El problema es que nunca lo hicimos público, por el bien de la empresa, ya que era uno de nuestros grandes sustentos por esos años.

El mes pasado, firmé un acuerdo grande con un inversor que me propuso una gran cantidad de dinero a cambio de montarle un gran desfile para la inauguración de uno de sus grandes proyectos.

Estamos hablando de uno de los mejores diseñadores del país, y tal vez del mundo.

No podía rechazar algo así, sería un impulso enorme para Reben Style, aunque ya conste de gran éxito mundial.

—Héctor, lo que hiciera o no con MI EMPRESA —recalco esto último con gran importancia— es cosa mía y de la que no te tengo que dar explicaciones. Es cosa mía —alego pensando que, ahora que va viento en popa, quiera reclamar lo que no le pertenece.

—Rebeca, creo que se te olvida que esa empresa es mía también. Yo hice que esos vestiditos cutres tuyos llegaran a donde llegaron, lo mínimo, pienso y opino, es que, al menos, obtenga algo por una decisión de la que no se me informó, y que tanta importancia tiene sobre la empresa.

—Te vuelvo a decir, Héctor, parece que es a ti al que se le olvida que tú firmaste otorgarme el total control de la empresa, o sea que te pido amablemente que, por favor, te olvides de una vez de ella.

No me vale que vengas ahora, sabiendo que mueve mucho dinero, a querer reclamar algo que jamás te importó, Héctor.

Y que sabes que es mi sueño —respondo mientras mis pulsaciones van ascendiendo como un rayo.

Estoy empezando a entrar en un ataque de ansiedad.

No quiero que me estropee tanto trabajo. Es mi sueño.

—Tus sueños hace tiempo que me dejaron de importar, Rebeca, ahora mismo estoy hablando de dinero que me pertenece por no haber consultado algo tan importante conmigo.

Iré a tu casa, hablaremos de ello con un documento delante que tendrás que firmar para cederme parte de lo abonado por ese inversor.

Es mi derecho por ser el cofundador de la empresa.

Mi corazón se dispara, empiezo a ver todo oscuro y dejo de sentir mis brazos y mis piernas. Ha dicho que va a venir aquí... otra vez... No puedo permitir que se vuelva a acercar a mí, o a mis hijos. Si Marco le ve le va a matar. Y Apolo... Apolo entrará en estado de pánico.

—Héctor, por favor te lo pido... si te importa algo al menos tus hijos... déjanos en paz, tienes más de lo que puedes contar, deja el trabajo de otros, por favor.

—Esto no se trata de ganar dinero, Rebeca. Se trata de algo que TÚ me arrebataste de las manos. Llegaré en una hora —acto seguido, la llamada se colgó.

Mis manos, al ritmo del latido de mi corazón, empezaron a temblar.

El móvil se me cayó al suelo, las piernas me fallaban mientras intentaba llegar a la puerta de casa para que me diera el aire.

Siento que me estoy quedando sin respiración, saber que va a venir aquí y que no he podido pararle me está ahogando.

Estoy sola, no estoy preparada para enfrentarle después de tantos años.

Sin embargo, una bocanada de aire fresco palpó mi cara al abrirse la puerta de la mansión y ver aparecer a Jhon.

—¡Dios mío, Rebeca! —exclama mientras intento mantenerme de pie, con un mar de lágrimas en los ojos—. ¿Qué te pasa, mi amor? ¿Por qué estás así?

—Es... es... Oh, Jhon, Dios mío —intento explicarle pero mi ansiedad se ha hecho dueña de mí.

—Tranquila, respira y cuando estés lista me lo cuentas. ¡Marta, un vaso de agua para Rebeca urgente, por favor! —exclama mientras me acerca a un sofá a una de nuestras ayudantes.

—Es Héctor, Jhon... —digo mirándole a los ojos, notando cómo su rostro se envenena de ira al escuchar su nombre—: quiere... quiere quitarme parte de la empresa.

—¿Cómo? Pero eso es imposible, Rebeca. Firmasteis un papel en el que todo quedó a tu nombre.

—Lo sé, pero dice que como él es el cofundador de la empresa, quiere reclamar ahora que el inversor nos ha ayudado muchísimo. Jhon, va a venir en una hora a casa —confieso cuando le veo pararse a pensar.

—Vale... Tranquila, no va a pasar nada. Déjame hacer un par de llamadas, no vamos a estar solos en esto. Voy a traer abogados. En cinco minutos estoy contigo, ¿vale? —asiento—. ¿Me prometes que aguantas cinco minutos sin un abrazo mío?

—Sí, tonto —contesto con media sonrisa entre mis lágrimas.

Me quedo en el sofá, analizando la situación.

Los recuerdos se me vienen como estrellas fugaces a la cabeza.

Después de tantos años, quiere volver para lo único que ha sabido hacer a esta familia: jodernos a su antojo, manipularnos, controlar todo lo que hacíamos para que cada centímetro de esta casa y de nuestras vidas no salga de los límites que él quería imponer.

Me creía más fuerte, me creía que iba a poder con él la próxima vez que apareciera; lo que no sabía es que lo haría atacando a uno de los puntos más fuertes de mi moral.

Sin embargo, tengo que cambiar esto, tengo que estar fuerte y generar una estrategia.

Él vendrá con todas sus cartas pensadas, es ilegal lo que quiere hacer así que ya tengo muchos puntos a mi favor.

Espero que Jhon sepa lo que hace también, traerá a los mejores abogados que conozca, estoy segura. Todo saldrá bien.

—Ya estoy aquí... Vendrán a ayudarnos. Están empezando a mover papeles que juegan a nuestro favor. Todo saldrá bien, ¿vale? ¿Confías en mí? —pregunta mientras refugia mi cara entre sus manos cálidas.

—Claro que sí, cariño —contesto mientras me fundo con sus labios. Es la calma dentro de todas las tormentas que conlleva ser una Montenegro, aunque a él no le toque llevar ese peso.

—Así me gusta. ¿Y los niños?

—Apolo se llevó a Olivia en coche a dar un paseo, se puso enfrente de la casa con la música a todo volumen para llamarle la atención —digo mientras un esbozo de risa corto sale de mí—: te puedes imaginar. Y Marco... Pues la verdad no lo sé, pero bueno, en él, ya sabes.

—Bueno, seguro que estarán bien, tranquila. Vamos al jardín, anda. Te invito a un té para relajarnos un poco, ¿te parece?

Pasamos el resto del tiempo riéndonos; Jhon tiene la capacidad para hacerme reír diera igual el momento en el que estuviéramos.

Es un hombre genial, bendigo el día en el que le conocí y vinieron a vivir aquí con nosotros.

Desde ese día, mi vida cambió totalmente.

Me sentí viva, me sentí mujer por primera vez, hizo que supiera lo que es, en realidad, amar a una persona.

Jamás me dio una mala contestación, siempre está encima de mí, es cariñoso, atento, formidable, aunque, a veces, el pasado de su mujer y lo que le pasó a Olivia le atormentan por las noches.

Es el amor de mi vida, Dios quiera que me lo proteja y me dure muchísimo.

A día de hoy, no sabría vivir sin él. Escuchamos cómo se acercaba un coche a la puerta de la mansión.

Mi rostro cambió en cuestión de un segundo.

Mis ojos se hundieron y mi tez se volvió completamente pálida.

Era él. Jhon se levantó de la silla y, ofreciéndome la mano, me pidió que fuéramos a la entrada.

Con un beso en la frente, me dijo que no iba a permitir que se sobrepasara.

Al llegar a la entrada, Jhon abrió la puerta. Ahí estaba, peor que el mismo Lucifer en persona. Su sonrisa es como las típicas de los demonios de las películas; con sus gafas de sol por bandera, entra mirando a Jhon de abajo arriba por encima del hombro y riéndose.

—¡Rebeca!, te creía con mejor gusto para los hombres —dijo mientras señalaba hacia atrás, donde se encontraba Jhon.

—Bueno, muchas veces es mejor el sapo que el príncipe —me tiende la mano pero no se la devuelvo.

—Héctor, mi nombre es Jhon. Rebeca y yo vamos a estar contigo para aclarar lo que está pasando —aclara Jhon, situándose a mi derecha.

—Un gusto, Jhon. Sin embargo, creo que aquí no hay mucho que aclarar, únicamente busco lo que es mío. Y con este documento, espero recuperarlo —dice mientras se sienta lentamente en uno de los sofás de la entrada y posiciona el documento en la mesita.