9
Apolo
Vamos por una carretera que conozco muy bien, no circulan coches por ella desde que dejó de usarse. Aquí fue donde Rebeca me enseñó a conducir. Pienso que, a lo mejor, a Olivia le hace ilusión conducir el Mustang.
—¿No vamos un poco despacio? —pregunta Olivia.
—¡Quiero más! Vamos, Apolo, deja de ser tan aburrido, ¡PÍSALE!
Hundo el pedal del acelerador más a fondo si cabe, el motor se enfurece al mismo tiempo que Olivia se va para el salpicadero del coche, frenándole el cinturón de seguridad.
—Joder, ¿ese acelerón era necesario? —pregunta molesta.
—Eso te pasa por intentar ordenarme cómo tengo que conducir. Ahora estate calladita y sigue disfrutando... te voy a llevar a un sitio.
—¿Ah, sí? Conociéndote será algún sitio aburrido de esos tuyos relacionados con las finanzas y mierdas de esas. No sabes hacer nada más que no sea trabajo.
—Te sorprendería hasta el punto al que te puedo llevar, Olivia —contesto mientras observo cómo su expresión cambia totalmente. Creo que eso le ha causado algo en su interior.
—Mientras pueda seguir siendo la copiloto Dj... —responde sonriendo y reproduciendo Talk to Me de Damiano David.
Seguimos el camino por la carretera abandonada hasta el sitio al que quería llevar a Olivia.
Se trata de un chalé que compré no hace mucho tiempo, a escondidas de mi madre.
Lo utilizo a veces de refugio y otras de desconexión total de todo el puto mundo empresarial que me tiene ahogado con lo joven que soy.
En fin, al final es algo que yo mismo elegí y de lo que no me puedo quejar.
Olivia sigue en su bucle, bailando en el coche, poniendo los pies encima de mi salpicadero, haciendo salir cada nota impecable de sus preciosos labios.
Canta genial, desde pequeña lo veía, le encanta la música, cantar, no desafina en absoluto.
Cuando canta a solas en su habitación, muchas veces no puedo evitar pararme en su puerta a escucharla, su voz a veces me deja hipnotizado.
Suave, cálida, melodiosa como si de una sirena se tratara.
Tenerla así, a mi lado, en mi coche, me hace sentir por dentro una sensación tan bonita y relajante como extraña.
Lo que sentía por ella cuando éramos más jóvenes ha evolucionado a un punto que, sinceramente, no sabría explicarlo...
O, a lo mejor, no quiero saber explicarlo.
No tengo ni idea, lo único que sé es que, ahora mismo, soy el hombre más feliz del mundo haciéndole sentir así.
Llegamos al chalé y, cuando empiezo a abrir la puerta de mi garaje, para la música extrañada, volviendo a sentarse como las personas cívicas en el asiento.
—¿Un chalé? ¿A quién vas a visitar? —pregunta extrañada.
—Calla y sígueme dentro, anda.
Le abro la puerta y la ayudo a salir del coche. Accedemos al recibidor del chalet, una amplia estancia con algunos sillones alrededor y un cuadro grande justo en el centro de la estancia con una fotografía de mi hermano, yo y mi madre.
—¡Dios, qué pedazo de casa! ¿De quién es? —pregunta totalmente sorprendida.
—Mía —respondo dejando mi abrigo sobre uno de los sillones.
—¿Tuya? ¿Tuya de qué es tuya? —vuelve a preguntar con redundancia.
—Sí, Olivia, mía, mía, de que la he pagado de mi bolsillo —contesto sonriendo.
—Uy, uy, uy, uy... ¿y lo sabe Rebeca?
—Claro que no, y espero que siga sin enterarse —le lanzo una mirada firme mientras le digo estas palabras.
—Mira por dónde... quién me lo iba a decir. Tengo algo con lo que chantajear a Apolo Montenegro —dice mientras se acerca poco a poco a mí, sentando en el reposabrazos de uno de los sofás.
—Sabes que no es bueno jugar conmigo, Liv... te puedes quemar —respondo amenazante mientras que, con cada paso más cerca de mí, mis pulsaciones van en aumento sin conocer aún la causa. O sí.
—A veces es mejor intentarlo aunque te quemes... Hay quemaduras de las que puedes salir vivo —sigue retándome mientras está a escasos centímetros de mí.
—Sabes que las mías duran bastante —mantengo mi postura cuando observo cómo sus ojos se clavan en los míos a tan solo centímetros.
—¿Debería tener miedo de mi hermanito mayor?
—Solo te digo que más te vale que no se entere.
—Y si lo sabe Rebeca, ¿qué puede pasar? —vuelve a preguntar acercando demasiado su cara a la mía.
Tanto que noto cómo su respiración está empezando a rozar mis labios, y me está erizando la piel, aunque intento que no se note.
No entiendo qué me está pasando, pero Olivia siempre tiene el poder de...
precisamente eso... hacer que pierda el control.
—Me encargaré de que no puedas abrir la boca en meses —respondo cuando veo que se muerde el labio sonriendo.
Una corriente de electricidad recorre ahora mismo toda la parte inferior de mi cintura.
Empiezo a perder el control, a no poder mantener mi impulso.
Mi cuerpo empieza a responder cuando se muerde el labio, mordiendo también sin darse cuenta, la línea que separa mi autocontrol de hacerla mía ahí mismo.
Me mira y sonríe. Intento hacer que no se me note demasiado que...
me estoy excitando demasiado. Está haciendo que se me ponga dura con tan solo hacer eso. Dios mío, esto no está nada bien.
—¿Y qué piensas hacerme, Apolo Montenegro? —pregunta mientras clava su mirada en la mía y, con su mano, la coloca sobre mi pecho apoyándose.
—Cosas que no te puedes imaginar, haría que sintieras pavor cada vez que me vieras cerca de la puerta de tu habitación —respondo ahora acercando mi boca a la suya. Me estoy haciendo perder.
—¿Te puedo confesar una cosa? —pregunta exhalando un suspiro, casi jadeando—. Sentir pavor por ti es lo que más desea mi cuerpo... Hazlo —suplica mientras roza sus labios con los míos al mismo tiempo que habla.
Mi control desaparece por completo en ese momento.
Agarro su pelo liso por detrás de su nuca y lo aprieto fuerte mientras empujo su cabeza hacia mi boca.
Mi deseo prohibido e intenso como el fuego hace besarla hasta tal punto de poder llegar a hacerle herida pero, aunque sé que puedo hacerlo, no paro.
Ella baja su mano lentamente hasta mi polla y empieza a tocarla por dentro del pantalón, la velocidad de sus manos hace que se dispare aún más mi locura.
Mis brazos no pueden controlarse y la aprieto cada vez más hacia mi cuerpo.
Mientras sigo comiéndome sus labios como un león que lleva días sin comer, ella me lleva hasta el punto de casi correrme en su mano.
Antes de que eso pase, la agarro de su cintura y la tiro sobre el sillón, colocándome encima de ella.
Sin parar de besarla le quito bruscamente las manos mojadas de haber tocado hasta la saciedad cada centímetro de mi polla y la agarro con fuerza por encima de su cabeza.
Mientras tanto, con mi otra mano voy bajando lentamente por sus pechos, su abdomen y, viendo cómo se estremece todo su cuerpo al estar cerca del borde de su pantalón, le arranco el botón y meto mi mano hasta sus labios, empiezo a tocarla mientras veo que no para de estremecerse y arquearse; cada quejido, cada gemido, cada arqueo de esa espalda hace que mi locura interior esté rompiendo todas y cada una de las prohibiciones.
Ella me agarra la mano con fuerza, me aprieta contra su vagina; al ver que ella está a punto de correrse, mi cuerpo no puede aguantar más y me corro solamente con el roce de su pierna, mientras tanto aprieto aún más mis dedos contra ella haciendo que emita un orgasmo que se pudo oír en la mansión Montenegro.
Acababa de hacer algo que no era propio de hermanastros, algo de lo que sé que me arrepentiría después.
Algo que sé que me sudaría lo más grande después, pues haberle controlado su placer y haber hecho que se corriera con mi mano dentro, ha despertado en mí algo que llevaba tiempo queriendo salir.
Las ganas de que Olivia sea mía están inundando todos los vasos sanguíneos de mi cuerpo.