6
Olivia
El resto del viaje me lo paso pensando en cómo lo tuvieron que pasar.
Supuestamente es algo que ya está superado, pero a mí no me engañan.
Yo los conozco demasiado bien. Sé que, sobre todo Marco, a día de hoy le sigue costando tragar esos recuerdos.
Apolo me informa de que ya estamos llegando al sitio.
La verdad, de noche y en lo que se asemeja a un lugar abandonado, es el último sitio donde me habría imaginado estar con Apolo.
Me cuesta creer que aquí sea donde Marco calme su frustración.
No es consciente del peligro que puede correr.
Seguramente toda la gente que haya aquí sepa que Marco viene de una familia de poder. Se juega mucho viniendo aquí.
Recuerdo cuando me dijo que estaba en un sitio donde jamás me dejaría seguirle...
Ahora sé que se refería a este lugar. Cómo será su enfado, su sentimiento, cómo será su manera de ver el mundo cuando entra en este estado...
No lo sé, pero la espera por encontrar a Marco me está poniendo de los nervios.
El ambiente no ayudaba en absoluto: el humo gris cubría todo, y el olor a gasolina atravesaba las ventanillas del coche de Apolo.
Al fin llegamos al lugar. Apolo aparcó en el sitio más seguro que pudo. Nos bajamos del coche con un quejido de Apolo:
—Seguro que me joden el coche a machetazos —dijo intentando romper el hielo, que ni siquiera cortaba el frío de la noche.
Unos pasos más adelante, Apolo me frena y me obliga a no moverme mientras vuelve al coche a por algo que se olvidó y que no quiso mencionarme.
Espero que no sea nada descabellado; mi ansiedad y mis nervios provocados por este sitio me hacen pensar en modo dramático.
¿Será esto como en las películas? ¿Habrá ido a por un arma?
Ay, mira, no sé. En todo caso, sé que con Apolo no puedo estar más segura.
Mientras espero, una voz tan conocida como grave suena a unos cuantos metros de mí.
Era Marco... Lo sabía. Había gritado el nombre de una persona, pero su tono era demasiado brusco para ser de Marco.
Creo que voy a avanzar un poco más. Necesito que me vea y que venga rápido con nosotros.
Acelero el paso, deseando llegar a Marco.
Me parece verle a lo lejos, sin camiseta, sudado y con las manos vendadas... Nunca lo había visto así.
Unos pasos más firmaron lo que sería el preludio de una crisis de ansiedad enorme.
Cuatro hombres... cuatro hombres delante de mí...
Me acaba de hacer una encerrona. Uno de ellos se adelanta y viene a hablarme.
El terror se convierte en todo lo que circula por mis venas ahora mismo. San Diego ha vuelto a mi cabeza.
—Mira a quién tenemos por aquí... —dijo uno justo a mi lado, sin camiseta y con una apariencia muy drogada.
—Creo que este bombón se ha escapado de su caja —comentó otro mientras se reían. Mi sudor empieza a aumentar; no puedo mover ni un solo músculo de mi cuerpo. Estoy paralizada.
—¿Qué haces aquí, princesa? ¿Estás perdida? Yo puedo llevarte a un sitio muy placentero —el que se adelanta está cada vez más cerca, tanto que parece que va a tocarme.
—No te acerques ni un paso más, Mike Tyson —la voz de Apolo hace que todos mis músculos reaccionen.
Ha venido corriendo, juzgando por el movimiento de su pecho, aunque pareciera que no le ha costado mucho recorrer toda esta distancia.
Sus ojos son ardientes, como el fuego del infierno.
Jamás he visto esta expresión en Apolo, el hombre más calmado del universo.
Esa frialdad y esa locura en sus ojos suponen para mí un refugio seguro.
Automáticamente me pongo a su lado y su brazo me dirige desde la cintura a posicionarme detrás de él.
—Mirad, chicos, ha venido su niñera —dice riendo el que venía a tocarme.
—Exacto... También fui la tuya. ¿Quieres que le diga a tus amigos cómo de corta tienes la polla? —responde Apolo adelantándose hacia él.
—Te la estás jugando mucho, niño pijo. ¿Sabes dónde te estás metiendo? —pregunta colocándose casi pegado a su frente. Apolo mantiene firme su mirada, clavada en la del hombre que parecía que en menos de nada le iba a propinar el primer golpe.
—Perfectamente... Creo que sois lo que he cagado hoy después de comer, ¿no os acordáis?
—contesta Apolo sin distanciarse ni un solo milímetro.
Su mirada se vuelve más loca, sus puños se aprietan como si ejerciera la mayor fuerza posible—.
Si queréis seguir conservando las piernas, idos ahora mismo, antes de que tenga que venir vuestra madre a por vosotros.
—¡Coged a la chica!
Los tres hombres que le seguían empezaron a venir a por mí corriendo.
Apolo propició una patada en la rodilla al que venía por su derecha.
La caída de ese hizo que el que venía justo detrás tropezara con él y cayera al suelo también.
Apolo se abalanzó sobre el de la izquierda que, si no hubiera empezado a correr, me habría cogido.
Aún así, notaba su aliento y, casi, su mano encima de mí.
Apolo logró frenarle, pero el hombre que le estaba hablando le atacó por la espalda.
Apolo recibió un golpe en lo más bajo de la espalda y un quejido ahogado salió de él.
Al momento se giró y un fuerte puñetazo en gancho acabó en el estómago de ese hombre.
Eché la mirada por encima de su hombro y lo que vi jamás se me olvidará. Como si el mismo Lucifer apareciera en este sitio, Marco corría con la fuerza de un demonio hacia nosotros. Vio que los otros dos chicos de antes se levantaban e iban a por Apolo. Un grito atronador salió de él:
—¡HIJOS DE PUTA, MI HERMANO!
Tan grande fue que todos se giraron. A diferencia de Apolo, Marco no dio el primer golpe de forma estratégica; no, se abalanzó con los brazos abiertos, tumbando a los dos que iban a por Apolo.
Una vez en el suelo, se enzarzó con ambos, los puñetazos volaban en todas direcciones.
Marco recibía muchos, pero parecía que daba más de los que le propiciaban a él.
Se colocó alrededor de uno intentando ahogarle.
Apolo me miró rápido y me ordenó que corriera al coche.
Mientras tanto, se fue a por los otros dos.
Marco y Apolo estaban espalda contra espalda, cubriéndose uno al otro.
Los otros cuatro iban perdiendo fuerza poco a poco.
Agarré una piedra lo bastante grande como para hacer daño y, con todas mis fuerzas, la lancé sobre uno de los que estaban con Apolo.
Al golpearle logré desequilibrarlo; cayó de rodillas.
Apolo me miró sabiendo que había sido yo.
Al volver a mirar a él, le dio una patada en la mandíbula, haciendo que tocara el suelo, para después propinar un gancho en la mandíbula del último, haciendo que también cayera al suelo.
Mientras tanto, Marco estaba aporreando la cara de uno de los otros dos sin parar, lleno de ira.
El otro hombre ya estaba en el suelo, había caído.
Apolo, con la cara ensangrentada por una herida profunda provocada por un cristal en la ceja, y la camiseta partida casi en dos mitades, se levantó de golpe al ver a Marco en estado frenético.
—¡MARCO! ¡MARCO! —exclamó dos veces sin obtener efecto— ¡MARCO, JODER, LO VAS A MATAR!
Marco estaba totalmente fuera de sí; no causaban efecto las palabras de Apolo. Este decidió cogerlo por la espalda y levantarlo del suelo como si fuera un folio de papel. Lo colocó de pie y, agarrándonos del brazo, nos apartó hacia el coche. Sin embargo, Marco nos paró antes de llegar.
—¡¿PERO QUÉ COJONES HACÉIS AQUÍ?! ¡¿SABÉIS DÓNDE COÑO OS HABÉIS METIDO?! —exclama cuando Apolo se planta enfrente de él, con la frente pegada a la de su hermano.
—¿Y TÚ, PEDAZO DE MIERDA? ¿NO SE SUPONÍA QUE NO IBAS A VOLVER? ¿ESTO ES LO QUE VALE TU ESTÚPIDA PALAbrA DE MIERDA? Porque la mierda que cago a diario es más de fiar que tú —respondió Apolo poseído por la rabia.
—¿POR QUÉ COJONES SAbrÁS TÚ POR QUÉ COÑO VUELVO AQUÍ, PUTO NIÑO CONSENTIDO? —respondió Marco, forzando su frente contra la de Apolo.
—¡CALLAROS LA PUTA BOCA, JODER! —grité con toda mi alma.
El silencio inundó todo el descampado congelado. Ambos me miraron, y poco a poco su rabia bajó; volvían a ser ellos mismos.
—Han estado a punto de tocarme cuatro putos hombres, cuatro putos hombres venían a por mí con ganas de llevarme a un sitio más placentero.
¿De verdad creéis que justo lo que necesito ahora mismo es que os partáis más la cara de lo que ya la tenéis?
—se miran el uno al otro y después a mí—.
Poco me importa lo que haya pasado o de quién haya sido la culpa de estar aquí, joder, casi me cogen cuatro tíos a la vez.
¿Podéis dejaros de hostias e intentar ayudarme, por favor?
A medida que sigo hablando, la voz se me corta, respirar me cuesta mucho más.
Siento mis pulmones desinflarse. Empiezo a ver oscuro todo a mi alrededor.
Hiperventilo, siento que el oxígeno de mi sangre se agota.
Se vuelven a mirar, informándose de que ahora tienen que estar unidos por mí, no distanciados.
Esta vez no necesito a Marco o a Apolo, necesito a los dos hermanos.
—Vale... Tienes razón —asiente jadeando Apolo—. De todas maneras, no habría pasado nada... Llevo una pistola atrás.
—¿ESTÁS LOCO? ¿Qué coño pintas aquí con una pistola? —pregunta Marco, volviendo a alzar la voz. Pero mi mirada lo hace callar al momento, y vuelve a repasar lo que les acabo de decir—. Bueno, como sea. Gracias por estar con Liv cuando aparecieron.
—No, gracias a ti por quitarme a esos dos de encima... Para ser el pequeño, pegas bien, eh —responde Apolo riendo.
No consigo bajar mis latidos ni mi respiración; todo lo contrario, aumenta cada vez más.
Siento como si una apisonadora estuviera apretando mi pecho hasta querer romperlo.
Intento ignorarlo, pero no puedo. Me estoy ahogando, me mareo, gotas de sudor frío recorren mi frente y mi cuerpo tiembla como si mis fuerzas se acabaran.
Todo se vuelve borroso... intento llamar a Apolo...
No puedo. Estoy... hierventilo... No puedo más.