5 #2
Rebeca desapareció inminente, dándome un beso en la mejilla antes de irse.
No iba a encontrar ayuda para encontrar a Marco, así que solo me queda ir a nuestro sitio; espero que esté allí.
Subo las escaleras apresurada, llego al desván de la mansión, el cual sigue con cada uno de los objetos de su interior en la misma disposición de siempre.
Salgo afuera, pero Marco no está allí. Miré además en su habitación, pero tampoco estaba, y en el cuarto donde solía relajarse él con un proyector que reflejaba el universo cargado de estrellas, tampoco encontré rastro de él.
El resto de la mañana lo pasé enviándole mensajes y llamándole.
Por más que le petaba el móvil a mensajes, era imposible contactar con él.
No sabía dónde buscarle, no sé nada de a dónde va Marco.
No conozco amigos suyos, no conozco los sitios que frecuenta...
Joder, es imposible localizar a Marco. Aún así, la espera no me dejaba estar quieta y decido salir de casa para ver si le veo cerca de la mansión.
Salgo de mi habitación con mi sudadera 3XL en mano; bajando las escaleras me encuentro con la entrada a la mansión de Apolo.
Joder... No podía llegar en mejor momento.
Me va a ver así y me va a caer una tormenta de preguntas.
—Vas muy deprisa, ¿no? —pregunta sujetando el manillar de la puerta, frunciendo el ceño.
—¡Apolo!, ¿qué tal tu día?... Sí, es que voy a salir... —respondo con un saco de nervios demasiado notorio para él.
—¿Mi día? Tranquilo hasta que llegué a casa... —contesta sarcásticamente levantando las cejas—. ¿Me puedes decir a dónde vas?
—A ningún lado, solo estoy intentando ver si Marco está por aquí...
—¿Marco?... Vale, voy a decírtelo una sola vez más, Liv, y quiero que me respondas. ¿Se puede saber qué pasa entre tú y Marco? —pregunta acercándose a mí hasta casi estar pegado. Mi piel se eriza como púas.
—No es nada... Apolo... Solo que hemos discutido por una tontería y está a malas conmigo. Además, hoy me ha visto con un hombre y no ha reaccionado muy bien...
—¿Con un hombre? —pregunta con el gesto de su cara totalmente más serio aún y comenzando a enrabietarse—. ¿Me puedes explicar qué coño haces con un hombre desconocido? ¿Sabes acaso quién coño es? ¿Puedes decir al menos que...
—Apolo, Apolo, por favor, ¡PARA! —le tapo la boca con mis manos y le llevo hacia la sala de estar pequeña del recibidor—.
No necesito que me eches la bronca ahora, joder.
Bastante tengo ya con que Marco me vio y echó a correr con su coche y no sé dónde coño está, y se le veía demasiado cabreado.
Encima, con la discusión de esta mañana, me preocupa que le haya pasado algo.
—¿Conoces a ese hombre? —vuelve a insistir, aunque ahora más calmado.
—Joder, Apolo, sí. Es uno de los profesores nuevos de la academia. Por Dios, relajaros un poco los dos, de verdad, sé cuidarme solita ya. Creo que ya tengo una edad para defenderme si lo necesito. Dejad de ser mis guardaespaldas —digo levantándome del sofá.
—...Tranquila... Sé dónde está Marco —responde levantándose y abrazándome—. Cuando Marco se cabrea de verdad siempre va al mismo sitio. Aunque como esté allí le voy a partir la cara.
—¿Por qué? —respondo sorprendida por la reacción de Apolo.
—Porque nos prometió que no volvería. Pero por suerte o por desgracia, conozco a mi hermano como si fuera parte de mí... Iré a por él —dijo mientras se dirigía a la puerta.
—¡Espera, voy contigo! —exclamo cogiendo de nuevo mi sudadera.
—De ninguna manera, tú te quedas —responde girándose.
—Venga ya, ¿tan peligroso es el sitio que no voy a poder pisarlo?
—Te sorprendería la mierda en la que se mete Marco cuando se le pinza la cabeza, Liv —responde cuando vuelve a girarse para salir. Me adelanto y me pongo entre el manillar de la puerta y él.
—Mira, estoy demasiado nerviosa y angustiada como para quedarme aquí otras cinco horas hasta que Marco dé señales de vida, y encima si me quedo me voy a tener que ir a San Diego y paso de irme así, así que más te vale dejar que salga por esa puerta contigo, que encuentre a Marco, y que le diga cuatro cosas a la cara...
—no me he podido quedar más a gusto después de soltar eso.
Apolo me observa desde lo alto de su estatura, con el ceño fruncido y casi esbozando una sonrisa por mi atrevimiento a hablarle así.
Nunca antes había sido tan altiva con él.
Siempre le he tratado con mucho respeto porque, para mí, era como mi hermano mayor.
—Jo-der. Te estás haciendo dura, eh —responde con su ironía.
—¿Vamos o qué? —respondo abriendo la puerta.
Nos dirigimos a su coche; esta vez no es su Mercedes el que coja, llevará el BMW X4 que le regaló Rebeca por uno de sus cumpleaños recientes.
Aunque hacía tiempo que no cogía este coche, su aroma seguía impregnando sus asientos como si hubiera estado ahora mismo en él.
Comenzamos el viaje sin tener ni idea de a dónde íbamos.
La noche ya estaba llegando y me sentía fatal porque, seguramente, mi padre me habría estado esperando para ir a San Diego y no me he presentado.
Supongo que se imaginan que estoy con Apolo; también es raro en él no estar en casa a estas horas, con lo que se pensarán que estamos juntos.
—¿A qué lugar vamos exactamente? —pregunto mientras me fijo en cómo su expresión se tensa mientras agarra con una mano la palanca de cambios y, con la otra, el volante por la parte de arriba.
—...A ver, esto es una cosa que nunca te hemos contado ni él ni yo, pero para que lo entiendas.
Marco antes se aficionaba a ir a las peleas callejeras cuando necesitaba desahogarse fuerte.
Una vez llegó a casa con la cara casi destrozada y mi madre le hizo entrar en razón.
No quería que volviera a esos eventos. Yo mismo me peleé con él por esto...
Seguía desobedeciendo a Rebeca y tomé cartas en el asunto.
Pero vamos, que es Marco... Ya sabes que hagas lo que hagas...
—contesta volviendo la mirada a la carretera.
—¿Peleas callejeras? —pregunto asombrada.
—Sí. Son peleas que se organizan entre los que luchan y el ganador se lleva un montón de dinero.
Todo en negro, claro. Pero Marco no lo hace por el dinero, él solo busca descargar rabia e ira.
Desde que mis padres empezaron con su mierda, él se volvió un niño con mucha ira que no podía soltar con mi padre.
—Con vuestro padre... ¿Por qué? Cuando se enteró de los de los cuernos, ¿no? —pregunto viendo en él una expresión como si algo me estuviera ocultando.
—No exactamente. ¿Qué sabes de nuestro padre, Liv? —pregunta con rostro preocupado.
—...Pues que estaba con otra a la vez que con vuestra madre y que por eso se acabaron dejando —contesto dando la versión que mi padre me dijo algún día, y que yo pensaba que era la realidad.