4 #2
Al llegar a mi cuarto, decido copiar la idea de Marco.
Me gustaba darme una ducha nocturna y después leer todo lo que mis ojos me permitan leer hasta caer rendida.
Durante el tiempo que dura mi ducha, mis pensamientos se entremezclan entre mi alegría por haber conseguido lo de la uni y la preocupación por Marco.
Acabo con mucha relajación y me dirijo a mi armario para sacar mi pijama.
Cuando lo saco, me percato de algo que no recordaba tener ahí y que parece que algo me lo puso en el camino.
Dirijo mi mano hacia ella... Una foto con mi madre, poco antes de morir.
Sin querer, mi cabeza pegó un vuelco inmediato; mis ojos se llenaron como mares pero compuestos de lágrimas y no de agua.
Sus recuerdos invaden cada centímetro de mi cuerpo: su sonrisa, cómo se sentían sus abrazos, cómo era saber que podría llegar a mi casa y que me esperase mi madre con un ColaCao caliente sobre la mesa.
Pensé en lo que podría llegar a alegrarse si ve a su hija donde estoy, a punto de dar otro paso importante en mi vida, que viera que lo estoy haciendo bien, o al menos como puedo, que conseguí convivir con lo que me pasó en San Diego y que recuerdo a diario, sin falta.
Me senté sobre mi cama, a medida que mis recuerdos y mis voces en off recorrían cada espacio de mi cabeza, mi llanto ascendía.
Esta vez no era una crisis de ansiedad, era una crisis de que de repente era como si necesitara con muchísima intensidad a mi madre.
Nunca podré recuperarme de su muerte. Unos segundos después, escucho mi puerta abrirse.
La imagen de Marco, con el pelo aún mojado de acabar de salir de la ducha, se convierte para mí en una gran luz, casi celestial.
—¿Estás bien? —preguntó haciendo una pausa cuando vio que estaba en albornoz.
Me miró fijamente, después de arriba abajo—he visto que se inundaba el pasillo y he entrado —dijo asomándose a mi puerta intentando hacerme reír.
Al ver que no lo consiguió y que era realmente grave, siguió hacia dentro.
Una vez más, justo cuando lo necesitaba.
Se sentó a mi lado; el olor de su gel de baño junto con su desodorante de olor chocolate acaparó toda la atención de mi olfato.
El olor de su pelo, aún mojado, hizo que mi piel se estremeciera de la placentera sensación que su olor dejaba.
Me puso dos dedos a un lado de mi barbilla, girando así mi cara para que nuestros ojos entraran en una conexión que no sé si voy a poder ser capaz de describir.
Su mirada tenía un brillo especial; sus ojos hablaban.
Estoy tan, pero tan cerca de él que, aun así, me siento lejos.
Necesitaba más de él, de la única persona que siempre está cuando más necesito a alguien.
Esa dependencia de él, en este momento, me está haciendo necesitar estar en sus brazos, en sus manos, reflejada en sus ojos...
Algo dentro de mí me dice que él siente lo mismo.
Nuestras miradas se intensifican; su verde se vuelve más oscuro si cabe, su ceño se frunce mientras me seca las lágrimas con las yemas de sus dedos.
Mira hacia la foto de mi madre y después la devuelve a mí.
Nunca me ha hecho falta decirle nada para que supiera lo que siento y lo que pienso.
—¿Desearías que ella lo supiera, verdad? —pregunta mientras me sigue mirando con el ceño fruncido.
—No te imaginas cuánto, Marco —respondo cuando él hace un gesto de resignación con la boca.
—¿Sabías una cosa de ti muy peculiar y que me encanta? —pregunta riendo de lado mientras puedo apreciar cómo uno de sus hoyuelos atraviesa mis ojos llegando a mi corazón.
—Sorpréndeme, seguro que es que soy muy sensible y una débil, como todos me dicen —respondo encogiéndome de hombros.
—¿Qué? No, no es eso... Es que cuando lloras estás jodidamente preciosa.
Consigue hacer que una mini sonrisa se escape de mis labios sin querer.
Mientras nos reímos ambos, la distancia entre nosotros cada vez está más corta.
Mi gesto se vuelve serio, tiemblo sin saber por qué; de pronto siento como si una nube estuviera debajo de mis piernas, comienzo a sentir un hormigueo inexplicable en ellas.
Tenerle tan cerca crea en mí tal corriente de electricidad suficiente como para abastecer el estado entero.
Nuestros labios comienzan a acercarse más todavía.
Mi sitio seguro estaba creando tal sensación de tranquilidad que, por un momento, empezaba a pensar que quizás Marco Montenegro era más que un simple sitio seguro, algo más que el que está siempre ahí cuando lo necesito.
Nos estábamos dejando llevar por mi momento de debilidad.
Un momento en el que, el hecho de que fuera mi hermanastro, de que nos conociéramos desde los diez años, de que durmiera en mi misma casa a escasos metros de mí, empezaba a importarme más bien nada.
Solo sabía que le necesitaba, que necesitaba que me hiciera sentir protegida, segura, querida, que me hiciera saber que, allá donde esté, estará orgullosa de mí.
Necesitaba lo que estaba a punto de pasar.
Inclina su cabeza en dirección a mi labio inferior, la distancia es apenas milímetros. Iba a pasar, me iba a be...
El sonido de tres golpes en mi puerta hizo que Marco volara de unos labios que estaba a punto de derretir; estaba a punto de hacerlo, nos íbamos a besar.
Oh, Dios. Justo al abrirse la puerta aparece mi padre.
Marco me mira y aparta la vista en un abrir y cerrar de ojos y camina deprisa hacia la puerta, dando las buenas noches a mi padre; sale de mi habitación.
—¿Y esa foto? —pregunta sentándose a mi lado.
—...La encontré... cuando estaba buscando un pijama —respondo todavía en el trance de sus labios, con lágrimas aún en mis mejillas enrojecidas, mirando a la puerta y a mi padre a la vez.
—Justo de tu madre venía a hablarte —le miro frunciendo el ceño—. Quiero que mañana me acompañes al cementerio; hay una cosa que quiero que veas. Pero tiene que ser allí. Es una promesa que le hice a tu madre.
—Sí... sí, claro, papá. Mañana vamos... Tú solo avísame, ¿vale? —contesto asintiendo con emoción. No me iba a venir mal verla.
Después de contestarle, me da un beso en la frente y me dijo que descansara.
Cuando al fin me quedé sola, mi cabeza es lo único que no se desprendió de mi cuerpo, pues todo el resto acabó en el suelo.
No puedo creer que haya estado tan cerca de que Marco Montenegro me besara...
Dios, sería mi primer beso. No sé si esto estará bien o no, pero, si pudiera elegir la persona que me diera mi primer beso, sin duda alguna elegiría a Marco.
Aunque Apolo estuvo más cerca antes, esta misma tarde.
Me tumbo en la cama, pero no puedo dormir.
Lo único que circula por mi cabeza ahora mismo es la debilidad que sentí en Marco al estar a punto de besarme.
¿Estará pensando en mí igual que yo en él?
¿Sentirá lo mismo que estoy sintiendo yo?
Solo espero que esa salida tan repentina y veloz de mi habitación no traiga consecuencias en nuestra relación.
Marco nunca se ha alejado de mí y, si algún día llega a hacerlo, sé que ese día una parte de mí se empezaría a romper en pedazos.
Sé que lo que ha estado a punto de pasar no debería ser, no debería sentir lo que siento.
Sé que él tampoco. Somos hermanastros, pero, ¿y si para mí empieza a ser algo más?
Ay, no sé, no lo quiero pensar. Lo único que puedo decir ahora mismo es que ojalá sus labios se hayan fundido en los míos, porque en ese momento es lo que más deseaba.
Buenas noches, Marco.
Los primeros rayos de sol que entran por mi ventana me despiertan.
Fue una noche complicadita. Hasta que no desapareció Marco de mi cabeza no pude descansar bien del todo.
Lo primero que hago es lavarme la cara de muerta que tenía después de no haber dormido casi nada.
Me pongo mi chándal de deporte y salgo al jardín a hacer mis estiramientos y unas vueltas corriendo para hacer un poco de cardio y que no parezca que me va a estallar el corazón cada vez que veo a cualquiera de los hermanos Montenegro.
Bajo al patio y, mientras estiro, mis ojos se dirigen primero a la habitación de Apolo; su ventana ya está abierta, común en él a estas horas de la mañana.
Seguro que está en el gimnasio machacándose como si necesitara más músculos.
La de Marco... Bueno, cerrada a cal y canto como siempre, no vaya a ser que entre una mosca en su mundo oscuro.
Mientras estoy corriendo, veo salir a Apolo a la mesa del jardín; ya lleva su traje puesto y viene con un café.
Me está mirando fijamente... Joder, ¿por qué tan fijamente...
? Cuando hace eso, es mejor que mire al suelo si no quiero que me vea como me trago el césped de su madre.
Parezco una tonta cuando sus ojos verdes se clavan en mí frunciendo tanto el ceño.
Al menos él sonríe un poco mientras me mira; Marco parecería un acosador.
Me hace un saludo con la mano y yo se lo devuelvo.
Hoy está muy guapo con ese traje azul marino; me pregunto si hoy tendrá que salir por mucho tiempo.
—¡Buenos días! —saludo aún jadeando, acercándome a él.
—Creo que necesitas un poco de zumo —responde ofreciéndome un vaso de zumo de naranja, mi preferido.
—Lo que sea que me refresque un poco me viene bien, sí —respondo aceptando su ofrecimiento.
—Me dijo tu padre que hoy vuelves a San Diego... Bueno, al cementerio... ¿Estás preparada? —pregunta preocupado, sabiendo que es la primera vez que voy a volver después de diez años.
—Pues... bien, solo vamos a ir al cementerio para que cumpla una promesa que le hizo a mi madre o algo así. Después volveremos, pero vamos, de momento tranquila. Con mi padre no corro peligro.